Cosas que me cuestan: cumplidos y halagos

Hay cosas que reconozco que me cuestan, ahora y siempre. Como, por ejemplo, el hecho de recibir y corresponder los piropos, cumplidos, halagos… vamos, cuando me dicen cosas positivas.
(Las críticas y cosas negativas vendrán en otro capítulo). 

Voy a describir algunas situaciones:

Mi reacción tras recibir un halago o piropo
1- Respuesta automatizada = gracias + sonrisa levantando las cejas (y evitar la crítica auto destructiva hacia, tal y como trabajamos en terapia). 
2- Bloqueo (mientras estoy roja como un tomate maduro).
3- Pienso =  intento saber si lo que me está diciendo la otra persona es un “quedabién” o si lo cree de verdad. Muchas veces no acierto, pero nunca está de más intentarlo.  
4- Si la persona sigue ahí, intento detectar si debería (o está esperando a que lo haga) contestar con otro halago.
En cualquier caso se me notará que estoy nerviosa.
IMPORTANTE: no dejes de hacerlo; después me pongo muy contenta cuando analizo la conversación.

Cuando tengo (y no quiero) que contestar con otro halago
Lo más probable es que no lo haga porque no creo que deba hacerlo. A mí me gusta decir (o escribir) las cosas cuando me salen de verdad.
Pero cuando veo que no hay otra opción, mi intento de corresponder puede ser peor que el silencio incómodo. Y es más fácil que yo responda con una crítica hacia mí que con un piropo hacia la otra persona.
Si lo que tengo que decir es un “quedabién social”… apaga y vámonos porque se me escapa la risa, miro hacia otro lado… es imposible. Se me nota tanto, que a veces sin querer los digo con entonación de pregunta. 

Cuando sí quiero corresponder al cumplido
Si me dicen algo que me llega al corazón y es sincero, es posible que me quede callada, o conteste seria, con media sonrisa; haciendo que la otra persona perciba que no me ha gustado o que me da igual. 
Para intentar arreglarlo, hace un tiempo que digo cosas como “perdona si no lo parece, pero me siento muy halagada y me ha hecho mucha ilusión lo que me has dicho. Lo que pasa es que lo llevo por dentro” (¡y es así!). 
Y lo mismo me pasa con los regalos. 
Si tengo mucha confianza con la otra persona, es posible que tenga la reacción inversa y empiece a chillar, saltar, aplaudir… ¡despliegue a lo grande!

De mi hacia otra persona
Cuando soy yo la que siento que quiero decir algo bonito a alguien, sin que me haya dicho antes esa persona, es posible que sólo lo consiga por escrito. 
Llamadme cobarde, no lo sé. Es mi manera de comunicarme. Cuando es de palabra, si me pongo nerviosa, empiezo a decir tonterías y a meterme en jardines sin salida
Aunque es verdad que con los años lo he trabajado bastante y voy mejorando con quien tengo confianza. 

Evitar o afrontar. Juzgar o respetar.

A menudo tengo que enfrentarme a situaciones que forman parte del día a día y me generan ansiedad.

Suelen ser cosas tan cotidianas o “normales” que a quien me rodea le pueden parecer una gran tontería, entendiendo la palabra tontería como algo sin importancia. 
A mí me da relativamente igual que a otra persona le parezca una tontería igual que a mí me pueden parecer tonterías otras cosas. Lo que no me da igual es que en lugar de respetar, se juzgue. Porque no es lo mismo preguntar y mostrar interés, a pesar de que te cueste entenderlo, que juzgar y, en muchas ocasiones, hacer burla con un sentido del humor humillante. Haciendo que, por lo menos en mi caso, elija evitar la situación en cuestión. Porque suficiente tengo con el hecho de enfrentarme a algo como para tener que aguantar comentarios y miradas.  

Pongamos por caso que estoy en una cena de cumpleaños, con más de 3 o 4 personas, un viernes tras un día intenso de trabajo. Estoy* allí a pesar de necesitar estar en casa

*No siempre lo consigo a pesar de intentarlo. Si estoy muy sobrepasada, es materialmente imposible que vaya y sé que esto ha derivado en problemas con amigos que me han tachado de egoísta u otras cosas.

Empezamos a cenar y alguien me dice “Sara, encárgate de partir esto y servirlo”.
Mi respuesta seguramente será “si no te importa que lo haga otra persona, no se me da bien hacer esto” (con cara de pánico-apuro) o le pediré a quien tengo cerca si lo puede hacer. Y no es por ir por el mundo de princesita a la que se le caen los anillos por hacer estas cosas. No es esto.

Esto ocurre por varios motivos: 

  • Soy torpe tanto para cortar en partes iguales como para repartir sin liarla (con la consiguiente reprimenda por haber manchado el mantel). 
  • Por un momento me convierto en el centro de atención y esto no me gusta. 
  • Me aterra hacerlo mal y hacer el ridículo. No puedo fallar en mi cabecita perfeccionista
  • Tengo recuerdos de malas experiencias, de fracaso, y me genera ansiedad. 

En estos casos me llevaré algún comentario tipo “qué tontería, a ver si maduras un poco” o “déjate de tonterías y haz el favor” con mirada acompañada de suspiro. 

Llega el momento de la tarta: gritos. Me aguanto.

Seguimos con el momento del brindis. Sacan una botella de cava y yo me levanto a buscar algo disimuladamente o, en caso de no darme tiempo de escaparme, me tapo los oídos.
Lo ven. Repito: LO VEN. ¿Qué ven? Cómo me tapo los oídos y me aparto.
En la mayoría de los casos harán caso omiso a mi miedo a ese ruido. En algunas ocasiones (muchas más de las que os imagináis) decidirán aplicar una terapia de choque recreándose con el disparo del corcho, con el correspondiente comentario de “eres un poco mayorcita ya para estas tonterías ¿no?” (a lo que yo callo y pienso “¡amén! ha hablado la empatía”) o un “pero si sólo es una botella y un tapón” (y vuelvo a pensar “y lo mío es sólo una hipersensibilidad que me hace sentir cosas que no soportarías”). 

Cuando llega la sobremesa y mi capacidad de socialización está llegando al límite; pobre de mí que diga “yo ya me voy”… Porque entonces llega el momento de sosa, rancia, aguafiestas, ya te vale… Si supieran el esfuerzo que hago por no contestar mal y lo que tengo acumulado, nadie se arriesgaría a decir nada de esto, 

Termina la cena y de camino a casa pienso que: 

  • Me he esforzado en ir (recordemos que por trabajo suelo necesitar desconectar de todo y recargar pilas el fin de semana).  
  • Me han reprochado varias veces el que sea “así” aun esforzándome en hacer las cosas como quieren y esperan. 
  • Me he sentido mal y nadie se ha dado cuenta (y el Óscar a la mejor película es “¡Enmascárate como puedas!”). 
  • Sólo he pedido una o dos veces si podían bajar la música o gritar menos. No he insistido al ver la respuesta. 
  • He sido respetuosa hasta el final. Excepto si no me dejan marchar. En este caso es posible que me haya puesto de un humor que muerdo. Una tiene unos límites.  
  • Bueno, vale, igual en algún momento se me ha puesto cara de “palo”. Disimulo fatal.

Otras situaciones pueden ser: hablar en público, liderar una reunión, pedir mesa en un restaurante, ir a comprar en hora punta, tener que esperar en sitios muy concurridos, aguantar sobremesas muy largas, el no saber dónde iremos a pasar el día, tener que permanecer quieta demasiado rato, participar en un grupo, ir en transporte público (efecto secundario de la pandemia), permanecer en un evento muchas horas, etc etc etc. 

Así que, para concluir, digo que: hay situaciones que, aunque para otra persona no tengan dificultad, para mi son todo un reto.
Sé que parte de la solución no pasa por evitarlas sino más bien por enfrentarme a ellas e ir cogiendo confianza y seguridad.
Pero esto no será posible mientras mi entorno no entienda y respete mi manera de ser y sentir. Porque esto no va de cambiar a las personas sino de respetarnos y querernos como somos.

Si quieres ayudarme escúchame, respétame y no me empujes al vacío para que “aprenda” ni, mucho menos, pretendas cambiar mi manera de ser.
Si realmente quieres ayudarme, dame herramientas para aprender a volar. 
Y, en cualquier caso, no infravalores mis miedos y la dificultad que supone para mí algo que para ti es tan fácil.

Por mi parte estoy haciendo muchos esfuerzos en conocerme y aprender a explicar cómo soy y cómo siento las cosas. Esto es un trabajo en equipo.

Gracias.

juntos en la neurodiversidad

Ataques de risa inevitables

A veces me dan ataques de risa que no puedo detener ni contener. Y sé que hacen sentir muy incómodos a quienes estén conmigo.
Pero realmente me dan de una manera inevitable y, casi siempre, en los momentos menos apropiados. 

Me pongo nerviosa por lo que sea y mi reacción es un ataque de risa de los que tienes que tener bien entrenado el suelo pélvico. 

En restaurantes, por ejemplo, me han dado varias veces con tonterías como ver que un comensal tiene los dientes manchados por la tinta de arroz negro o si a alguien se le ha quedado algo en la barbilla. Y no soy capaz de decirlo porque sé que ofendería a la otra persona con el ataque de risa que me acompañaría. No sé si es por los nervios de tener que decírselo a la otra persona o por qué pero me da la risa tonta y no hay quien me saque de allí dignamente.  

Una vez, en una comida de trabajo, la persona con la que nos habíamos reunido mi jefe y yo se comió el wasabi cual trozo de aguacate y en un intento de avisarle me dio un ataque de risa mortal que mi jefe casi me mata. Y cuanto peor me miraba, más me reía. Y el pobre hombre sudando la gota gorda y bebiendo agua mientras yo lloraba de la risa mientras pedía perdón.

El peor fue cenando de niña con una familiar, bastante antipática por cierto.
Antes de empezar a cenar me dio un ataque de risa sin que pasara nada concreto. Y cuanto más me preguntaba de qué me reía y me decía que parara, peor. No se me pasó hasta que nos fuimos. Todavía hoy no sé de qué me reía pero me acuerdo perfectamente de ese día. 

Otros momentos más incómodos han sido, por ejemplo, en alguna boda o algún funeral de alguien cercano; en clase; en reuniones de trabajo;…. sobre todo en momentos de silencio en que podía escuchar los ruidos del estómago. Me provocan ataques de risa absurdos.
Supongo que por eso en el colegio siempre tenía algo para comer en mi pupitre, para que no me hicieran ruido las tripas y no me diera el ataque de risa. 

Y uno de los más memorables fue cuando, en la primera ecografía del embarazo de mis hijos, me dijeron que eran trillizos. Me sacaron de la consulta a carcajada limpia. Y me duró unos cuantos días cada vez que alguien me preguntaba y les contaba que iba a tener trillizos (al final fueron gemelos). Me acuerdo que en mi entorno nadie entendía qué me hacía tanta gracia. 

¿Qué hacer si me da un ataque de risa?
Lo que sea menos decirme “no te rías” porque entonces la cosa va in crescendo. 

En fin, si reir es sano, yo tengo que estar sanísima.

ataque de risa

Shutdown y autismo: Un día de apagón y colapso sensorial

Hoy tengo un día de los malos y he decidido escribirlo. Porque no todo va de escribir sobre un pasado que estoy analizado o sobre unos objetivos para construir un futuro mejor. 
Esto también va de presente y hoy tengo un shutdown (apagón, colapso, derrumbe sensorial) de los que parece ser son habituales en las personas autistas y/o con alta sensibilidad. 

A veces me pasa: Me quedo sin energía.
Y es algo que me puede pasar un día por la mañana al despertarme o por la tarde, de golpe. Simplemente me pasa y hasta ahora era una de las cosas para las que no encontraba explicación y me inquietaba.
¿Cómo podía estar eufórica (meltdown) por la mañana y hecha polvo (shutdown) por la tarde sin que aparentemente hubiera pasado nada? 

Pues bien, vamos a lo que iba, a explicar cómo me siento. 

Antecedentes: el día anterior.

Llevaba una semana prácticamente sin salir de casa y sola. Sin tener casi interacciones sociales, pero las pocas que tuve fueron intensas (Navidad). 
Volvieron mis hijos, a quienes adoro pero obviamente requieren mi atención y pasar del 0 (estar sola) al 100 (que estén en casa) es intenso para cualquier madre o padre. ¡Y sin entrar en malinterpretaciones por favor! Mi estado de felicidad máxima es el 100: estar con ellos.
Ayer fuimos a hacer recados, de tienda en tienda, y aproveché para hacer cosas que no podía seguir evitando, como ir a Correos (odio ir, siempre hay colas y mucha gente), o ir a un supermercado fuera del horario de “poca afluencia”. Pero como iba con ellos, pensé que era una buena idea ir y enfrentarme a cosas que se han agudizado durante el confinamiento, como evitar ir al supermercado, etc.  

La verdad es que me sorprendió lo bien que lo pude ir asimilando todo, con mis gadgets en mi muñeca y bolso para ir canalizando en momentos de agobio, pero en resumen, estaba satisfecha de cómo había ido el día. 

Llegó la noche y ya noté que empezaba a estar cansada, aunque no era nada preocupante. Simplemente tenía más sueño de lo habitual. Casi me duermo antes de las uvas, pero conseguí mantenerme despierta 😉

¿Cómo me siento hoy en pleno shutdown? 

Hoy me he despertado cual zombie y no levanto cabeza.

Voy a hacer una lista de cómo estoy pasando el día hoy: 

  • Agotada. Con un desánimo extremo. 
  • Tristeza profunda sin un motivo concreto y sin poder llorar.
  • Dolor de cabeza que no se va con nada y sensación de pesadez. 
  • Sensación de falta de memoria. 
  • Poco creativa. 
  • Callada. No me salen las palabras ni tengo nada que contar. 
  • Apatía y desmotivación. Falta de interés por todo. Incluso diría que algo insensible y fría. 
  • Poca tolerancia a la música con ritmos rápidos o a escuchar voces. 
  • Dificultad para conectar con otras personas, escuchar y mucho menos interactuar. 
  • Imposibilidad de tomar decisiones (diría un fácil sí a todo seguramente). 
  • Poca tolerancia a la ropa ajustada (sobre todo los calcetines). 

¿Qué me hace sentir mejor en estos momentos de colapso? 

Todavía no lo tengo muy claro, es algo que he decidido investigar iniciando hoy, 01/01/2021, un “cuaderno de bitácora” para ir apuntando cada día los estímulos que recibo, mis reacciones, mis sensaciones… necesito saber más y poder entenderme para ayudarme. 

Hoy, por ejemplo, necesito (o necesitaría): 

  • Que paren el mundo (como diría Mafalda) 
  • Música relajante (a poder ser, nueva, que no me recuerde a nada ni a nadie) o sonidos monótonos con mis auriculares con cancelación de ruido. 
  • Meterme en la cama o el sofá, escondida debajo del edredón o con la manta de peso. 
  • Tumbarme en el suelo boca abajo con la cara y palmas de las manos sobre el suelo frío. 
  • Estar sola (aunque sea sólo un rato para recuperarme). 
  • No hacer nada. Ni siquiera pensar. Como máximo mirar las nubes por la ventana. 
  • Luz tenue. 

Y por parte de quien esté cerca y me quiera, lo que necesito creo que es:

  •  Que respete mi espacio y mi silencio para poder sanar ese cansancio y dolor de cabeza. 
  • Que no se me presione en explicar qué me pasa, dando por supuesto que me tuviera que pasar algo tipo un enfado, un disgusto, una frustración, etc. .No, no es eso. Sólo necesito cargar mi “batería”. 
  • Que no se me juzgue por lo que hago ni por necesitar momentos de desconexión para adaptarme a una sociedad mayoritariamente alista / neurotípica.  

shutdown y colapso sensorial

¿Explosión? – Regulación sensorial

Voy a intentar describir una cosa que me pasa a menudo y no sé si le pasa a alguien más.

Cuando tengo un momento (o día) con mucho estrés o nerviosa por algo que estoy anticipando (soy una «pro» de la anticipación, si…), me viene una sensación cada dos por tres, acompañada con escalofríos, como si de golpe tuviera que haber una explosión con un ruido insoportablemente fuerte y seco.
Hasta me llego a plantear qué cosa cerca mío podría explotar y cuando me doy cuenta de que son imaginaciones mías, intento seguir con lo que estaba haciendo.
Curiosamente, cuando me pasa esto me tapo las orejas (no el oído sino la oreja entera) con las palmas de las manos (con las de los pies sería complicado 😜😂).
En estos casos los auriculares no sirven de mucho…. Me sirve más hacer algo físico que me regule un poco y me ayude a eliminar esta sensación.

Quizás deberíamos hablar más sobre la regulación o integración sensorial* en adultos. ¿No os parece?
*habilidad de una persona para regular y procesar los estímulos que recibe constantemente del entorno y de su propio cuerpo

Autista salvada por las mechas

Confieso que le he sacado mucho partido a la “fama” de las rubias y al hecho de serlo. 

La de veces que me ha salvado cuando me han dicho algún comentario tipo “no te hagas la rubia”, dando por supuesto que yo no podía no haber entendido algo, a lo que normalmente he correspondido con una sonrisa mientras por dentro pensaba eso de “creo que no lo he pillado”  

Lo he escrito en pasado porque es algo que no tengo intención de seguir haciendo.
Ahora las cosas han cambiado y si no lo entiendo, lo pregunto. Y que piensen lo que le dé la real gana a quienes les sorprenda.

Y hablando de mechas, hoy he estado con la única persona que me puede tocar la cabeza sin que me sienta incómoda: Ana, la mejor peluquera del universo. Tiene un don como peluquera y muchos otros dones como persona.
A parte de hacerme sentir bien por fuera, me hace sentir muy bien por dentro porque respeta mi espacio, mis tiempos, mis despistes, mis silencios, mis conversaciones absurdas y mis desconexiones. ¡Gracias por existir!

Duchas “picantes” – Hipersensibilidad

Hay días en los que siento que el agua que sale de la ducha me “pica” y tengo duchas picantes, en el sentido más literal.
Es como si salieran micro pinchitos del teléfono de la ducha. 

No es un dolor insoportable. Ni siquiera es dolor. Es una molestia soportable pero pesada. 

Siempre he tenido la sensación de que algunos días la presión del agua era mucho más fuerte que otros. Pero ahora veo que no, que el problema no era de la presión, ni de la temperatura, que imagino que sí que pueden tener pequeñas variaciones ambas.
El problema me temo que lo tengo yo y mi “hipersensibilidad” o lo que sea, pero está en mí. Y por mucho que baje la presión, el día que me molesta, me sigue molestando igual. 

Ahora que me observo más, ya lo he detectado como señal de estar “sobrepasada” o cerca de llegar al límite. No sé explicarlo mejor ni con tecnicismos. 

Los días que noto que me pincha la ducha son de esos días en que soporto menos de lo habitual que alguien me roce (ni hablo de tocar), o esos días en que cualquier ruido imperceptible me irrita; o esos días de suspiros, contar y tener autocontrol… Días como los que tengo esta semana con una carga social altísima tras unas semanas emocionalmente duras. 

¿Qué creo que me podría ayudar en estos días?

Pues no tengo muy claro lo que me ayudaría… A veces pienso que me iría bien subir una montaña rusa; otras querría quedarme tumbada en el suelo escuchando música; muchas otras veces necesitaría ir a la orilla y quedarme horas viendo el mar; o me gustaría poder cantar a grito pelado y bailar saltando; también me encantaría saltar en unas camas elásticas;… 

Lo que sí tengo claro es que querría poder ser yo misma en cualquiera de las opciones que elija. Y esto incluye todos los movimientos de manos, pies, cabeza y lo que se me ocurra que yo quiera y necesite. Sin que se juzgue lo que es “normal” o lo que no lo es.
Para mí todo lo que me vaya bien para estar mejor es “normal” siempre y cuando no haga daño a nadie. 

hipersensibilidad autista
alta sensibilidad y autismo

LUNES (y) demasiado(s) LUNES

Hay lunes, como hoy, que son demasiado lunes y a la vez hay demasiados lunes para mi gusto. Pero bueno, no nos queda más remedio que dejarlos existir si no les queremos coger manía a los martes 😉

A parte de la inestabilidad que estamos viviendo sufriendo todos, llevo meses trabajando en las nuevas rutinas en el trabajo, llevo 2 semanas trabajando sin descanso los fines de semana por una punta de trabajo que iba a terminar el viernes pasado (pero no) y hoy empiezo nuevas rutinas que han llegado sin avisar por las nuevas restricciones que nos han impuesto en el trabajo debido a la situación de la pandemia. 

Resultado: soy una bomba de relojería. Es posible que el aislamiento domiciliario (hablo del mío, no del confinamiento) previsto para el próximo fin de semana no sea suficiente. Aviso: peligro inminente de crisis.

P.D.: Cuando baje un poco la intensidad que siento ahora mismo me voy a esforzar en cambiar estas ideas negativas y pensar en la posibilidad de que todo puede cambiar de un día para otro. Porque de igual manera en que se ha torcido todo, supongo que puede mejorar (esto es el resultado del trabajo que hacemos en terapia 🙂 lo conseguiremos).

Os pido disculpas si no se me entiende demasiado en lo que he escrito… lo he ido pensando según escribía o escribiendo según lo pensaba, no lo sé. Creo que está bien compartir mis “malos” momentos.

Alimentación en el espectro

Hay muchos libros sobre dietas saludables. Yo podría escribir uno con mis manías y mi dieta “curiosa”. Y es que mis analíticas “perfectas” son un milagro. Por favor, que nadie tome esto como un ejemplo a seguir; es sólo mi experiencia con mi dieta fatal. 

Cuando me preguntan “¿Tienes alguna manía?” la respuesta es “¿En serio quieres que te las diga todas? Mejor dime en qué estabas pensando y te contesto sí o no”. 

Voy a enumerar algunas de las cosas que me vienen a la cabeza:

  • Bebida: a parte de que no soporto compartir una botella (me da tanto asco que antes muero deshidratada), no bebo nada con gas porque “pica”. Esto igual tiene que ver con la hipersensibilidad. No puedo, me pica en la lengua y… sí, creo que “muevo” las manos, sacudo la cabeza cual escalofrío y, si puedo, salto. No bebo infusiones tampoco.
  • Agua fría y sopa quemando. Vivan los extremos.
  • No me gusta el sabor amargo, ni el ácido ni el picante. Me vienen escalofríos de pensarlo. Aunque el picante hay días que lo tolero. Depende de mi nivel de ansiedad supongo.
  • No me gustan los cereales ni las galletas mojadas con leche o con lo sea. Las papillas de cereales de mis hijos eran una tortura.  No olvido ese olor.
  • Vinagre: no me gusta nada. Y el olor me recuerda a una niña de la escuela que sus padres se lo ponían en la cabeza y me pasaba el día oliendo el vinagre.  Tengo esa imagen y olor congelados en mis recuerdos.
  • No como fruta (¡¡fatal!! lo sé).  El melocotón en concreto no puedo con él (pero me encanta su tacto). Ese olor… se me quita hasta el hambre. Tengo recuerdos en el colegio pasando horas sentada frente a un melocotón, sola en el comedor. Era incapaz de comérmelo y también incapaz de esconderlo porque era y soy así de boba y obediente. Al final no me lo comía porque empezaba la clase y tiraban la toalla 😉
  • Verdura cocinada de la manera que sea. Cruda, no. Ensaladas, no. Tomates si, en todas sus formas. Me chifla.
  • Pescado sin espinas, si. Me encanta crudo (antes de ponerse de moda el sushi, también). Si me encuentro una espina en la boca, dejo de comer. Y no sé quitar las espinas con los cubiertos, soy torpe con las cositas pequeñas. 
  • Carne: poco hecha, cruda si puede ser. Si no se me hace una bola como a los niños.
  • Dulces: no. Pero las pocas cosas que me gustan, cuando me apetecen, puedo estar un día comiendo sólo eso (o sea estas nubes). Y me gusta hacer mezclas tan maravillosas como ir alternando chocolate blanco y patatas fritas (estas me han empezado a gustar de mayorcita, siempre he sido más de cosas tipo «ganchitos»). O hacer un aperitivo con olivas y berberechos acompañado con un Cacaolat (batido de chocolate).
  • Lácteos: no me gustan. Sólo un yogur de una marca en concreto que hace años dejaron de hacer. Flanes es lo único , preferiblemente de una marca.  Si son caseros no me suelen gustar (tengo varias anécdotas por este motivo).
  • El queso sólo me gusta fundido. Incluso si está frío pero antes ha estado fundido, me lo puedo llegar a comer. 
  • Me encantan las cremas de verdura (sin pimiento,) y las sopas. Podría vivir de sopas. 

Y algunas más que ahora no me vienen a la cabeza.  Pero aunque no os lo creáis…. ¡Me encanta la alta cocina y comer bien! Disfruto mucho mucho mucho. Disfruto tanto que sin darme cuenta aplaudo y emito sonidos. Los últimos años me ha dado por decir «cuidado que voy a empezar a hacer la vaca: mmmmmm» y me río mientras doy rienda suelta a mi momento de explosión sensorial.
De hecho, de niña pasaba de menús infantiles e iba a lo interesante en las cartas de los restaurantes. Eso sí, cuando tengo hambre, me sale un malhumor que muerdo. Pero muerdo en sentido literal. 

Soy poco original con la cocina diaria y así como con los niños me esfuerzo en que lleven una buena alimentación y coman de todo (lo que yo no como también, por supuesto) con horarios muy marcados, conmigo soy un desastre. Cuando estoy sola, puedo estar un día entero comiendo lo mismo y si estoy enganchada con algo que me interesa, como escribir o tocar el piano, puedo olvidarme o comer fuera de hora. 

Me gusta cocinar, pero sin seguir recetas. Me encanta intentar reproducir platos que he comido en algún sitio y experimentar.  

Y reconozco que cuando descubro algo nuevo o lo redescubro tras muchos años sin comerlo, se convierte en “monotema” y puedo llenar la nevera de esta misma cosa…. hasta que me canso. Quizás soy algo caprichosa e impulsiva en este aspecto.
Mis hijos lo saben y nos reímos juntos de mis compras masivas 😉 

alimentación en el espectro autista
alimentación en el espectro autista

Tapadita se duerme mejor

Ahora que llega el frío, una de las cosas que más me gusta es dormir de nuevo con el edredón y si es de esos grandes y pesados, mejor.

Siempre duermo con pijama y tapada. Aunque sea en pleno mes de agosto con un calor insoportable. No puedo dormirme si no tengo, mínimo, una sábana y algo de ropa. Si el calor es muy insoportable, saco un pie y/o pongo una mano tocando la pared o el suelo.

Y hablando de dormir… siempre con las puertas de los armarios cerradas y con todo lo que tenga dando vueltas en mi cabeza solucionado o apuntado en la libreta que tengo en la mesita de noche (en épocas de demasiada actividad, tengo que quitar la libreta).

Hay épocas, como la actual, en las que me cuesta dormir más de 5 horas. Entonces se mezcla mi estado normal de «marciana» con el de «zombie». Una maravilla, oye.

¡Qué ganas tengo de probar la manta pesada! Tiene pinta de que va a ser el descubrimiento del mes 😀