Sobrecarga en Correos

¡Horror! Recibo un SMS notificando que me ha llegado una carta que llevaba tiempo esperando. Tengo que ir a buscarla a Correos sí o sí.
Me enfado porque no me entregaron la carta en mano y en la llamada para quejarme descubro que me lo intentaron entregar en persona en una dirección antigua. 

Para variar, en el último cambio de domicilio no hice las gestiones para actualizar la dirección.
Tengo un don para postergar o, directamente, no hacer algunas gestiones.  

Tras varios días aplazando la gestión, me doy cuenta de que se me está terminando el plazo para recoger la carta y es muy importante que lo haga. 

Es una gestión fácil que hasta ahora tenía bastante bien incorporada, pero tras el inicio de la pandemia todo ha cambiado. Voy a ir a un sitio donde lo tenía todo controlado y ahora no sé cómo funciona. Parece una tontería, pero no lo es.
Cabe recordar que yo me anticipo absolutamente todo y estoy yendo sin saber cómo funciona ahora el circuito para recoger una carta. 

Voy para allá y veo que hay cola en la calle, para entrar a las instalaciones de Correos. Paso de largo y decido hacer otra cosa antes.
Repito esto mismo 3 veces, hasta que consigo convencerme y ponerme en la cola. 

Observo, analizo y voy viendo el funcionamiento. Todo está aparentemente controlado. Hay una persona que da los números en la puerta y da acceso para cumplir con el aforo establecido. Esto me calma. Así que sigo con mis auriculares y mis balanceos en la cola hasta llegar a la puerta.  

Me dan mi número y me dicen dónde debo esperar. De momento puedo aguantar bien. 

En la ventanilla que me toca a mí no avanza la cola; y cada vez hay más gente ahí dentro. Empiezo a notar ansiedad, mucha ansiedad.
La mascarilla, el ruido, la gente, la falta de previsión, el incumplimiento de las normas… Estoy entrando en bloqueo. 

Me siento mal, quiero irme, pero a la vez necesito hacer la gestión. 

La cosa se desmadra y veo que algunas personas se están colando, cosa que me supera, pero estoy tan bloqueada que no me salen ni las palabras para decir nada a nadie. Sólo puedo y quiero balancearme e intentar centrarme en la música de los auriculares. Así que sigo esperando ahí sentada, con un fidget anti estrés en las manos. 

Me toca el turno, por fin, y… no puedo recoger la carta porque no leí bien la notificación de Correos. Me faltaba un documento que tenía que aportar. No intento convencer a la trabajadora porque simplemente necesito salir de allí corriendo. Estoy frustrada, enfadada (conmigo), disgustada y avergonzada.

Estaba tan obsesionada con el hecho de tener que ir allí que ni siquiera me fijé bien en lo que ponía en la notificación. Y no es la primera vez que me pasa… ni fue la última.

Llego a casa y estallo a llorar muy enfadada conmigo. Una vez más me digo cosas muy feas. Gracias a ser más consciente de mi condición, freno, rectifico y me perdono. Me repito una y otra vez la promesa que hice de dejar de maltratarme.   

Me calmo y entro en estado de agotamiento, con hipersensibilidad en las extremidades.
El día siguiente me despierto agotada, con dolor de cabeza, más hipersensibilidad acústica de la normal, sin ganas de sonreír ni de hablar y, ni mucho menos, de ver a nadie. Tardé mas de 24h horas en superar este shutdown.

Esto fue en diciembre 2020.

Me llega una notificación y tengo que ir a Correos a buscar una carta. Tengo un don para postergar, o no hacer, algunas gestiones.  
Autismo y burocracia en Correos

Automatizando respuestas

Si analizo mis interacciones sociales habituales, como ir a comprar, me doy cuenta de que las paso automatizando respuestas. 

Para empezar a escribir sobre esto, diría que, dejando de lado los diagnósticos y etiquetas, esto es algo que hacemos todos. 

Al fin y al cabo, vivimos en una sociedad donde hay unas normas que hacen que de una manera u otra todos tengamos unas respuestas automatizadas (gracias – de nada, estornudo – ¡salud!, disculpa – dime…).

En mi caso, al funcionar por patrones y ensayando las interacciones sociales hasta el más mínimo detalle, tengo las respuestas, para cada ocasión, muy interiorizadas y preparadas. 


El problema es que a veces suelto respuestas de manera automática en situaciones como: 

  • En un restaurante, el camarero me dice “su plato, que aproveche” y le contesto un “gracias, igualmente” 
  • O digo “gracias – de nada – adiós” del tirón porque he entrado en bloqueo y me quiero ir de una tienda.
  • Si alguien estornuda 10 veces seguidas, diré “salud” 10 veces seguidas tras cada estornudo. 
  • Si la conversación se desvía hacia una variable que no tenía prevista, puedo soltar un “gracias” o un “perdón” sin venir a cuento, así por decir algo.
  • Si tropiezo o me golpean sin querer pido perdón (¿por estar allí?)
  • Cuando no estoy segura de estar entendiendo una conversación, me sale el “perdón” automático.

Pero lo del perdón ya es otro tema que creo podría vincular a la falta de autoestima que te deja un diagnóstico tardío. Siempre he tenido la sensación de pedir perdón hasta por respirar. Y esto es agotador y desgastante. 

Perdida en la noción del tiempo

Como ya comenté hace unos meses por aquí, vivo buscando la noción del tiempo. 

Voy a intentar ser lo menos caótica posible para explicar mis problemas con la gestión y la noción del tiempo.

AÑOS
A veces hablo de cosas de hace 20 años como si fuera ayer y otras veces hablo de lo que pasó hace un mes como si hubiera pasado hace una vida entera.
Pero eso podría ser porque hace 20 años se me quedó algo en bucle y sigo ahí dale que te pego. Para esos casos me puedo acordar de la fecha, la hora y todos los detalles posibles.
Y, en cambio, lo que ocurrió hace un mes igual no me generó interés y mi cabezota lo ha archivado en “preparado para olvidar”, aunque fuera algo “importante”. 
Por cierto, durante 3 años tuve la misma edad y no por querer restar años. No sé el porqué. 

ESTACIONES Y MESES
Suelo tener dificultad en saber si vamos hacia el calor o hacia el frío. Es algo que me pasa casi a diario por las mañanas.
Por suerte suelo acordarme de los meses y esto me ayuda a ubicarme cada mañana. 

DÍAS DE LA SEMANA
Y aquí llega el quid de la cuestión.
Llevo unos meses que se me olvida que existen los miércoles. Aunque me ponga avisos, aunque mire la agenda, aunque ponga post-its por todos lados. Se me olvida y me lo tengo que estar recordando continuamente.
El miércoles por la mañana creo que es martes y el miércoles por la tarde creo que ya es jueves.
Por culpa de esto me he perdido reuniones importantes, citas en médicos… y así un largo etcétera. 

HORAS
Me cuesta mucho calcular el tiempo que tardaré en hacer una tarea.
Siempre pienso que será un momento y sin darme cuenta han pasado 2 horas.
Aquí entrarían también mis intereses restringidos. Y es que cuando estoy haciendo algo que me resulta apasionante, como tocar el piano o escribir, pierdo la noción del tiempo y puedo olvidarme de comer, de beber (eso siempre), de dormir… y de que existe un mundo más allá de lo que estoy haciendo.
Esto sólo me ocurre sobre todo cuando estoy sola. Y con los años he aprendido a ponerme alarmas para limitar estos tiempos. 

La gestión del tiempo y la planificación creo que están en las primeras posiciones en mi ranking de dificultades.

Noción del tiempo y autismo

Bloqueo en la farmacia

Un día cualquiera, de camino a casa, me acuerdo de que tengo que comprar una cosa en la farmacia.
Aprovecho que paso por delante de una de las 3 farmacias a las que suelo ir y entro sin pensármelo; y sin mirar desde fuera si hay más gente. Esos días en que estoy “venida arriba y puedo con todo”. 

Normalmente me gusta cómo huelen las farmacias, por lo menos a las que voy yo, porque huelen a una mezcla de nada y de limpio. 

Entro a la farmacia y me quedo paralizada… ¡puajsss huele a yogur líquido infantil, de fresa!
Paro la música de los auriculares, arranco de nuevo dirección al mostrador y escucho “¡cuidado, no lo pises!”. Miro hacia el suelo y veo el yogur en cuestión derramado por todos lados. Consigo no pisarlo a pesar de que empiezo a estar descolocada. 

Cuando me doy cuenta, tras el impacto del olor y el aviso-susto para que no pise eso, veo que hay algo de cola. Empiezo a estar demasiado bloqueada como para tomar decisiones. Me aguanto y espero en la cola a pesar de tener unas ganas locas de huir corriendo a algún sitio apartado y convertirme en un ovillo.

Es mi turno. El señor que está en el mostrador de al lado habla fuerte y deprisa. Ahora sí: me bloqueo. El olor, el susto, el ruido… 
La farmacéutica me dice algo y soy incapaz de entenderla, porque sólo puedo estar pendiente de ese olor y de esa voz. No soy capaz de escuchar su voz, es como un ruido de fondo… y el hecho de llevar mascarilla no ayuda. 
Puedo intuir que me están preguntando qué quiero o algo similar y cuando voy a decirlo… se me olvida completamente lo que necesito.
Estoy allí paralizada, confundida y molesta conmigo. Necesito irme, me he bloqueado. Compro una tontería que seguramente no necesito y me voy.

Llego a casa y tengo ganas de llorar. Estoy enfadada. Me enfado por ser así.
Yo no reniego de mi condición como persona autista, pero confieso que a veces desearía con todas mis fuerzas ser como los demás para no tener que estar perdonándome por ser «diferente» y por no tener reacciones, al recibir ciertos estímulos, que no me permiten pasar un día tranquilo. Porque estar continuamente adaptándote es AGOTADOR.

Por cierto, al terminar supe que el que había derramado el yogur en la farmacia era el mismo que hablaba fuerte. Así que me reafirmo en que ese señor era una bomba de relojería para mi estabilidad sensorial. 

Mi día a día en el espectro

Camuflando el colapso

Es un martes cualquiera. Suena el despertador y, a pesar de estar muerta de sueño por haber dormido poco y mal, como siempre, me levanto. Todo está bien, mis rutinas también. 

Llego al trabajo. Me cuesta concentrarme porque hay muchos frentes abiertos con los que me cuesta priorizar y centrarme. Pero esto también forma parte de mi día a día. Nada fuera de lo planificado.

A media mañana van surgiendo más distractores e imprevistos de los que tenía planeados. Me interrumpen mil veces y me está costando la vida conseguir terminar algunas de las tareas que tenía planificadas. Mi autoexigencia no está nada satisfecha con mi rendimiento hoy.

Estoy llegando al mediodía, y necesito cerrar las cortinas para tapar la luz que entra por la ventana; me está molestando la luz. Bajo el volumen de la música y tecleo más suave, porque me molesta el ruido que hago yo misma al escribir. Me molesta también el sonido del aspirador que están pasando en otra planta y la voz de una persona que está hablando en la calle. Me tapo los oídos y hago presión con mis manos en la barbilla.

Me doy cuenta de que llevo un rato haciendo ese ruidito “tic” con la garganta y me ahoga la mascarilla. Pero la sigo llevando porque sino me angustiaría incumplir las normas. 

Me duele la mandíbula de tanto apretar los dientes. ¡Oh no! me he olvidado las férulas en casa. Hoy no tenía previsto esto.
Me siento destemplada, tengo las manos y los pies helados. 

A los pocos minutos empieza el dolor de cabeza, ese maldito dolor de cabeza, y veo borroso a ratos.  

Tengo ganas de llorar. No lo puedo hacer. Tengo que pasar esta tormenta como sea. Sé que todo lo que pueda hacer y “solucionar” ahora, será un parche para que la explosión sea mucho mayor al llegar a casa. Pero ahora simplemente no puedo parar e irme a casa. 

Escucho un pajarito y lo observo por la ventana mientras presiono un objeto antiestrés (y lo muerdo fuerte, sí). El pajarito consigue que me distraiga y salga de este espiral que me estaba dejando sin energía.

Me vuelven a interrumpir. Era previsible y normal. Pero he conseguido regularme un poco y puedo seguir un rato más. 

A mediodía salgo y ando 3km antes de llegar a casa para comer (si me acuerdo), ya que me queda mucho día y muchas interacciones que deberé llevar a cabo sí o sí. Necesito liberar esta angustia que me está dejando sin energía.

Por fin termina el día. He podido acabar todo lo imprescindible que tenía que hacer. El resto no he podido. Estoy agotada y me duele mucho la cabeza. Al rato de estar en casa me doy cuenta de que sigo con la sonrisa social puesta. Me la quito.


El día siguiente me despierto con dolor muscular (agujetas) por todo el cuerpo, algo de dolor de cabeza y los ojos muy secos. 

Esto no me ocurre cada día pero sí con cierta frecuencia. Nadie se da cuenta si estoy camuflando el colapso. Sigo enmascarando.

Camuflando el colapso autista

Patrón de bajo registro en mi día a día

Sigo contando algunos ejemplos sobre lo que voy descubriendo de mi patrón de bajo registro (leer artículo anterior aquí) en mi perfil sensorial.
Hoy voy a escribir sobre cómo se ve afectado mi día a día.

ROPA Y COMPLEMENTOS
Con todo este proceso de autoconocimiento he descubierto que me gusta más la ropa y calzado que pesen, que la ropa ligera. Me siento más segura y menos torpe. Los mismo con los zapatos.
Para estar en casa me gusta la ropa ancha pero que pese igualmente.
Y para salir a la calle suelo ir con ropa más bien ajustada en las piernas (pitillos o leggins) y en el torso (tipo camisetas de tirantes) siempre con cosas anchas por encima, claro. Es algo curioso, ya que me siento más cómoda así en la calle, pero cuando llego a casa necesito «descomprimir».
Me incomoda llevar bolsos que no pesen. Vamos, que mis bolsos pesan un montón y al pensarlo me he dado cuenta de que siempre me han hecho comentarios tipo “¿llevas un ladrillo en el bolso?” o “¿cómo no te van a doler las cervicales con tanto peso?”. 
Me gusta cargar con bolsas pesadas del supermercado.
Hace unos meses hablé sobre el tema de dormir tapada aquí. Creo que algo tiene que ver también.

EN EL TRABAJO 
Siempre me han dicho que tecleo muy fuerte y creo que tienen razón. Sobre todo tras darme cuenta de que “casualmente” siempre dejan de funcionar algunas letras de los teclados de mis ordenadores.
Por otro lado, a veces me preguntan si estoy enfadada porque cierro los cajones a golpes. Y no, no estoy enfadada ni me había dado cuenta de los mamporros que voy dando.
Lo curioso es que el ruido  tanto con los teclados como los cajones normalmente no me molesta si lo hago yo y no lo soporto si lo hacen los demás.

Y tanto en casa como en el trabajo, soy la reina de los moretones que aparecen sin saber cómo me los he hecho y, a la vez, puedo golpearme 1000 veces con la misma esquina de la misma mesa.  

Hasta aquí algunos ejemplos más de estas pequeñas cosas que me hacen NeuroDivina 😉

patron bajo registro perfil sensorial

Cosas que me cuestan: aprender a decir no y poner límites.

Con los años he entendido lo importante que es aprender a decir que no y a poner límites.
Imagino que es un aprendizaje muy común, para cualquier persona, y a priori no debería ser algo que me hiciera parecer, o ser, muy diferente a la mayoría de personas.
Mi mayor problema es que a pesar de ir aprendiendo que esto debe ser así, no he tenido herramientas suficientes para saber cómo hacerlo ni en qué momento. 

Siento que al estar tantos años viviendo con una máscara social para intentar encajar en el mundo, es difícil saber dónde y cuándo poner los límites. Porque uno de los objetivos de esta máscara era (a veces todavía es) gustar, agradar o complacer; y, si le mezclas el hecho de no entender el porqué de cómo te sientes y de cómo funciona el mundo, es muy difícil poner los límites dónde y cuándo tocaría. O decir un no a tiempo. 

Yo creo que una de las herramientas más poderosas que me podrían haber dado con un diagnóstico precoz, hubiera sido el saber cuándo y cómo poner límites. 

Porque cuando enmascaras, o camuflas, como ya comenté, algunos de los daños colaterales son los de desvirtuar tu propia identidad y dejar tu autoestima por los suelos.
Y esto es muy peligroso en cuanto a saber decir que no y a poner límites, porque puede convertirte en un ser muy vulnerable en muchas (demasiadas) situaciones.

Para explicarlo de manera resumida y clara: es tan importante el querer complacer a los demás, que parece que “todo vale”. Y esto hace que te olvides de ti, que dejes de quererte y de respetarte. 

Reconstrucción modo on 🙂

poner límites en el autismo

Reflexión breve sobre la literalidad

Quiero hacer una pequeña reflexión tras el maravilloso directo que tuve el placer de compartir ayer con Celia sobre alimentación y en el que también abordamos, con el humor que nos caracteriza a ambas, el tema de la literalidad en el espectro del autismo. 
Podéis ver aquí el fragmento al que me refiero

La literalidad autista, o esta manera tan literal que tengo de interpretar las palabras, puede dar pie a anécdotas graciosas, siempre y cuando sean graciosas para mí misma. Repito, siempre y cuando a mí sea la primera a quien le parezca gracioso. 

Vivir con esta literalidad también puede significar cosas como por ejemplo: 

  • Se pueden reír de mí sin que yo sepa el porqué. Sugiero que por lo menos me lo cuenten, a poder ser sin tono de “pareces tonta”. Por mi parte llevo fatal el sentido del ridículo y a lo que me refiero aquí es a la maldita burla de lo que es “diferente”.  
  • Puede afectar mucho en las interacciones sociales. Desde una interacción en el supermercado, hasta con un grupo de amigos. 
  • Acostumbra a ser devastador en las relaciones de pareja o intentos.    

Algunos ejemplos prácticos: 

  • Si alguien me dice me “me gustas” yo interpretaré que le gusto. Así que si es un “me gustas” del estilo quedabién con otro significado detrás… No lo voy a entender. Y lo mismo al revés con un «no me gustas».
  • Si me dicen “no quiero ir” con la intención de que yo insista en decirle que venga… Es posible que se enfade porque no voy a insistir. Y menos con lo poco que me gusta que me insistan a mí.
  • Cuando me preguntan, contesto lo que pienso (con educación).
  • Tomando algo, cuando alguien dice la última copa, es la última en mi cabeza. No es la vigésimo tercera antepenúltima como suele pasar.
  • Y, sí, la primera vez que me ofrecieron cecina de León, pensaba que era de león (animal).

Estas pequeñas cosas se van acumulando y van haciendo mella en más y más confusión y baja autoestima. 

Supongo que la literalidad en el espectro del autismo es uno de los componentes de la ingenuidad que nos hace tan vulnerables en muchas situaciones. Insisto: seamos todos más literales, con menos dobles (y triples) sentidos. Y que nunca nos falte nunca el humor sano.

Hasta aquí una mini reflexión para no restar importancia ni invisibilizar los efectos de algo que va más allá de momentos tan maravillosos y divertidos como los de ayer. 

Cosas que me cuestan: terminar las conversaciones

Sigo con cositas con las que creo que tengo que mejorar. Hoy voy a hablar sobre terminar las conversaciones. 
No me refiero a cuando hablo de un interés restringido y no hay quien me pare cual kamikaze cuesta abajo sin freno.
Hablo de, por ejemplo, una reunión de trabajo, una conversación en la calle, un café rápido, una llamada telefónica (suponiendo que la atienda), una entrevista… A continuación describo algunos ejemplos.

Puedo ser muy seca cuando:

  • Desconecto, ya sea porque no me interesa la conversación o porque tengo la cabeza en algo que monopoliza todo mi interés, y doy por finalizada la conversación sin que hubiera terminado la otra persona. 
  • En una reunión de trabajo cuando ya ha terminado el tema por el que habíamos quedado y la otra persona empieza a hablar de otras mil cosas que no vienen al caso. Recordemos que yo planifico y preparo al detalle mis intervenciones “sociales” y es posible que en ese momento mi cupo de socialización está al máximo.

Puedo no parar a tiempo cuando: 

  • No me doy cuenta de que la otra persona está intentando finalizar la conversación.
  • Me doy cuenta (sí, lo reconozco, lo detecto a veces) que la otra persona intenta finalizar la conversación y yo no paro de hablar hasta que digo todo lo que tenía planificado. 
  • Interrumpo demasiado (es una crítica hacia mí que me han dicho muchas veces) y/o cambio de tema. Salto un tema a otro (os diré que esto es buena señal porque sino sería la opción de silencio total por desconexión).  

Puedo crear silencios incómodos cuando:

  • No estoy segura de si ha terminado una conversación y de si la otra persona está esperando que responda a algo (preguntas retóricas). 
  • Me sueltan demasiada información interesante en pocas palabras y la estoy procesando. Supongo que este momento, para muchos, se considera que “estoy en mi mundo”. 

Y luego están las “cosas cariñosas” como el clásico “cuelga tú, no venga, tú, no, tú…” y así me pueden dar las uvas por no querer “hacer sentir mal a la otra persona si cuelgo”. A no ser que tenga muchas ganas de hacer algo de mi interés. Entonces aguantaré un “cuelga tú” por postureo social y colgaré sin dar pie al “no, tú”.

En general me suelen decir mucho eso de “no escuchas”. En mi defensa diré que muchas veces es sin querer. Y en mi autocrítica digo que sí, que otras veces es queriendo.   

Siento si alguna vez os he molestado con mis maneras de terminar las conversaciones. Los que me conocen ya saben que forman parte de mi encanto 😉
Lo mejor es decírmelo al momento en lugar de enfadarse por ello. Con la primera opción ganamos las dos partes. Con la segunda, posiblemente os enfadéis y yo ni me entere.  

Siguiente cosa que me cuesta: los halagos.

finalizar una conversación

Cosas que me cuestan: cumplidos y halagos

Hay cosas que reconozco que me cuestan, ahora y siempre. Como, por ejemplo, el hecho de recibir y corresponder los piropos, cumplidos, halagos… vamos, cuando me dicen cosas positivas.
(Las críticas y cosas negativas vendrán en otro capítulo). 

Voy a describir algunas situaciones:

Mi reacción tras recibir un halago o piropo
1- Respuesta automatizada = gracias + sonrisa levantando las cejas (y evitar la crítica auto destructiva hacia, tal y como trabajamos en terapia). 
2- Bloqueo (mientras estoy roja como un tomate maduro).
3- Pienso =  intento saber si lo que me está diciendo la otra persona es un “quedabién” o si lo cree de verdad. Muchas veces no acierto, pero nunca está de más intentarlo.  
4- Si la persona sigue ahí, intento detectar si debería (o está esperando a que lo haga) contestar con otro halago.
En cualquier caso se me notará que estoy nerviosa.
IMPORTANTE: no dejes de hacerlo; después me pongo muy contenta cuando analizo la conversación.

Cuando tengo (y no quiero) que contestar con otro halago
Lo más probable es que no lo haga porque no creo que deba hacerlo. A mí me gusta decir (o escribir) las cosas cuando me salen de verdad.
Pero cuando veo que no hay otra opción, mi intento de corresponder puede ser peor que el silencio incómodo. Y es más fácil que yo responda con una crítica hacia mí que con un piropo hacia la otra persona.
Si lo que tengo que decir es un “quedabién social”… apaga y vámonos porque se me escapa la risa, miro hacia otro lado… es imposible. Se me nota tanto, que a veces sin querer los digo con entonación de pregunta. 

Cuando sí quiero corresponder al cumplido
Si me dicen algo que me llega al corazón y es sincero, es posible que me quede callada, o conteste seria, con media sonrisa; haciendo que la otra persona perciba que no me ha gustado o que me da igual. 
Para intentar arreglarlo, hace un tiempo que digo cosas como “perdona si no lo parece, pero me siento muy halagada y me ha hecho mucha ilusión lo que me has dicho. Lo que pasa es que lo llevo por dentro” (¡y es así!). 
Y lo mismo me pasa con los regalos. 
Si tengo mucha confianza con la otra persona, es posible que tenga la reacción inversa y empiece a chillar, saltar, aplaudir… ¡despliegue a lo grande!

De mi hacia otra persona
Cuando soy yo la que siento que quiero decir algo bonito a alguien, sin que me haya dicho antes esa persona, es posible que sólo lo consiga por escrito. 
Llamadme cobarde, no lo sé. Es mi manera de comunicarme. Cuando es de palabra, si me pongo nerviosa, empiezo a decir tonterías y a meterme en jardines sin salida
Aunque es verdad que con los años lo he trabajado bastante y voy mejorando con quien tengo confianza.