En el gimnasio.

Tras varias semanas, o meses, mentalizándome, postergando y habiendo hecho un estudio de mercado minucioso, decido apuntarme a un gimnasio. 

Durante el proceso de selección he mirado cómo son las instalaciones, cómo huelen, qué ruido hay, a qué horas hay más afluencia, qué actividades ofrecen, etc. Y, obviamente, la parte económica ha jugado, lamentablemente, el rol más importante.

Para empezar me propongo ir un día a una actividad dirigida que haya hecho antes, en horario de mínima afluencia. Por lo menos sé más o menos a lo que voy y me quito esa parte de incertidumbre.

Llega el día y tengo mucha ansiedad. No quiero ir, pero a la vez sé que tengo que ir. 

He intentado convencer a alguna amiga para que me acompañe, pero por horarios no pueden. Voy sola. Me paso el día pensando sólo en eso.

Accedo a las instalaciones temblando, para variar (ironía).
Me tengo que cambiar de ropa en el gimnasio porque voy directamente desde el trabajo.
Odio los vestuarios y me dan bastante asco en general; aunque estén limpios (si están sucios, me voy, en sentido literal).
Además, llamadme recatada, pero a mí no me gusta pasearme desnuda, ni medio desnuda, y tampoco me gusta ver desnuda a gente que no conozco (y a la que conozco, tampoco, no nos engañaremos). Soy muy pudorosa.
Busco un sitio escondido en el vestuario para evitar que invadan mi espacio y no sentirme observada. Me cambio deprisa y evito cualquier conversación con nadie.

Estoy nerviosa y me siento fuera de lugar. Me siento una extraña en un sitio desconocido y no me gusta.

Llego a la sala de la clase (tras comprobar 15 veces que es esa) y me tranquilizo un poco al ver que somos pocos alumnos y que la profesora ha preguntado si hay alguien nuevo. Por fin he podido decir que soy nueva y que, sobre todo, soy torpe. Así calmo mi hiperexigencia si no me salen los ejercicios.
Porque, claro, mi sentido del ridículo no quiere llamar la atención. 

Durante la clase me muestro graciosa, como no, usando mi máscara de “despreocupada que le da igual hacer el ridículo” y por dentro tengo a mi yo más competitivo y perfeccionista intentando hacerlo bien, aunque mi torpeza y poca flexibilidad estén allí presentes. 

Cada vez que la profesora dice “relajaros y disfrutad”, sonrío mientras pienso “si me relajo te hago 20 estereotipìas y me tumbo en el suelo frío para relajarme”. Estoy tensa.

Termino la clase y me voy corriendo al vestuario, mientras se quedan charlando. Así evito encontrarme con los demás allí ni tener que establecer conversaciones de “ascensor”, o de “parque” si se alargan un poco. No doy pie a quedarme, porque soy la que siempre tiene prisa porque tiene una reunión (sí, miento por supervivencia).
Me encantaría quedarme un rato más en el gimnasio para hacer otros ejercicios y estiramientos en la sala de máquinas. Pero en mi cabeza ya ha saltado la alarma de “necesito salir de allí” y no hay otra opción. 

Salgo de allí y estoy agotada. No tanto por el ejercicio sino por el desgaste psicológico que me ha costado. Me digo engaño, a mí misma con un “no ha sido para tanto, la próxima vez estaré más tranquila”.
La realidad es que la próxima vez será exactamente lo mismo. 

Sé lo importante que es hacer ejercicio y lo mucho que lo necesito para canalizar la ansiedad y, en otros momentos, para activarme. Pero ir al gimnasio está claro que no me compensa. Por lo menos en el formato económico y “normal”. 

¿La solución?
Lo ideal sería tener un entrenador personal o, mejor, un sitio con grupos reducidos, sin olores intrusivos ni demasiados ruidos. Pero esto es caro; por lo menos para mí. 

Y escribiendo sobre esto, se me ocurre que estaría bien que alguien: montara un proyecto para ofrecer estos servicios a algunos colectivos.
Ahí lo dejo para quien lo quiera tomar 😉
O, si ya existe, agradecería mucho que me pasarais la información .

Justo antes del confinamiento conseguí ir durante varias semanas, de manera regular, pero porque hacían clases de sevillanas (sí, en un gimnasio) e iba con una amiga. No sé lo que hubiese aguantado. 

Y hasta aquí mi historia recurrente cada vez que me apunto al gimnasio. 

Ejercicio y cuidado personal en el gimnasio

Crónica de mi verbena de San Juan

Tras los días previos en los que la ansiedad , debida a mi fobia a los petardos, ya dominaba todas mis rutinas, llegó la maldita verbena de San Juan. 

Como cada año, ya estaba mentalizada de que pasaría esa noche sola, o aislada en una habitación si estuviera con más gente, como ha venido siendo los últimos años.


Cuando se acercaba la noche, la ansiedad y la irritabilidad iban in crescendo. Todo dentro de lo habitual. 
Contradictoriamente siempre tengo una sensación de «alegría rara» esa noche porque significa que se terminará mi calvario en unas horas. 

Algo dentro de mí estaba convencido (y engañado) de que sería una noche más o menos tranquila porque pensaba que mucha gente se había ido de la ciudad y que quizás iría a menos esa afición absurda de hacer ruido por placer.
Sé que soy muy ingenua pensando eso, pero es mi manera de ser. De hecho, hasta llegué a creer que tras la pandemia seríamos una sociedad mejor y… a las pocas semanas tras el primer confinamiento ya confirmé que NO. 

Por la tarde se empezaron a escuchar los primeros petardos, flojitos, supongo que de niños.
A última hora de la tarde ya empecé a escuchar alguno más fuerte. Cerré las ventanas, subí el volumen de la TV (a la búsqueda de algún programa ruidoso) y me puse los dos auriculares cerca (me pongo unos pequeños dentro del oído y unos grandes encima con cancelación de ruido). 

A la hora de cenar se desató el horror.
Cuando la cosa se puso muy intensa, me ponía los «doble auriculares».
Cuando bajaba un poco la intensidad, veía la TV a todo volumen y con los auriculares puestos. Así pasaron 4 horas.

Os podéis imaginar la tortura que supone estar 4 horas tapando el ruido de los petardos con música a todo volumen. Esta vez no había regulación con música ni con nada; era supervivencia. 

A media noche todavía eran más fuertes y sobre las 2 conseguí dormirme con los auriculares puestos. Sentía que me iba a estallar la cabeza, pero no tenía opción. 

Sobre las 5 y pico me desperté de un petardazo. Casi infarto. Y me tuve que volver a poner los auriculares a pesar del dolor de cabeza que tenía. 

estaba tan agotada que las pocas horas que dormí, caí muerta

Conseguí medio dormirme un par de horas más, pero el dolor de cabeza y las contracturas varias tras el periodo de estrés intenso ya no me dejaron descansar. 

El día siguiente lo pasé destrozada, totalmente desregulada y sin posibilidad de regularme ni mediar palabra para pedir ayuda. Qué ayuda iba a pedir si no era capaz de saber lo que necesitaba. Así que una vez más «elegí» soledad, silencio y tristeza.
No tenía energía para nada más que para medio llorar de vez en cuando.
Me dolió la cabeza hasta pasadas más de 36 horas.

En mi opinión, tirar petardos a partir de media noche es falta de empatía. Y tirar petardos de madrugada es maldad. 

A quienes me digáis eso de “pues vete a algún sitio donde no hayan petardos” os contestaré que “se aceptan donativos para huir lo más lejos posible”. 

Y esta es la historia de una verbena de San Juan más, o menos, según se mire.
De esto hace ya casi 2 días y sigo sin fuerzas, hecha polvo, con capacidad cero de concentración. De hecho, me ha costado la vida poder redactar esto, pero quería compartirlo cuanto antes, mejor.

Enmascarando mi fobia a los petardos

Esto ocurrió hace muchos años, pero lo tengo grabado en mi cabeza. Y estos días, con mi monotema de los petardos y la pólvora, me he dado cuenta de algunas situaciones en las que estuve enmascarando mi fobia a los petardos.

Hará unos 20 años (madre mía, suena a «érase una vez»), a pocos días de la verbena de Sant Joan, fui a una cena con el que entonces era mi pareja y amigos suyos. 

Yo ya había avisado de mi fobia y estaba aterrada, pero era tan fuerte entonces esa necesidad que tenía de “agradar”, de encajar, de formar parte de algo, que fui igualmente. 

Confiaba (ilusa de mí) en que se habrían preocupado por encontrar un sitio donde no hubiese petardos, pero no fue así.
También es cierto que seguramente yo no expliqué bien el alcance de mi fobia con los petardos.
Pero tengo que decir, desde la distancia, que dudo que se hubieran preocupado igualmente. Algunos de ellos eran de esas personas que me veían como “una rarita”. Pero este ya es otro tema que no tocaré ahora.

Llegamos donde habíamos quedado y al ver que se trataba de un sitio exterior, muy concurrido y peatonal (¡lo tenía todo!) le dije a mi pareja que yo no podía estar allí y que se quedara (le tuve que convencer) pero que yo le esperaba en otro lado. 

Suena surrealista que él no viniera conmigo, pero creedme que con tal de no quedar mal o no hacer sentir mal a los demás, podía llegar a ser muy convincente y hacer auténticas estupideces como esta. 

Me fui corriendo al coche, que estaba aparcado en una calle pequeñita y decidí esperar allí. A él seguramente le conté alguna historia como que me iría a un centro comercial o a algún entorno seguro. . 

Era joven, estaba perdida en un mundo que no comprendía y quería encajar a toda costa.
Era capaz de estar 2 o 3 horas encerrada en un coche con ruidos de petardos a lo lejos y la música a todo trapo. 

Tuve la mala suerte de que aparecieron unos chavales tirando petardos en la calle y se desató el ataque de pánico. Puse la música más fuerte, me tiré a los asientos de atrás encogida tapándome los oídos, llorando, gritando….
¿Y qué pasó? Pues a que a los chavales les pareció de lo más tentadora mi escena para quedarse ahí tirando petardos y asustándome. Me he prometido no poner insultos y calificativos peyorativos aquí. Pero los pienso todos.

Recuerdo que lo único que deseaba era que se les escapara un petardo debajo del coche, para que estallara  y así terminara todo (literal).  

Me llamó mi pareja para saber dónde estaba y vino cuando me escuchó en plena crisis. Se encontró un espectáculo lamentable. Ese día él entendió a la perfección mi fobia. 

Tengo bastante distorsionados los tiempos, así que no recuerdo si vino enseguida o si tardó. Lo único que sé es que no tuve que volver a enmascarar con algo así. 

Ahora mismo no lo haría ni por todo el oro del universo. Pero en ese momento iba perdida por un mundo que no entendía.
Esto es un ejemplo más  de lo dañina y peligrosa que puede llegar a ser esa necesidad tan grande de encajar, de enmascarar.

Aquí un motivo más para entender la importancia de un diagnóstico a tiempo.

Enmascarando la fobia a los petardos

Sobrecarga en Correos

¡Horror! Recibo un SMS notificando que me ha llegado una carta que llevaba tiempo esperando. Tengo que ir a buscarla a Correos sí o sí.
Me enfado porque no me entregaron la carta en mano y en la llamada para quejarme descubro que me lo intentaron entregar en persona en una dirección antigua. 

Para variar, en el último cambio de domicilio no hice las gestiones para actualizar la dirección.
Tengo un don para postergar o, directamente, no hacer algunas gestiones.  

Tras varios días aplazando la gestión, me doy cuenta de que se me está terminando el plazo para recoger la carta y es muy importante que lo haga. 

Es una gestión fácil que hasta ahora tenía bastante bien incorporada, pero tras el inicio de la pandemia todo ha cambiado. Voy a ir a un sitio donde lo tenía todo controlado y ahora no sé cómo funciona. Parece una tontería, pero no lo es.
Cabe recordar que yo me anticipo absolutamente todo y estoy yendo sin saber cómo funciona ahora el circuito para recoger una carta. 

Voy para allá y veo que hay cola en la calle, para entrar a las instalaciones de Correos. Paso de largo y decido hacer otra cosa antes.
Repito esto mismo 3 veces, hasta que consigo convencerme y ponerme en la cola. 

Observo, analizo y voy viendo el funcionamiento. Todo está aparentemente controlado. Hay una persona que da los números en la puerta y da acceso para cumplir con el aforo establecido. Esto me calma. Así que sigo con mis auriculares y mis balanceos en la cola hasta llegar a la puerta.  

Me dan mi número y me dicen dónde debo esperar. De momento puedo aguantar bien. 

En la ventanilla que me toca a mí no avanza la cola; y cada vez hay más gente ahí dentro. Empiezo a notar ansiedad, mucha ansiedad.
La mascarilla, el ruido, la gente, la falta de previsión, el incumplimiento de las normas… Estoy entrando en bloqueo. 

Me siento mal, quiero irme, pero a la vez necesito hacer la gestión. 

La cosa se desmadra y veo que algunas personas se están colando, cosa que me supera, pero estoy tan bloqueada que no me salen ni las palabras para decir nada a nadie. Sólo puedo y quiero balancearme e intentar centrarme en la música de los auriculares. Así que sigo esperando ahí sentada, con un fidget anti estrés en las manos. 

Me toca el turno, por fin, y… no puedo recoger la carta porque no leí bien la notificación de Correos. Me faltaba un documento que tenía que aportar. No intento convencer a la trabajadora porque simplemente necesito salir de allí corriendo. Estoy frustrada, enfadada (conmigo), disgustada y avergonzada.

Estaba tan obsesionada con el hecho de tener que ir allí que ni siquiera me fijé bien en lo que ponía en la notificación. Y no es la primera vez que me pasa… ni fue la última.

Llego a casa y estallo a llorar muy enfadada conmigo. Una vez más me digo cosas muy feas. Gracias a ser más consciente de mi condición, freno, rectifico y me perdono. Me repito una y otra vez la promesa que hice de dejar de maltratarme.   

Me calmo y entro en estado de agotamiento, con hipersensibilidad en las extremidades.
El día siguiente me despierto agotada, con dolor de cabeza, más hipersensibilidad acústica de la normal, sin ganas de sonreír ni de hablar y, ni mucho menos, de ver a nadie. Tardé mas de 24h horas en superar este shutdown.

Esto fue en diciembre 2020.

Me llega una notificación y tengo que ir a Correos a buscar una carta. Tengo un don para postergar, o no hacer, algunas gestiones.  
Autismo y burocracia en Correos

Automatizando respuestas

Si analizo mis interacciones sociales habituales, como ir a comprar, me doy cuenta de que las paso automatizando respuestas. 

Para empezar a escribir sobre esto, diría que, dejando de lado los diagnósticos y etiquetas, esto es algo que hacemos todos. 

Al fin y al cabo, vivimos en una sociedad donde hay unas normas que hacen que de una manera u otra todos tengamos unas respuestas automatizadas (gracias – de nada, estornudo – ¡salud!, disculpa – dime…).

En mi caso, al funcionar por patrones y ensayando las interacciones sociales hasta el más mínimo detalle, tengo las respuestas, para cada ocasión, muy interiorizadas y preparadas. 


El problema es que a veces suelto respuestas de manera automática en situaciones como: 

  • En un restaurante, el camarero me dice “su plato, que aproveche” y le contesto un “gracias, igualmente” 
  • O digo “gracias – de nada – adiós” del tirón porque he entrado en bloqueo y me quiero ir de una tienda.
  • Si alguien estornuda 10 veces seguidas, diré “salud” 10 veces seguidas tras cada estornudo. 
  • Si la conversación se desvía hacia una variable que no tenía prevista, puedo soltar un “gracias” o un “perdón” sin venir a cuento, así por decir algo.
  • Si tropiezo o me golpean sin querer pido perdón (¿por estar allí?)
  • Cuando no estoy segura de estar entendiendo una conversación, me sale el “perdón” automático.

Pero lo del perdón ya es otro tema que creo podría vincular a la falta de autoestima que te deja un diagnóstico tardío. Siempre he tenido la sensación de pedir perdón hasta por respirar. Y esto es agotador y desgastante. 

Perdida en la noción del tiempo

Como ya comenté hace unos meses por aquí, vivo buscando la noción del tiempo. 

Voy a intentar ser lo menos caótica posible para explicar mis problemas con la gestión y la noción del tiempo.

AÑOS
A veces hablo de cosas de hace 20 años como si fuera ayer y otras veces hablo de lo que pasó hace un mes como si hubiera pasado hace una vida entera.
Pero eso podría ser porque hace 20 años se me quedó algo en bucle y sigo ahí dale que te pego. Para esos casos me puedo acordar de la fecha, la hora y todos los detalles posibles.
Y, en cambio, lo que ocurrió hace un mes igual no me generó interés y mi cabezota lo ha archivado en “preparado para olvidar”, aunque fuera algo “importante”. 
Por cierto, durante 3 años tuve la misma edad y no por querer restar años. No sé el porqué. 

ESTACIONES Y MESES
Suelo tener dificultad en saber si vamos hacia el calor o hacia el frío. Es algo que me pasa casi a diario por las mañanas.
Por suerte suelo acordarme de los meses y esto me ayuda a ubicarme cada mañana. 

DÍAS DE LA SEMANA
Y aquí llega el quid de la cuestión.
Llevo unos meses que se me olvida que existen los miércoles. Aunque me ponga avisos, aunque mire la agenda, aunque ponga post-its por todos lados. Se me olvida y me lo tengo que estar recordando continuamente.
El miércoles por la mañana creo que es martes y el miércoles por la tarde creo que ya es jueves.
Por culpa de esto me he perdido reuniones importantes, citas en médicos… y así un largo etcétera. 

HORAS
Me cuesta mucho calcular el tiempo que tardaré en hacer una tarea.
Siempre pienso que será un momento y sin darme cuenta han pasado 2 horas.
Aquí entrarían también mis intereses restringidos. Y es que cuando estoy haciendo algo que me resulta apasionante, como tocar el piano o escribir, pierdo la noción del tiempo y puedo olvidarme de comer, de beber (eso siempre), de dormir… y de que existe un mundo más allá de lo que estoy haciendo.
Esto sólo me ocurre sobre todo cuando estoy sola. Y con los años he aprendido a ponerme alarmas para limitar estos tiempos. 

La gestión del tiempo y la planificación creo que están en las primeras posiciones en mi ranking de dificultades.

Noción del tiempo y autismo

Bloqueo en la farmacia

Un día cualquiera, de camino a casa, me acuerdo de que tengo que comprar una cosa en la farmacia.
Aprovecho que paso por delante de una de las 3 farmacias a las que suelo ir y entro sin pensármelo; y sin mirar desde fuera si hay más gente. Esos días en que estoy “venida arriba y puedo con todo”. 

Normalmente me gusta cómo huelen las farmacias, por lo menos a las que voy yo, porque huelen a una mezcla de nada y de limpio. 

Entro a la farmacia y me quedo paralizada… ¡puajsss huele a yogur líquido infantil, de fresa!
Paro la música de los auriculares, arranco de nuevo dirección al mostrador y escucho “¡cuidado, no lo pises!”. Miro hacia el suelo y veo el yogur en cuestión derramado por todos lados. Consigo no pisarlo a pesar de que empiezo a estar descolocada. 

Cuando me doy cuenta, tras el impacto del olor y el aviso-susto para que no pise eso, veo que hay algo de cola. Empiezo a estar demasiado bloqueada como para tomar decisiones. Me aguanto y espero en la cola a pesar de tener unas ganas locas de huir corriendo a algún sitio apartado y convertirme en un ovillo.

Es mi turno. El señor que está en el mostrador de al lado habla fuerte y deprisa. Ahora sí: me bloqueo. El olor, el susto, el ruido… 
La farmacéutica me dice algo y soy incapaz de entenderla, porque sólo puedo estar pendiente de ese olor y de esa voz. No soy capaz de escuchar su voz, es como un ruido de fondo… y el hecho de llevar mascarilla no ayuda. 
Puedo intuir que me están preguntando qué quiero o algo similar y cuando voy a decirlo… se me olvida completamente lo que necesito.
Estoy allí paralizada, confundida y molesta conmigo. Necesito irme, me he bloqueado. Compro una tontería que seguramente no necesito y me voy.

Llego a casa y tengo ganas de llorar. Estoy enfadada. Me enfado por ser así.
Yo no reniego de mi condición como persona autista, pero confieso que a veces desearía con todas mis fuerzas ser como los demás para no tener que estar perdonándome por ser «diferente» y por no tener reacciones, al recibir ciertos estímulos, que no me permiten pasar un día tranquilo. Porque estar continuamente adaptándote es AGOTADOR.

Por cierto, al terminar supe que el que había derramado el yogur en la farmacia era el mismo que hablaba fuerte. Así que me reafirmo en que ese señor era una bomba de relojería para mi estabilidad sensorial. 

Mi día a día en el espectro

Camuflando el colapso

Es un martes cualquiera. Suena el despertador y, a pesar de estar muerta de sueño por haber dormido poco y mal, como siempre, me levanto. Todo está bien, mis rutinas también. 

Llego al trabajo. Me cuesta concentrarme porque hay muchos frentes abiertos con los que me cuesta priorizar y centrarme. Pero esto también forma parte de mi día a día. Nada fuera de lo planificado.

A media mañana van surgiendo más distractores e imprevistos de los que tenía planeados. Me interrumpen mil veces y me está costando la vida conseguir terminar algunas de las tareas que tenía planificadas. Mi autoexigencia no está nada satisfecha con mi rendimiento hoy.

Estoy llegando al mediodía, y necesito cerrar las cortinas para tapar la luz que entra por la ventana; me está molestando la luz. Bajo el volumen de la música y tecleo más suave, porque me molesta el ruido que hago yo misma al escribir. Me molesta también el sonido del aspirador que están pasando en otra planta y la voz de una persona que está hablando en la calle. Me tapo los oídos y hago presión con mis manos en la barbilla.

Me doy cuenta de que llevo un rato haciendo ese ruidito “tic” con la garganta y me ahoga la mascarilla. Pero la sigo llevando porque sino me angustiaría incumplir las normas. 

Me duele la mandíbula de tanto apretar los dientes. ¡Oh no! me he olvidado las férulas en casa. Hoy no tenía previsto esto.
Me siento destemplada, tengo las manos y los pies helados. 

A los pocos minutos empieza el dolor de cabeza, ese maldito dolor de cabeza, y veo borroso a ratos.  

Tengo ganas de llorar. No lo puedo hacer. Tengo que pasar esta tormenta como sea. Sé que todo lo que pueda hacer y “solucionar” ahora, será un parche para que la explosión sea mucho mayor al llegar a casa. Pero ahora simplemente no puedo parar e irme a casa. 

Escucho un pajarito y lo observo por la ventana mientras presiono un objeto antiestrés (y lo muerdo fuerte, sí). El pajarito consigue que me distraiga y salga de este espiral que me estaba dejando sin energía.

Me vuelven a interrumpir. Era previsible y normal. Pero he conseguido regularme un poco y puedo seguir un rato más. 

A mediodía salgo y ando 3km antes de llegar a casa para comer (si me acuerdo), ya que me queda mucho día y muchas interacciones que deberé llevar a cabo sí o sí. Necesito liberar esta angustia que me está dejando sin energía.

Por fin termina el día. He podido acabar todo lo imprescindible que tenía que hacer. El resto no he podido. Estoy agotada y me duele mucho la cabeza. Al rato de estar en casa me doy cuenta de que sigo con la sonrisa social puesta. Me la quito.


El día siguiente me despierto con dolor muscular (agujetas) por todo el cuerpo, algo de dolor de cabeza y los ojos muy secos. 

Esto no me ocurre cada día pero sí con cierta frecuencia. Nadie se da cuenta si estoy camuflando el colapso. Sigo enmascarando.

Camuflando el colapso autista

Patrón de bajo registro en mi día a día

Sigo contando algunos ejemplos sobre lo que voy descubriendo de mi patrón de bajo registro (leer artículo anterior aquí) en mi perfil sensorial.
Hoy voy a escribir sobre cómo se ve afectado mi día a día.

ROPA Y COMPLEMENTOS
Con todo este proceso de autoconocimiento he descubierto que me gusta más la ropa y calzado que pesen, que la ropa ligera. Me siento más segura y menos torpe. Los mismo con los zapatos.
Para estar en casa me gusta la ropa ancha pero que pese igualmente.
Y para salir a la calle suelo ir con ropa más bien ajustada en las piernas (pitillos o leggins) y en el torso (tipo camisetas de tirantes) siempre con cosas anchas por encima, claro. Es algo curioso, ya que me siento más cómoda así en la calle, pero cuando llego a casa necesito «descomprimir».
Me incomoda llevar bolsos que no pesen. Vamos, que mis bolsos pesan un montón y al pensarlo me he dado cuenta de que siempre me han hecho comentarios tipo “¿llevas un ladrillo en el bolso?” o “¿cómo no te van a doler las cervicales con tanto peso?”. 
Me gusta cargar con bolsas pesadas del supermercado.
Hace unos meses hablé sobre el tema de dormir tapada aquí. Creo que algo tiene que ver también.

EN EL TRABAJO 
Siempre me han dicho que tecleo muy fuerte y creo que tienen razón. Sobre todo tras darme cuenta de que “casualmente” siempre dejan de funcionar algunas letras de los teclados de mis ordenadores.
Por otro lado, a veces me preguntan si estoy enfadada porque cierro los cajones a golpes. Y no, no estoy enfadada ni me había dado cuenta de los mamporros que voy dando.
Lo curioso es que el ruido  tanto con los teclados como los cajones normalmente no me molesta si lo hago yo y no lo soporto si lo hacen los demás.

Y tanto en casa como en el trabajo, soy la reina de los moretones que aparecen sin saber cómo me los he hecho y, a la vez, puedo golpearme 1000 veces con la misma esquina de la misma mesa.  

Hasta aquí algunos ejemplos más de estas pequeñas cosas que me hacen NeuroDivina 😉

patron bajo registro perfil sensorial

Cosas que me cuestan: aprender a decir no y poner límites.

Con los años he entendido lo importante que es aprender a decir que no y a poner límites.
Imagino que es un aprendizaje muy común, para cualquier persona, y a priori no debería ser algo que me hiciera parecer, o ser, muy diferente a la mayoría de personas.
Mi mayor problema es que a pesar de ir aprendiendo que esto debe ser así, no he tenido herramientas suficientes para saber cómo hacerlo ni en qué momento. 

Siento que al estar tantos años viviendo con una máscara social para intentar encajar en el mundo, es difícil saber dónde y cuándo poner los límites. Porque uno de los objetivos de esta máscara era (a veces todavía es) gustar, agradar o complacer; y, si le mezclas el hecho de no entender el porqué de cómo te sientes y de cómo funciona el mundo, es muy difícil poner los límites dónde y cuándo tocaría. O decir un no a tiempo. 

Yo creo que una de las herramientas más poderosas que me podrían haber dado con un diagnóstico precoz, hubiera sido el saber cuándo y cómo poner límites. 

Porque cuando enmascaras, o camuflas, como ya comenté, algunos de los daños colaterales son los de desvirtuar tu propia identidad y dejar tu autoestima por los suelos.
Y esto es muy peligroso en cuanto a saber decir que no y a poner límites, porque puede convertirte en un ser muy vulnerable en muchas (demasiadas) situaciones.

Para explicarlo de manera resumida y clara: es tan importante el querer complacer a los demás, que parece que “todo vale”. Y esto hace que te olvides de ti, que dejes de quererte y de respetarte. 

Reconstrucción modo on 🙂

poner límites en el autismo