Mi embarazo en el espectro

El embarazo en el espectro autista es algo por lo que me han preguntado a menudo desde que obtuve mi diagnóstico. Siempre he querido ser madre. No sé el porqué pero es algo que siempre me ha llamado la atención. No me gustaba jugar a muñecas, ni a papás y mamás, ni ninguno de estos juegos que no me generaban interés. Tampoco he sido muy “niñera”. Pero, en cambio, me fascina el hecho de poder tener hijos. 

Me costó algunos años ser madre. Y lo llevé mal. Muy mal. Con la correspondiente frustración, bucles, desánimo… en fin, supongo que como a toda persona que desea ser madre o padre y por lo que sea no lo consigue, pero con esta intensidad que me caracteriza y con la que me enfado a menudo. 

Y finalmente, a falta de uno, vinieron dos de golpe (gemelos univitelinos). El impacto fue grande ya que, encima, al principio no eran dos… sino que eran tres. Así que imaginaros el impacto en mi planificación: iba a por uno y vinieron dos.
En la primera ecografía me dio uno de mis ataques de risa absurdos durante horas cuando me dijeron que venían 3.
Finalmente se quedaron dos y creo que ya he dicho varias veces que son lo mejor que me ha pasado y pasará jamás. De esto hablaré otro día.

Durante el embarazo leí de todo sobre gemelos, hice mil estudios de mercado sobre cochecitos y otros utensilios, analicé todo lo que podía pasar o no pasar en un embarazo gemelar (consulté a todos los especialistas en cada cosa), hice 2 planes de empresa durante el reposo (para pasar el rato… es una de mis aficiones) y me obsesioné con la música de Phil Collins. 

A la pregunta de si disfruté del embarazo yo digo NO. Y digo que no porque de golpe mi vida se convirtió en un “no saber” constante. Mis rutinas cambiaban (¡Y más que iban a cambiar!), mi alimentación, mi ropa, mi estado de ánimo, mi cuerpo entero… todo era un océano de cambios e incertidumbre. De golpe me tenía que acostumbrar a ir “sobre la marcha” sin poder planificar ni prever lo que iba a pasar el día siguiente. Salía de una eco y ya tenía angustia hasta que llegara la siguiente para poder ver si iba todo bien. A mis mil preguntas la respuesta solía ser un “ya se verá” en distintas versiones. Estaba todo tan fuera de mi alcance (¿control?) que necesitaba tener la cabeza ocupada todo el día. 

Eso sí, me seguía fascinando el hecho de que estuvieran allí dentro, formándose, creciendo… escuchándome… sintiendo cómo se movían. Vi muchas veces un reportaje de National Geographic sobre embarazos múltiples que yo creo que hasta ellos mismos aborrecieron estando en la barriga.

Por suerte el nacimiento fue con una cesárea programada. Sí, sé que es mejor que sea natural y cuando ellos decidan, pero para mi cabeza esto fue fantástico porque de alguna manera me pude preparar un poco para el gran cambio de mi vida.  

A modo de anécdota, lo que más recuerdo del nacimiento es el número de personas que había en el quirófano (2 ginecólogos, 1 comadrona, 1 celador, 3 enfermeras y 1 pediatra que finalmente no se quedó, menos mal) y que estaba tan obsesionada con que tendrían que ir a la incubadora que en lugar de disfrutar del momento sólo decía “¡meterlos en la incubadora!” mientras lloraba (yo lloraba, ellos estaban perfectos sin incubadora ni nada).  Cuando me calmé les vi y eran taaaaan bonitos. Eso sí que fue una explosión en todos los sentidos.

¿Os digo un secreto? El hecho de que fueran gemelos y lo mal que me encontraba fueron una gran y maravillosa excusa para evitar las visitas 😉

Y así llegaron al mundo B&L para dar un vuelco a mi vida. Los quiero hasta el infinito y aprendo mucho de ellos. De hecho, estoy segura de que gracias a ellos he aprendido cosas tan importantes como a ser menos rígida y a disfrutar más del “contacto físico” (sólo con ellos, no nos emocionemos). 

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