Patrón de bajo registro y deporte.

Hoy quiero contar algunas cosas relacionadas con el deporte, como continuación del artículo que publiqué ayer sobre integración sensorial, en el que explicaba el patrón de bajo registro de mi perfil sensorial. Cosas relacionadas con mi fuerza descontrolada y mi torpeza, que me vinieron a la cabeza según íbamos comentando los resultados de mi perfil con la terapeuta ocupacional.

PÁDELedad adulta

Me gusta jugar al pádel, o más bien intentarlo.
Alguna vez he recibido clases y siempre me dicen lo mismo: “tienes buena técnica pero tienes que conseguir controlar la potencia”. Vamos, que doy unos golpes que dejo las bolas temblando.
Cuando he quedado para ir a jugar, siempre pregunto cómo son las redes de protección y qué hay alrededor de la pista, ya que siempre (sin excepción conocida) mando las bolas fuera.
Además, me molesta que las palas sean tan ligeras, al contrario que la mayoría, supongo. 

A raíz de hablar sobre esto, me acordé del siguiente deporte. 

GIMNASIA RÍTMICA Y ARTÍSTICA infancia

Uno de los pocos deportes que me gusta ver es la gimnasia, tanto rítmica como artística, femenina y masculina. Y en uno de mis tantos cambios de “aficiones” decidí que quería hacer gimnasia rítmica. Yo, la que en un intento de tocarse los pies, no llega más allá de las rodillas.
Además era lo que practicaban las niñas “populares”, así que se convirtió en algo imprescindible en mi carrera para conseguir encajar y ser como las demás. 
Me apuntaron a un centro cerca de mi casa, en un polideportivo, y recuerdo lo feliz que estaba con mi maillot empezando a formar parte de eso que tanto me fascinaba.
Resultado del experimento: duré pocas semanas. A parte de no tener ningún tipo de gracia, con mis movimientos bruscos, colé los aros varias veces en el techo. Si me decían que lanzáramos el aro hacia arriba… pues aparecía mi potencia descontrolada dándolo todo. Alguna compañera se llevó más de un pelotazo o «cuerdazo». Las mazas no me dejaron ni tocarlas.
Nos propusieron, amablemente, que mejor probara la gimnasia artística. Vamos, les pasaron el muerto a los del otro lado de la pista donde entrenábamos.
Mi maillot maravilloso y yo cambiamos a gimnasia artística y allí la potencia la pude mostrar volando por encima del potro o el “plinto” sin tocarlo. Y alguna vez tuve el don de darme de cabeza cual bola contra los bolos. 
Hace falta recordar también que, además, soy torpe y muy poco elástica. Así que duré poco y nunca entendí por qué tuve que dejarlo (ahora supongo que por petición popular) pero por lo menos tengo el recuerdo de participar en una exhibición en la que me sentí muy feliz y realizada por el simple hecho de estar allí, siendo una más de todas esas niñas a las que idolatraba en mis sueños.
De ese mismo día recuerdo caídas a lo bruto en prácticamente todos los aparatos del circuito. Pero me dio igual, porque yo estaba allí con mi maillot y mis compañeras.

¡Hasta aquí dos ejemplos de la infancia y la edad adulta!

deportes en el espectro del autismo

Final de la adolescencia: la universidad

Tras 3 cambios de colegio y mucho esfuerzo llegó el final de la adolescencia y, con ella, la universidad.
Como he comentado en varias ocasiones, nunca he sido una gran estudiante y esto no cambió en esta nueva etapa. 

Al terminar lo que entonces era COU (¡qué mayorcita me siento cuando digo estas cosas!), no tenía nada claro lo que quería estudiar. Tanteaba entre ADE y Derecho supongo porque era lo que haría la mayoría y, obviamente, era donde mejor iba a pasar desapercibida, ¿no?
De hecho yo no quería estudiar, yo quería aprender. Porque a mí lo que me gusta es aprender. Y si puede ser por mi cuenta, mejor. 

Si me preguntaban lo que quería estudiar, yo decía: idiomas. Me imaginaba una vida muy feliz aprendiendo idiomas y haciendo voluntariados. El detalle de tener que ganar dinero se me debió pasar por alto en ese momento. 
Paréntesis: qué pena que no me diera cuenta de lo feliz que me hacía ser voluntaria y que podría haber estudiado algo relacionado con eso. 

Como tenía que estudiar una carrera sí o sí, porque sí, sin opción, porque es lo que tocaba… Y como mis notas eran bastante justitas, entré a Filología Alemana en la Universitat de Barcelona. Sin saber alemán, ¡pero me parecía un idioma tan divertido! (cada una se divierte con lo que quiere).
Hice un cursillo intensivo en verano y empecé la universidad. Clases en alemán sin enterarme de la mitad y aulas llenas de gente.
Dejé la carrera en el segundo curso. Lo que más me ahogaba era estar con tanta gente en una clase. La parte de no entender el idioma seguía siendo divertida y cada día entendía algo más. Me chiflan los retos, así que estaba encantada en ese sentido.

Como parece que seguía teniendo esa obligación vital (con consecuencias peores que romper una cadena de esas que te mandaban por correo) de tener que estudiar una carrera, decidí que quería entrar a Traducción e Interpretación. Así podía seguir con ese idioma tanto me gustaba, con esa melodía que me enamora (no es ironía, lo digo en serio, me encanta cómo suena el Deutsch). 

Me dijeron que necesitaba un nivel muy alto para las pruebas de acceso. Así que sin dudarlo, con mis 19 añitos me compré un billete de avión para ir a Bonn a aprender alemán. Elegí el destino en la agencia de viajes, literalmente a dedo y a una distancia prudencial de donde vivía mi prima. 
Yo soy mi madre y muero del susto si me aparece la “niña” con un billete de ida diciendo “me voy a Alemania a aprender alemán». 

Estuve unos 6 meses en Bonn, donde estudié en una escuela pública de alemán para inmigrantes (conocí a personas extraordinarias con grandes historias a sus espaldas) mientras fregaba platos en una Pizza Hut (lo prefería a estar cara al público, qué raro, ¿verdad? Esto último sí que es ironía).
Al volver hice las pruebas de acceso y entré en la Universitat Autònoma de Barcelona.  

Duré otros dos años en la carrera de Traducción e Interpretación (de Alemán e inglés al Castellano y al Catalán), con Erasmus incluido 1 año en Berlín, donde por primera vez saqué buenas notas. En la Humboldt Universität funcionaba por proyectos y eran grupos muy reducidos… ¿Será eso lo que yo necesitaba?

Empecé las prácticas en una empresa. Meses después me contrataron y ya no seguí estudiando, por los motivos de siempre (desmotivación, angustias, etc).

Lo mejor que me llevé de esta segunda experiencia fueron algunos amigos que a día de hoy siguen formando parte de mi vida aunque pasen años sin vernos… incluso 20 años.  Lo pasamos realmente bien y podía ser todo lo excéntrica o «payasa» que quisiera, porque todos lo éramos bastante.

Resumen: Dos carreras sin terminar. Nunca me he sentido culpable ni menos profesional por ello. Aunque sí me he sentido muy juzgada y mal valorada, en mi entorno, por no tener una carrera, por ser una mala estudiante o por vaga. Me he sentido (o me han hecho sentir) menos válida por el hecho de no tener un “título” que parece que, a ojos de muchas personas, tiene superpoderes para darte más y mejores capacidades (ironía de nuevo). 
A mis 40 años creo que he conseguido sacarme esa losa de encima. Pesaba bastante. 

Hasta aquí mis recuerdos de una chica neurodivergente en la universidad.

Una vez más, quiero agradecer mucho a los que han valorado mis capacidades sin etiquetar y que, gracias a ellos y a mucho esfuerzo, he ido logrando lo que me he propuesto.

universitaria neurodivergente

Algo de mi adolescencia: el colegio

Tengo pocos recuerdos de la adolescencia en general. Fue una época confusa, como para cualquier adolescente, supongo. 

Mi adolescencia creo que fue bastante fácil para los que me rodeaban y un infierno para mi cabeza. Creo que es donde puedo ubicar mis primeros recuerdos de reconocer la ansiedad como tal.
Si como niña me costaba entender el mundo, imaginaros con las hormonas revolucionadas. 

En mi casa siempre dicen que sigo estando en “la edad del pavo” (a mis 41 he conseguido que no me siente mal, tampoco bien).

A lo que iba. En el colegio, una vez más, tuve un papel de chica bastante invisible. En general, era la amiga de todos pero de nadie en concreto. La que cae bien y ya está. La alumna con notas más bien justitas, introvertida, nada conflictiva y con un sentido del humor “muy mío”.
No sé si me tomaban el pelo, es bastante probable que sí, pero obviamente no me di cuenta.
No me gustaban las injusticias, la prepotencia ni la discriminación. 

En mi caso no sufrí bullying, pero sé que muchas personas con este mismo diagnóstico han tenido infancias muy duras en el colegio. No puedo ni imaginar lo que debieron pasar. Ojalá algún día nadie, con o sin diagnóstico de autismo, tenga que pasar por algo así. 

Las clases no me gustaban más o menos por la materia o asignatura que tocara sino por el profesor o profesora que la impartía y, sobre todo por cómo la impartía. 

Igual que en los primeros años, me generaba mucha angustia tener que participar en clase. Menos en la de flauta dulce, que me encantaba y creo que se me daba bien. Si me sentía segura, todo iba bien. Nada extraordinario imagino en una adolescente, pero el problema es que raras veces me sentía segura y por ende me sentía bien. 

Pasé una temporada (larga, muy larga) que recuerdo que tenía bastantes pesadillas, me despertaba por la noche y me dormía en el suelo, para no molestar, al lado de la cama de mi madre; con un cojín azul con el que todavía duermo. 
Esa misma época, tenía unos dolores de tripa terribles cada mañana e ir al colegio se convertía en una tortura. Recuerdo llamar al interfono de casa en algún intento, fallido siempre, de poder quedarme. 

He intentado analizar esa angustia muchas veces  y es algo que me queda pendiente resolver, aunque creo que ahora empiezo a tener muchas pistas para poder archivar este mal recuerdo. 

Ahora voy a exponer algunas situaciones que me generaban angustia y cómo creo que se podrían haber resuelto “mejor”: 

Participar en clase

  • Qué me hacía sentir mal: no saber cuándo y cómo me tocaría exponerme a mis compañeros y profesor/a. El miedo al fracaso y a la burla. Sentirme bloqueada por el simple hecho de anticipar pensamientos negativos sobre lo que pasaría si me equivocaba o si me ponía roja… lo que fuera. Tampoco es que me apasionara hacer trabajos en grupo, pero a la vez eran una buena excusa para esconderme y dejar que otros cogieran las riendas. 
  • Cómo creo que me hubiera sentido mejor: con anticipación y refuerzo positivo. Con acompañamiento para aprender a equivocarme sin miedo. Con alguien que viera ese miedo en mi mirada y me hiciera sentir en un sitio de confort y respeto. 

Deberes

  • Qué me hacía sentir mal: me costaba (y cuesta) mucho organizarme, tanto en horarios como en priorizar y ordenar tareas. 
  • Cómo creo que me hubiera sentido mejor: ni idea. Es algo que me sigue afectando en mi día a día. 

Exámenes

  • Qué me hacía sentir mal: el silencio y escuchar ruiditos, como los de la tripa, que no me dejaban centrarme en el examen. No ser capaz de sintetizar o de redactar de manera ordenada cuando eran preguntas de desarrollar. Incapaz de “empollar”; necesito entender lo que tengo que aprender. 
  • Cómo creo que me hubiera sentido mejor: con música (vale, sé que esto no puede ser si hay más gente), con más exámenes tipo test, pruebas con más creatividad y menos empollar (memorizar sin más)… 

Y puestos a elegir, me hubiese gustado que me dejaran sentar cerca de la ventana o de la puerta. Me agobia(ba) mucho sentarme “enmedio”. 

En cuanto a amistades en el colegio, siempre me he sentido más cómoda en el mano a mano que con grupos. Aunque por adaptación social, por llamarlo de alguna manera, he estado siempre en grupos de “amigos”. 
Tuve algunas amigas con las que sí que he mantenido contacto y a quienes quiero dedicar un espacio bonito porque son sencillamente mágicas por hacer más fácil mi vida.. 

En cuanto a “amores”…. en resumen: nada destacable. Vivía las historias ajenas como quien sigue una película, soñaba despierta y nunca me enteraba si yo le gustaba a alguien. 

Y hasta aquí un poquito de mis recuerdos de la adolescencia. 

Síndrome de Asperger y adolescencia

Recuerdo en el comedor del colegio. Literalidad

Cuando tuve que recordar cosas de mi infancia y el colegio, durante el diagnóstico, hubo un recuerdo que hizo que se parara mi mundo un momento. Uno de tantos “clics” de los que fui teniendo durante esas semanas. 

Hace unos días, mientras escribía sobre mi infancia y el colegio, recordé algo que ocurrió en el comedor del colegio en primero o segundo de primaria (para entonces EGB) y en ese momento no quise compartirlo. 

Creo que no me solía quedar a comer cada día, no lo recuerdo bien. Un monitor dijo en voz alta que nadie iba al baño hasta que terminara de comer.
Yo necesitaba ir al baño pero fueron tan claras esas instrucciones, o esas “normas”, que simplemente ocurrió. En silencio, sin decir nada a nadie. Fue humillante y me sentí mal por no haber sido capaz de aguantar.   

Recuerdo la cara de asombro de los monitores del comedor cuando se dieron cuenta y me preguntaron por qué no había dicho que necesitaba ir al baño. Les contesté que no dije nada porque habían dicho que nadie iba al baño hasta terminar de comer y que, claro, yo no había terminado. 
Me cambiaron de ropa y, que yo recuerde, nunca más se habló de este tema. En casa tampoco. 

Mientras me cambiaba de ropa, me repetían una y otra vez que tendría que haberlo dicho y que la próxima vez, fuera al baño. Recuerdo una sensación de confusión total con órdenes contradictorias. 

Supongo que así es como vas aprendiendo cuando vas sin hoja de ruta y nadie te enseña el camino.

No explico esto para dar lástima ni como crítica a nadie. Explico esto para visualizar esa invisibilidad de la que tanto hablo.
Soy consciente de que no debe ser fácil detectar lo indetectable cuando hay mucho camuflaje. Sólo quería compartir una de estas cosas que en su día pasaron desapercibidas. 

Y hasta aquí una pequeña reflexión sobre algunas señales de… ¿literalidad?

Recuerdos colegio y literalidad autista

Mi infancia: primeros años de colegio.

PARVULARIO 

Era una niña educada, tranquila y reservada. Me llevaba bien con todos mis compañeros y no recuerdo haber tenido peleas. Ni siquiera discusiones.   
Me encantaba la clase de música y leer. Lo de “reseguir” líneas, el dibujo y las manualidades no era lo que más me gustaba ni mejor se me daba. Excepto hacer bolitas de papel o plastilina, eso sí.

Tengo algunos recuerdos curiosos del parvulario, a parte del terror de la natación, como por ejemplo el día que mi profesora se disfrazó de payaso (no me hacen ninguna gracia); o lo mimada que me tenía la cocinera que me perdonaba el melocotón; o el día que un niño le dijo a su madre que yo iba a ser su novia y sentí vulnerada mi intimidad de tal manera que sigo recordando ese momento como si fuera ayer…   

Recuerdo el nombre de todos mis compañeros (de los 3 a los 6 años), los olores del sitio y el tacto de la caja metálica de rotuladores. 

 

PRIMARIA

Cuando pasé a la escuela de primaria, recuerdo que no entendía por qué leían tan despacio los otros niños. No me planteé nunca que la que “leía diferente” era yo… simplemente lo atribuía a que en mi guardería nos habían enseñado muy bien. Pero era algo que me guardaba para mí. 

En clase lo único que quería era pasar desapercibida y necesitaba aceptación de mis profesores. Era terriblemente insegura y me moría de vergüenza si tenía que salir a la pizarra o hablar. 
No era una estudiante brillante, más bien del montón y bastante justa en cuanto a notas. Siempre me ha costado horrores ser organizada para el estudio y concentrarme.  Eso sí, cuando me interesaba algo, entonces sí sacaba buenas notas y disfrutaba mucho. 

El comedor siempre fue un sitio que me horrorizaba por el ruido, por las multitudes, por los olores, por las prisas, por el tipo de comida, por la cola en la entrada… por todo.   

No recuerdo bien a qué jugaba en el recreo, a cosas más de “niño” que de “niña”, eso seguro,  pero sí que recuerdo cómo era el espacio.
Me gustaba hacer el pino o cualquier juego que supusiera estar del revés. Aún ahora ponerme con la cabeza para abajo es algo que me relaja.

Tengo recuerdos raros, como por ejemplo el de una profesora que arrancaba con un hilo los dientes que se movían. O recuerdo un día que un niño se quedó inconsciente en el patio, tras darse un golpe en la cabeza con el canto de un banco de cemento. De esto último recuerdo la temperatura y el olor del patio. Desde entonces siempre que veo un banco de cemento como el de ese patio, me acuerdo de esa imagen.  

Tuve 3 cambios de colegio por distintas circunstancias familiares, no por mal comportamiento ni nada de eso. Siempre he pensado que eso era lo que no me permitía crear vínculos a largo plazo. Ahora creo que a pesar de tener algo que ver, no es para nada la causa principal de mi dificultad en crear vínculos y mantener las amistades. 

Las fiestas de cumpleaños no me gustaban, principalmente por el ruido, el tipo de juegos, los nervios de los otros niños y por la duración. No recuerdo si me invitaban a todas o algunas o a ninguna…. La verdad es que no recuerdo muchas fiestas.

En definitiva creo que, resumiendo y generalizando, pasé esta etapa de mi infancia siendo bastante invisible para los demás y siendo algo confusa para mí, que iba llenando el depósito de “dolor silencioso” poco a poco. 

Durante el diagnóstico tuve que analizar muchas cosas y sí que existe algún episodio más duro durante esta etapa que espero poder ir compartiendo más adelante. Pero de momento me siento más cómoda hablando en términos más generales.

Próximo capítulo: el colegio en la adolescencia.

Mi infancia: Síndrome de Asperger

Buscando aceptación desde el segundo plano

Hablando sobre cómo era de niña, durante el proceso de diagnóstico de autismo, me di cuenta de algo que me hizo sentir frágil: mi funcionamiento por patrones en búsqueda de aceptación.
Sentí como si la fortaleza que había ido construyendo a lo largo de tantos años se desmoronara como un castillo de naipes con un soplo de viento casi imperceptible. 

Cuando intento recordar cómo era de niña, como ya he contado aquí, era más bien tímida, introvertida, educada y muy observadora. Y es que si algo me caracteriza a lo largo de mi vida es el hecho de sentirme como una espectadora en la mayoría de las situaciones. 

No reprocho a nadie que me dejara de lado, ya que seguramente yo misma me arrinconaba. No sabía hacerlo mejor. Necesitaba hacer algo tan simple como observar y aprender.  ¿Aprender qué? Pues aprender a imitar, a actuar… ¿Quizás a ser como los demás? Necesitaba encontrar un sitio donde me sintiera cómoda y menos insegura.
Lamentablemente no encontré nada mejor que un segundo plano, una fila de atrás, una butaca de segunda.

Creo que recuerdo la primera vez en que creí ser feliz por ser aceptada y… ¡Hasta protagonista!
Estaba en casa de unos familiares a los que solía visitar con muy poca frecuencia. Me dejaron allí para que jugara con otros niños y empecé a hacer el “payaso”. Cuando me vinieron a buscar, los niños dijeron con mucha euforia lo bien que lo habían pasado y que yo era muy divertida. Recuerdo perfectamente el felicitarme yo a mí misma por lo bien que lo había hecho (objetivo logrado). Desde entonces cogí este rol en muchas situaciones. Y aun ahora creo que me resulta más fácil hacer el tonto que tener una conversación convencional. 

¡Ojo! Me gusta hacer lo que muchos consideran “tonterías”, pero a lo que me refiero más arriba es al momento en que esto se convierte en una herramienta para socializar, incluso para lograr un protagonismo efímero.
A mí las tonterías me apetece hacerlas por placer (y muchas), no como herramienta forzada para socializar. 

Todo esto lo explico para concluir que he tardado muchos años en entender que la vida no es lo que los demás esperan de mí, o que no se trata de ser aceptada sino de ser feliz. Y que la única aceptación que realmente necesitaba era la mía propia. 

autismo y aceptación

Deportes: natación

Los deportes nunca han sido mi fuerte y uno de los peores recuerdos que tengo de mi infancia, entre los 3 y 6 años, es la natación.

Por suerte, la directora del parvulario me tenía un poco “mimada-protegida” y a veces me dejaba «no ir» cuando veía la angustia que me generaba. 

Me acuerdo perfectamente del olor, de la temperatura y la humedad del lugar, de cómo resonaban las voces en el recinto… De hecho aún ahora no me gustan las piscinas cubiertas, me traen malos recuerdos. 

Recuerdo cómo estábamos en fila y nos tiraban al agua, uno a uno como a un saco de patatas, para que fuéramos nadando hasta el final del carril. Sin contar hasta tres, ni hasta dos ni hasta nada. Con contacto físico (arjjj). Sin instrucciones claras… ¡Sentía que me iba a ahogar! Encima había ruido, mucho ruido, de voces. 

Las duchas que había en el pasillo de acceso a la piscina eran el túnel del terror directamente. 

Y tampoco olvido esos suelos que alguna vez había escuchado que “contagian hongos” y me horrorizaba el pensar que me saldrían setas (champiñones en concreto) por los pies. Ahora me río cuando lo escribo, pero recuerdo haber tenido esta imagen, o este pensamiento, muchas veces a lo largo de mi vida.

¿Cómo podría haber sido una experiencia más positiva? Pues viéndolo desde la distancia creo que quizás me hubiera ayudado un poco de más de anticipación…. un acompañamiento más individualizado por lo menos al principio… dejarme (y respetar) mis tiempos para que yo pudiera analizar la situación…. Lo mismo que necesita cualquier niña o niño: respetar los tiempos de cada uno y acompañarles. ¿No?

Y como curiosidad, una de las cosas que ha sobrevivido a todos mis cambios de domicilio (unos cuantos, por cierto) es un trofeo que nos dieron el último día de clase de natación.
A veces pienso que lo guardo como un “yo sobreviví a la natación” y otras veces pienso que debería estamparlo contra un muro y deshacerme de estos pensamientos negativos.

A lo largo de mi vida he intentado hacer actividades en piscinas cubiertas (con mis hijos normalmente) y no he podido mantener ninguno de los intentos. A parte de que compartir vestuarios con más personas es algo que tampoco me gusta y me da bastante «asco». Pero esto ya es otro tema.

Es una lástima que, con lo mucho que me gusta el mar y el agua en general, cogiera tal pánico a esta actividad. Para mi se convirtió en un acto de supervivencia cada vez que iba. Ojalá hubiese tenido más carácter en lugar de callar e ir acumulando angustia.

Sobre mi infancia

Escribiendo para el diagnóstico sobre mi infancia, si no recuerdo mal, diría que era una niña más bien tímida, introvertida y que se llevaba bien con todo el mundo. No recuerdo ninguna pelea, ni siquiera una discusión, con otros niños. Nunca tenía, ni quería, el papel de líder; y sin duda prefería pasar desapercibida aunque por dentro me causaba admiración la capacidad de liderar de otras personas. Eso sí, si me pedían opinión… la tenían.
Creo que era educada, tranquila y obediente. Y tozuda… TOZUDA y rencorosa… quizás rígida, pero por dentro. Por fuera me adaptaba aún costándome el precio de gripes, anginas, dolores de tripa y un largo etcétera.
Era observadora (aún ahora recuerdo cosas muy concretas de la guardería) y socialmente sonriente. 

No me gustaba nada hablar sobre mí ni exteriorizar mis sentimientos o mostrar mi malestar cuando me molestaba algo. Pero me resultaba muy reconfortante cuando alguien se daba cuenta y me lo transmitía de manera que no me resultara violento (¡Las miradas son tan poderosas!).
Me sorprendía mucho cuando veía riñas, me causaban malestar, y prefería no participar ni tomar parte de la manera en que se debía esperar a esas edades, porque seguramente me parecían una pérdida de tiempo y energía. 
Y va a sonar “raro” pero en general siempre me había resultado más fácil tener amigos que amigas.

Prefería el juego individual al colectivo. Nada de deportes de equipo (y en general de deportes) ni competiciones. 
No me llamaba especialmente la atención ir a fiestas de cumpleaños. En gran parte por la probabilidad de que hubieran globos, claro. 
En el parque, si podía elegir (o sea si no había cola para subirme), me gustaba columpiarme como si no hubiera un mañana, tirarme por el tobogán boca abajo cual Superman o ponerme colgada boca abajo en esas estructuras metálicas que con los años han ido desapareciendo (menos mal). Eso sí, donde se ponga un tablón de madera / conglomerado barnizado y un bosque con una buena pendiente, que se quiten los parques.

No me gustaba el color rosa, prefería el azul, y me gustaba jugar con coches, parkings, Lego, Playmobil, puzzles y juegos tipo memory. No me gustaban los juegos en grupo tipo parchís o monopoly.

Y escuchaba los vinilos de Pedro y el Lobo o el Principito con mi abuela.

Tampoco me gustaba especialmente jugar a muñecas. Prefería jugar a “aparcar coches”; o a lanzarlos hacia un objetivo para ver cuál se acercaba más dándoles el mismo impulso; o a ponerlos en fila. Lo que más me gustaba de una muñeca (Nenuco) era el “cochecito” para sortear obstáculos. 

Al final sucumbí y empecé a jugar con muñecas (Chabel, porque no me gustaban que fueran «tetonas» como una Barbie) a una edad en que las niñas me temo que ya casi no jugaban con ellas. E igual que con los supermercados de juguete y similares, a mí lo que me gustaba era imaginar los personajes y preparar las historias que iban a vivir o a montar “negocios” ficticios y hacer listas de cosas.  

Tenía peluches en la cama. Me encantaba sumergirme con ellos y quedarme dormida. De hecho los ponía por un orden preestablecido y cuanto más apretados estuviéramos, mejor. Me daba mucha tranquilidad. Sobre todo en época de pesadillas.

Eso sí, mi “juguete” favorito por encima de todos y que más me ha dolido haber perdido por el camino fue: una caja de zapatos de mi abuela con centenares de botones de distintas medidas, colores, texturas…Eso era el paraíso. 

Y el juguete que siempre quise y nunca tuve: El Sr. Potato. Con los años me he dado cuenta que igual Miss Potato era yo misma en mi vida social 😉

Aquí podéis encontrar más cosas sobre mi infancia.

Sobre mi infancia, si no recuerdo mal, diría que era una niña más bien tímida, introvertida y que se llevaba bien con todo el mundo.
Photo by Moose Photos on Pexels.com

Mi infancia: la lectura

De niña leía mucho, devoraba los libros.

Con los años he ido dejando de leer, aunque las librerías (con ese maravilloso olor a libro nuevo) siguen siendo de mis sitios favoritos

No sé si se debe al TDAH o al aumento de la demanda social, que me tiene con la cabeza todo el día en mil sitios, pero me da pena haber perdido esta parte de mi infancia.

Quiero pensar que poco a poco iré relajando la tensión «social» y podré volver a perderme entre los libros.