Apagón tras implementar nuevas rutinas

Este fin de semana me ha tocado recuperarme del apagón (shutdown) tras implementar nuevas rutinas en mi vida diaria. 

Septiembre puede ser un mes complicado para gran parte de la población, porque se termina el periodo vacacional de verano y nos toca volver a nuestras rutinas. 
Para mí suele ser complicado, pero este curso se da la peculiaridad que no vuelvo a mis rutinas sino que he tenido que incorporar nuevas rutinas tanto en lo laboral como familiar. Incluyendo un cambio importante que llevaba años temiendo y “futureando” en bucle. 

¿Cómo gestiono estas épocas?
Pues intento regularme continuamente para poder seguir con mi día a día y me pongo una fecha objetivo en la que sé que podré estar sola y me podré permitir “dejarme apagar del todo y recargar baterías”.
No siempre lo logro, claro. Porque no puedo elegir cuándo tengo energía y cuándo no, pero es verdad que he aprendido a funcionar por inercia en algunos momentos y cada vez me conozco mejor y me puedo ir regulando mejor.

Este fin de semana
Esta semana ha sido la primera con todas las nuevas rutinas en marcha, encima todas de golpe, y ha sido agotadora. Por este motivo ya tenía previsto pasar el fin de semana sola. Y esto estoy haciendo hoy, domingo, sola en casa y desde el viernes por la noche en silencio (sin hablar). 

A continuación describo paso a paso mi fin de semana: 

Viernes
Estaba más bien eufórica por haber conseguido superar esa semana que tanto temía y haber empezado mis clases de piano que tanto me gustan. Estaba aparentemente “bien” pero desde mi perspectiva algo pasada de vueltas y con shutdown a la vista.
¡Ojo! Esto no significa autosugestión, ya que a veces lo tengo previsto y no ocurre. Pero esta vez sí que ha ocurrido.

Sábado
Tras una noche inquieta y despertarme pronto, mi estado era el siguiente:
– Dolor de cabeza
– Físicamente agotada
– Sin apetito
– Ni triste ni contenta.
– Apretando los dientes y mandíbula en tensión.
– Cero memoria y muy despistada.
– Con la TV de fondo, o música, para no escuchar ruidos del exterior.
Estuve todo el día sola, tumbada en el sofá y sin verbalizar ni una palabra. 

Domingo
Mi estado actual:
– He dormido mejor
– Sigo agotada pero no tantísimo.
– Sin ganas de hablar pero sí de tararear algunas canciones.
– Tengo lagunas del día anterior.
– Aprieto un poco menos los dientes.
– Siento que va volviendo la energía y me estoy recuperando.
– Sé que a lo largo del día ya estaré bien. O, por lo menos, mucho mejor. 

Y hasta aquí llega el intento de crónica de mi fin de semana de apagón.

apagón tras implementar nuevas rutinas

La ducha como señal de alerta

Para mí la ducha es regulación, por el agua, y forma parte de mi rutina con un papel muy importante para activarme. A parte de que no soporto el olor a sudor y similares. 

En uno de mis primeros artículos ya hablé de la ducha y la hipersensibilidad. Escribí sobre la curiosidad de que me había dado cuenta de que algunos días me molestaba el agua de la ducha. La siento como si fueran agujas microscópicas. 

Para mí, sumergirme en el agua es algo totalmente regulador y diría que me activa. Sobre todo en el mar. Podría estar horas flotando en el mar mirando las nubes. 

En la ducha no es lo mismo, pero me activa y regula de tal manera, que allí es donde diría que se me han ocurrido, por ejemplo, las mejores publicaciones o soluciones a problemas del trabajo. Me pongo en «modo creativa».
De hecho, a veces pienso en posibles soluciones para tener una pizarra allí 😉  

Llevo unas semanas muy intensas. De hecho, Júlia, mi terapeuta ocupacional, en la sesión del jueves me comentó que intentara regular mucho estos días porque llevo mucho acumulado (tiene toda la razón).  

Esta mañana la ducha pinchaba un montón.
Hacía tiempo que no me pasaba.
Curiosamente estaba poco creativa desde ayer y en la ducha tampoco he tenido mucha sensación de activarme. Al revés, me ha agobiado la molestia de sentir el agua como agujas.
Al poco rato he empezado a tener dolor de cabeza y tengo que estar con las férulas porque me estoy reventando los dientes de tanto apretar. Además tolero poco (nada) los ruidos, el contacto físico… Estoy irritable y emocionalmente bastante fría (creo). Me molestan cosas como el movimiento, y el sonido del roce con la tela,  de otra persona en el sofá. Hoy no tengo ganas de llorar. Me siento más bien ausente, desconectada de todo. 

En fin, lo “bueno” es que he descubierto que cuando siento esos pinchazos en la ducha es una señal inequívoca de que estoy totalmente desregulada y tengo que encontrar las herramientas para revertir la situación o, por lo menos, poder llevarla mejor si no me puedo permitir quedarme encerrada sola en casa para recuperarme.

La ducha como regulación y rutina

Sobre regalos

Cuando me dan regalos, tanto reacciono cual unicornio desbocado, saltando, haciendo wiiiiiii y aleteando, como me quedo aparentemente impasible. Y no significa que me guste más una cosa que otra. 

Lo primero creo que sólo me ocurre cuando son regalos que yo esperaba, que sabía que me iban a hacer y que deseaba mucho. Casi seguro relacionado con un súper ultra mega interés (posiblemente nuevo).  O cuando estoy sola y no me ve nadie.

Mi reacción “natural” es quedarme unos minutos en pausa mirando qué es, sin dolor de cara por forzar una sonrisa. Porque seguramente es algo que no me esperaba, sin anticipación, y quiero analizarlo y saber qué es. 
Aunque sea algo que para todo el mundo “es brutal”, yo necesito mi ratito para saber qué es e imaginarlo en mi vida. No es broma, en unos minutos visualizo un peli entera con ese objeto. 

Durante muchos años intenté reaccionar como creía que esperaban los demás, pero sinceramente se me daba fatal esa actuación y creo que entonces sí que parecía que no me gustara el regalo. 
Desde hace un tiempo (poco antes del diagnóstico también) lo que hago es explicar que sí que me gusta pero que yo reacciono así, y punto. No se lo suelen creer si no me conocen bien. 

¡Ah! Todo esto no significa que no me gusten los regalos. Me encantan. Aunque es cierto que no suelo tener muchos 😉 

Por otro lado, si añadimos que no me gusta dar besos ni tener contacto físico en general, pues no sólo voy a ser una desagradecida sino que encima seré una maleducada. 
Por mi parte prefiero mostrarme como soy aunque el precio sean esas etiquetas. 

Y hasta aquí un pequeño avance de la reflexión caótica que estoy escribiendo sobre emociones, empatía y reacciones. 

regalos y autismo

En la peluquería

Ir a la peluquería es algo que llevo haciendo toda mi vida pero nunca me había detenido a pensar en la cantidad de estímulos que hay allí y el desgaste que supone. 

Ir a la peluquería normalmente me suponía:

  • Ruido (secadores, voces, risas estridentes, timbres, teléfonos) 
  • Olores
  • Luces
  • Conversaciones “sociales”
  • Esperas. 
  • Tener que tomar decisiones
  • Saber decir NO a tratamientos que te intentan vender (eso me generaba mucha angustia porque me sentía mala persona). 
  • Que te toquen la cabeza. Y muchas veces más de una persona. 

Con los años, sin darme cuenta, he ido adaptando esta actividad a mis necesidades. 
Es evidente que con tanto estímulo no podía ser una actividad en la que yo me relajara. Todo lo contrario, salía agotada. 

Normalmente escribo qué cosas se podrían hacer para mejorar mi experiencia. Hoy no.
Hoy voy a contar cómo es mi experiencia actual y ya aviso de que no es algo que sea fácil de conseguir, ¡pero tampoco imposible!

Hace unos años tuve la suerte de conocer a Anna y desde entonces mi experiencia con la peluquería fue cambiando porque tiene un don. De hecho, me relajo tanto, que no me molesta que ella me toque la cabeza. Al contrario, ella es la única persona que lo puede hacer. 

Qué cosas han cambiado: 

  • Estamos en un local pequeño las dos, sin otros clientes ni trabajadores. 
  • El día anterior me recuerda la cita y es flexible con mis despistes puntuales.
  • Si va con algo de retraso, me avisa antes de que yo salga para allá.
  • Sabe que nada de cambios en el pelo. Así que vamos siempre a “tiro hecho”. 
  • No me intenta vender nada. Tengo la total confianza de que todo lo que me haga o proponga es porque lo necesito. No me va a engañar.
  • Me pregunta si me molesta la música. 
  • Si un día no estoy charlatana, pues estamos en silencio y no pasa nada. 
  • ¡Ah! Me encanta enseñarle todos mis objetos para regularme. 

Y para muestra de lo maravillosa que es, os cuento lo que pasó hace unos días: 

La peluquería de Anna está en un barrio de Barcelona en el que se celebran las fiestas en agosto y están muy concurridas.
Normalmente voy andando, por el mismo trayecto exacto, literal. De hecho, una vez crucé una calle antes de lo “habitual” y le conté que tuve que parar porque por un momento me desorienté y no me acordaba a dónde estaba yendo.

Anna sabe que soy autista. Fue a una de las primeras personas que se lo conté. 

Pues bien, el día antes Anna me mandó un mensaje y me dijo que: 

  • Recordara que eran las fiestas del barrio (se me había olvidado). 
  • Me recomendaba ir por otra ruta en la que creía que encontraría menos gente (y me pasó la ruta exacta). 
  • Había mirado los horarios de festejos para comprobar que ese día y a esa hora no hubiesen petardos u otras actividades que pudiera encontrarme en mi camino. 
  • Antes de salir miró cómo estaba el panorama en la calle y me dio el visto bueno. 

Creo que no os va a sorprender si os digo que Anna también es autista. Lo es. 

Podríamos pensar que me lo hace tan fácil por esta conexión que tenemos algunas personas dentro del espectro, pero no creo que sea por eso.
Sé que no es algo solo conmigo. Anna nos cuida y mima a todos porque tiene una calidad humana digna de admirar. 

No aspiro a tanto en mi día a día en otros ámbitos, pero sólo con el primer punto, en el de recordarme que eran las fiestas, ya sería una gran ayuda para que yo me anticipara e hiciera los cambios necesarios en mi trayecto.

Esto es la reciprocidad, o adaptación recíproca, de la que tanto hablo y pido.

Por cierto, aquí ya hablé de ella hace unos meses.

peluquería y autismo

Gestión de situaciones difíciles.

A lo largo de la vida nos toca gestionar situaciones difíciles, como la muerte de un ser querido, que son complicadas para todos, con o sin diagnóstico. 

Hoy voy a hablar del caso en el que estoy viviendo, y sintiendo, el sufrimiento de una persona querida que ha perdido a alguien muy cercano. Que ha perdido una parte de él. 

En estas ocasiones suelo tener reacciones de las que no siempre me siento orgullosa. Pero los nervios e inseguridades me suelen jugar muy malas pasadas.

En mi caso tengo bastante claro cómo necesito gestionar estos momentos: con soledad y espacio. Sintiéndome acompañada (importante) en la distancia pero sin sentirme agobiada.
También sé que esto es lo que necesito yo, pero puede ser distinto para los demás.

Estos días estoy intentando gestionar una de estas situaciones difíciles. Así que voy a intentar ordenar las ideas y a explicarme mínimamente bien. 

Ha fallecido una persona joven, de manera repentina y absolutamente injusta. Esto es algo para lo que nadie está preparado. Yo, por lo menos, no. Por no hablar del bucle en el que estoy, con pensamientos intrusivos, desde que lo supe.

Esta pérdida la está sufriendo de manera muy profunda alguien importante en mi vida. Un amigo de los de verdad. De los que podría considerar como a un hermano. Y me duele profundamente verle mal.

En las situaciones difíciles a veces me muestro fría, ausente y distante. Esto es positivo, supongo, cuando se tiene que gestionar una situación in situ, como un accidente o similar. Pero en casos como el que me ocupa ahora, puedo parecer una insensible. Y esto me duele muchísimo.

A veces me siento rota de tristeza, pero me cuesta exteriorizarlo. Aunque por dentro no pueda casi ni respirar.

Por un lado soy muy hermética para mostrar mis sentimientos, y supongo que, por otro lado, está el hecho de que no me sale mostrar el afecto como se esperaría. Esto me genera mucha angustia y sentimiento de culpa. Porque lo último que querría es que la otra persona se sienta mal por mi manera de hacer las cosas. 

Por este mismo motivo, a veces puede pasar que me esfuerce tanto en querer compensar esta falta de expresividad con mensajes y preguntas desde la distancia…. Y sé que puedo ser agobiante cuando me pongo en modo “intensa” al no saber cómo mostrar que “estoy aquí para lo que necesites”.   

En el directo, que en estos casos suelen ser situaciones con mucha interacción social, suelo soltar comentarios poco afortunados o me dan ataques de risa inapropiados. Todo ello sin ninguna mala intención, sino más bien como consecuencia del alto nivel de estrés que me supone y la dificultad en gestionar mis emociones en ese momento. 

Así estoy, gestionando emociones como puedo.

gestionar y exteriorizar emociones

Viajar en avión

Viajar en avión es una de las cosas que menos me gustan. Tanto el mismo hecho de volar como toda la parte del aeropuerto. 

Partimos de la base de que tengo vértigo, así que por aquí ya empieza mi pesadilla. 
Me genera mucha ansiedad el hecho de no estar sujeta al suelo. 

Los días previos al viaje estoy irritable y con un nivel elevado de ansiedad. Los pensamientos intrusivos no me dejan casi ni dormir. 
Encima, tengo la mala costumbre de hacer la maleta a última hora (la reina de la postergación os saluda) y suelo olvidarme cosas importantes como la ropa interior o el cepillo de dientes. Y, a cambio, me llevo cosas absurdas que sé que no voy a usar. 

Y ya casi como un ritual-castigo, siempre me digo una y otra vez que “para el próximo viaje haré una lista y la prepararé con tiempo”. 

Cuando llega el día

Suelo llegar pronto al aeropuerto. Exageradamente pronto muchas veces. Pero me da tranquilidad dentro de mi estado de histeria. Al fin y al cabo es lo único que puedo medio controlar ese día. 

Una vez allí, todo va empeorando mi estado. Hay mucha gente, colas para facturar las maletas, colas para pasar el control… Sonidos continuos de avisos. 

Normalmente llego tan pronto que ni siquiera sale la puerta de embarque. Así que voy acumulando más incertidumbre para el saco. 
Y ya ni hablamos de si hay retrasos. 

Me tomo la medicación correspondiente para calmar un poco la ansiedad y sigo intentando controlar los pensamientos intrusivos. 

Me angustia no saber si se embarca con finger (bien) o con autobús (mal). 
Si tengo la mala suerte de que embarcamos con autobús, mi nivel de ansiedad se dispara. Gente que me roza, olores, ruidos, risas estridentes, conversaciones que me irritan… horror asegurado.

Si viajo acompañada, quien sea tiene que tener muuuuucha paciencia e intentar no darme demasiada conversación. Porque sé que puedo estallar en cualquier momento y ser poco simpática. 

Entro en el avión y ya paso de la histeria al pánico. Pero tranquilos, todo va por dentro y por fuera mantengo mi medio sonrisa (o un cuarto de sonrisa).
Según cruzo la puerta, analizo a toda la tripulación. Los pensamientos intrusivos empiezan a adueñarse totalmente de mí. 

Me siento y miro que esté todo en orden (como si supiera algo sobre aviones…). 
Cruzo los dedos (sentido figurado)para que las personas que tengo delante y detrás no se muevan mucho, porque sé que mis nervios pueden llevarme a pedirles de malas formas que se queden quietos. 

Antes de despegar sujeto varios objetos antiestrés en las manos y me aseguro de poner la música en los auriculares.
En alguna ocasión me han pedido que me los quite y les he explicado mi pánico. Normalmente han cedido. 
Si no puedo llevar la música puesta, escucho tantos ruidos diferentes que enloquezco. 

El avión se mueve y empiezo con las respiraciones y las estereotipias. En ese momento me importa bastante poco que las vean. Suficiente hago con  controlarme. 

Lo que más odio de todo es el despegue. Me aterroriza. 
Estoy todo el rato intentando ver la cara de la tripulación, si sale humo de los motores… y no dejo de pensar en la peor de las catástrofes y sus consecuencias. 
Sigo con las respiraciones mientras me caen lágrimas que no puedo evitar. 

Quien me conoce sabe que en ese momento lo único que necesito es que no me hablen y cuando les mire con horror, que me digan simplemente que todo está bien. Nada más. 

Si hago algo digno de reírnos, prefiero que nos riamos al llegar a tierra. 
Porque, no nos engañemos, he tenido momentazos de arrancar un reposabrazos del susto tras una turbulencia o de romper un reposapiés de tanto “frenar”.  Porque bruta lo soy un rato. 

Durante el vuelo, mientras todas las señales luminosas están apagadas, logro estar algo menos ansiosa. Pero no quito ojo a la tripulación ni a las alas y motores (si logro verlos). 
Si hay turbulencias, me dan los mil males. Me doy tales sustos que los de mi alrededor se asustan también. Lo siento. 

Los vuelos en los que menos miedo he pasado han sido los que el piloto ha ido explicando todo lo que iba pasando. Eso es maravilloso.
Aunque tengo que decir que con la tecnología que hay ahora en los aviones, me siento mucho mejor porque puedo ir viendo el trayecto y cuánto queda para llegar. 

El momento del aterrizaje me da miedo, pero no tanto como el despegue (y seguramente hasta es más peligroso) porque estamos llegando y eso me tranquiliza. 
Siempre, siempre, siempre me asusto cuando sacan las ruedas. Aunque sepa que son las ruedas, no hay vuelo en el que no me asuste con el ruido. ¡Deberían avisar!

Y confieso que no puedo evitar un “wiiiiiii” cuando tocamos tierra y me siento “a salvo”. 

Luego viene la parte de salir de allí, recoger maletas, etc. 
Para entonces ya me he relajado y empiezo el  viaje con un buen “resacón emocional”.

¿Cómo podría mejorar mi experiencia?

Como he dicho, con las nuevas tecnologías ha mejorado bastante mi experiencia en viajar en avión porque puedo ir controlando el trayecto. 

Supongo que si tuviera acceso rápido en las colas, me ayudaría a bajar la ansiedad, pero es algo que imagino que en mi caso me puedo aguantar si tengo que priorizar otras “adaptaciones”. 

Lo que más me ayudaría sería, una vez más, ANTICIPACIÓN para cosas como: 

  • Saber cómo será el acceso al avión. 
  • Opción de que me fueran explicando el porqué de algunos ruidos y turbulencias. O que, simplemente, me dijeran que “todo está bien”. 
  • Facilidad para poder sentarme en sitios que me generan menos ansiedad (por ejemplo, donde veo las alas y motores).

Por pedir que no quede

Y hasta aquí algo sobre mi experiencia en viajar en avión.

viajar en avión

En el gimnasio.

Tras varias semanas, o meses, mentalizándome, postergando y habiendo hecho un estudio de mercado minucioso, decido apuntarme a un gimnasio. 

Durante el proceso de selección he mirado cómo son las instalaciones, cómo huelen, qué ruido hay, a qué horas hay más afluencia, qué actividades ofrecen, etc. Y, obviamente, la parte económica ha jugado, lamentablemente, el rol más importante.

Para empezar me propongo ir un día a una actividad dirigida que haya hecho antes, en horario de mínima afluencia. Por lo menos sé más o menos a lo que voy y me quito esa parte de incertidumbre.

Llega el día y tengo mucha ansiedad. No quiero ir, pero a la vez sé que tengo que ir. 

He intentado convencer a alguna amiga para que me acompañe, pero por horarios no pueden. Voy sola. Me paso el día pensando sólo en eso.

Accedo a las instalaciones temblando, para variar (ironía).
Me tengo que cambiar de ropa en el gimnasio porque voy directamente desde el trabajo.
Odio los vestuarios y me dan bastante asco en general; aunque estén limpios (si están sucios, me voy, en sentido literal).
Además, llamadme recatada, pero a mí no me gusta pasearme desnuda, ni medio desnuda, y tampoco me gusta ver desnuda a gente que no conozco (y a la que conozco, tampoco, no nos engañaremos). Soy muy pudorosa.
Busco un sitio escondido en el vestuario para evitar que invadan mi espacio y no sentirme observada. Me cambio deprisa y evito cualquier conversación con nadie.

Estoy nerviosa y me siento fuera de lugar. Me siento una extraña en un sitio desconocido y no me gusta.

Llego a la sala de la clase (tras comprobar 15 veces que es esa) y me tranquilizo un poco al ver que somos pocos alumnos y que la profesora ha preguntado si hay alguien nuevo. Por fin he podido decir que soy nueva y que, sobre todo, soy torpe. Así calmo mi hiperexigencia si no me salen los ejercicios.
Porque, claro, mi sentido del ridículo no quiere llamar la atención. 

Durante la clase me muestro graciosa, como no, usando mi máscara de “despreocupada que le da igual hacer el ridículo” y por dentro tengo a mi yo más competitivo y perfeccionista intentando hacerlo bien, aunque mi torpeza y poca flexibilidad estén allí presentes. 

Cada vez que la profesora dice “relajaros y disfrutad”, sonrío mientras pienso “si me relajo te hago 20 estereotipìas y me tumbo en el suelo frío para relajarme”. Estoy tensa.

Termino la clase y me voy corriendo al vestuario, mientras se quedan charlando. Así evito encontrarme con los demás allí ni tener que establecer conversaciones de “ascensor”, o de “parque” si se alargan un poco. No doy pie a quedarme, porque soy la que siempre tiene prisa porque tiene una reunión (sí, miento por supervivencia).
Me encantaría quedarme un rato más en el gimnasio para hacer otros ejercicios y estiramientos en la sala de máquinas. Pero en mi cabeza ya ha saltado la alarma de “necesito salir de allí” y no hay otra opción. 

Salgo de allí y estoy agotada. No tanto por el ejercicio sino por el desgaste psicológico que me ha costado. Me digo engaño, a mí misma con un “no ha sido para tanto, la próxima vez estaré más tranquila”.
La realidad es que la próxima vez será exactamente lo mismo. 

Sé lo importante que es hacer ejercicio y lo mucho que lo necesito para canalizar la ansiedad y, en otros momentos, para activarme. Pero ir al gimnasio está claro que no me compensa. Por lo menos en el formato económico y “normal”. 

¿La solución?
Lo ideal sería tener un entrenador personal o, mejor, un sitio con grupos reducidos, sin olores intrusivos ni demasiados ruidos. Pero esto es caro; por lo menos para mí. 

Y escribiendo sobre esto, se me ocurre que estaría bien que alguien: montara un proyecto para ofrecer estos servicios a algunos colectivos.
Ahí lo dejo para quien lo quiera tomar 😉
O, si ya existe, agradecería mucho que me pasarais la información .

Justo antes del confinamiento conseguí ir durante varias semanas, de manera regular, pero porque hacían clases de sevillanas (sí, en un gimnasio) e iba con una amiga. No sé lo que hubiese aguantado. 

Y hasta aquí mi historia recurrente cada vez que me apunto al gimnasio. 

Ejercicio y cuidado personal en el gimnasio

Crónica de mi verbena de San Juan

Tras los días previos en los que la ansiedad , debida a mi fobia a los petardos, ya dominaba todas mis rutinas, llegó la maldita verbena de San Juan. 

Como cada año, ya estaba mentalizada de que pasaría esa noche sola, o aislada en una habitación si estuviera con más gente, como ha venido siendo los últimos años.


Cuando se acercaba la noche, la ansiedad y la irritabilidad iban in crescendo. Todo dentro de lo habitual. 
Contradictoriamente siempre tengo una sensación de «alegría rara» esa noche porque significa que se terminará mi calvario en unas horas. 

Algo dentro de mí estaba convencido (y engañado) de que sería una noche más o menos tranquila porque pensaba que mucha gente se había ido de la ciudad y que quizás iría a menos esa afición absurda de hacer ruido por placer.
Sé que soy muy ingenua pensando eso, pero es mi manera de ser. De hecho, hasta llegué a creer que tras la pandemia seríamos una sociedad mejor y… a las pocas semanas tras el primer confinamiento ya confirmé que NO. 

Por la tarde se empezaron a escuchar los primeros petardos, flojitos, supongo que de niños.
A última hora de la tarde ya empecé a escuchar alguno más fuerte. Cerré las ventanas, subí el volumen de la TV (a la búsqueda de algún programa ruidoso) y me puse los dos auriculares cerca (me pongo unos pequeños dentro del oído y unos grandes encima con cancelación de ruido). 

A la hora de cenar se desató el horror.
Cuando la cosa se puso muy intensa, me ponía los «doble auriculares».
Cuando bajaba un poco la intensidad, veía la TV a todo volumen y con los auriculares puestos. Así pasaron 4 horas.

Os podéis imaginar la tortura que supone estar 4 horas tapando el ruido de los petardos con música a todo volumen. Esta vez no había regulación con música ni con nada; era supervivencia. 

A media noche todavía eran más fuertes y sobre las 2 conseguí dormirme con los auriculares puestos. Sentía que me iba a estallar la cabeza, pero no tenía opción. 

Sobre las 5 y pico me desperté de un petardazo. Casi infarto. Y me tuve que volver a poner los auriculares a pesar del dolor de cabeza que tenía. 

estaba tan agotada que las pocas horas que dormí, caí muerta

Conseguí medio dormirme un par de horas más, pero el dolor de cabeza y las contracturas varias tras el periodo de estrés intenso ya no me dejaron descansar. 

El día siguiente lo pasé destrozada, totalmente desregulada y sin posibilidad de regularme ni mediar palabra para pedir ayuda. Qué ayuda iba a pedir si no era capaz de saber lo que necesitaba. Así que una vez más «elegí» soledad, silencio y tristeza.
No tenía energía para nada más que para medio llorar de vez en cuando.
Me dolió la cabeza hasta pasadas más de 36 horas.

En mi opinión, tirar petardos a partir de media noche es falta de empatía. Y tirar petardos de madrugada es maldad. 

A quienes me digáis eso de “pues vete a algún sitio donde no hayan petardos” os contestaré que “se aceptan donativos para huir lo más lejos posible”. 

Y esta es la historia de una verbena de San Juan más, o menos, según se mire.
De esto hace ya casi 2 días y sigo sin fuerzas, hecha polvo, con capacidad cero de concentración. De hecho, me ha costado la vida poder redactar esto, pero quería compartirlo cuanto antes, mejor.

Enmascarando mi fobia a los petardos

Esto ocurrió hace muchos años, pero lo tengo grabado en mi cabeza. Y estos días, con mi monotema de los petardos y la pólvora, me he dado cuenta de algunas situaciones en las que estuve enmascarando mi fobia a los petardos.

Hará unos 20 años (madre mía, suena a «érase una vez»), a pocos días de la verbena de Sant Joan, fui a una cena con el que entonces era mi pareja y amigos suyos. 

Yo ya había avisado de mi fobia y estaba aterrada, pero era tan fuerte entonces esa necesidad que tenía de “agradar”, de encajar, de formar parte de algo, que fui igualmente. 

Confiaba (ilusa de mí) en que se habrían preocupado por encontrar un sitio donde no hubiese petardos, pero no fue así.
También es cierto que seguramente yo no expliqué bien el alcance de mi fobia con los petardos.
Pero tengo que decir, desde la distancia, que dudo que se hubieran preocupado igualmente. Algunos de ellos eran de esas personas que me veían como “una rarita”. Pero este ya es otro tema que no tocaré ahora.

Llegamos donde habíamos quedado y al ver que se trataba de un sitio exterior, muy concurrido y peatonal (¡lo tenía todo!) le dije a mi pareja que yo no podía estar allí y que se quedara (le tuve que convencer) pero que yo le esperaba en otro lado. 

Suena surrealista que él no viniera conmigo, pero creedme que con tal de no quedar mal o no hacer sentir mal a los demás, podía llegar a ser muy convincente y hacer auténticas estupideces como esta. 

Me fui corriendo al coche, que estaba aparcado en una calle pequeñita y decidí esperar allí. A él seguramente le conté alguna historia como que me iría a un centro comercial o a algún entorno seguro. . 

Era joven, estaba perdida en un mundo que no comprendía y quería encajar a toda costa.
Era capaz de estar 2 o 3 horas encerrada en un coche con ruidos de petardos a lo lejos y la música a todo trapo. 

Tuve la mala suerte de que aparecieron unos chavales tirando petardos en la calle y se desató el ataque de pánico. Puse la música más fuerte, me tiré a los asientos de atrás encogida tapándome los oídos, llorando, gritando….
¿Y qué pasó? Pues a que a los chavales les pareció de lo más tentadora mi escena para quedarse ahí tirando petardos y asustándome. Me he prometido no poner insultos y calificativos peyorativos aquí. Pero los pienso todos.

Recuerdo que lo único que deseaba era que se les escapara un petardo debajo del coche, para que estallara  y así terminara todo (literal).  

Me llamó mi pareja para saber dónde estaba y vino cuando me escuchó en plena crisis. Se encontró un espectáculo lamentable. Ese día él entendió a la perfección mi fobia. 

Tengo bastante distorsionados los tiempos, así que no recuerdo si vino enseguida o si tardó. Lo único que sé es que no tuve que volver a enmascarar con algo así. 

Ahora mismo no lo haría ni por todo el oro del universo. Pero en ese momento iba perdida por un mundo que no entendía.
Esto es un ejemplo más  de lo dañina y peligrosa que puede llegar a ser esa necesidad tan grande de encajar, de enmascarar.

Aquí un motivo más para entender la importancia de un diagnóstico a tiempo.

Enmascarando la fobia a los petardos

Sobrecarga en Correos

¡Horror! Recibo un SMS notificando que me ha llegado una carta que llevaba tiempo esperando. Tengo que ir a buscarla a Correos sí o sí.
Me enfado porque no me entregaron la carta en mano y en la llamada para quejarme descubro que me lo intentaron entregar en persona en una dirección antigua. 

Para variar, en el último cambio de domicilio no hice las gestiones para actualizar la dirección.
Tengo un don para postergar o, directamente, no hacer algunas gestiones.  

Tras varios días aplazando la gestión, me doy cuenta de que se me está terminando el plazo para recoger la carta y es muy importante que lo haga. 

Es una gestión fácil que hasta ahora tenía bastante bien incorporada, pero tras el inicio de la pandemia todo ha cambiado. Voy a ir a un sitio donde lo tenía todo controlado y ahora no sé cómo funciona. Parece una tontería, pero no lo es.
Cabe recordar que yo me anticipo absolutamente todo y estoy yendo sin saber cómo funciona ahora el circuito para recoger una carta. 

Voy para allá y veo que hay cola en la calle, para entrar a las instalaciones de Correos. Paso de largo y decido hacer otra cosa antes.
Repito esto mismo 3 veces, hasta que consigo convencerme y ponerme en la cola. 

Observo, analizo y voy viendo el funcionamiento. Todo está aparentemente controlado. Hay una persona que da los números en la puerta y da acceso para cumplir con el aforo establecido. Esto me calma. Así que sigo con mis auriculares y mis balanceos en la cola hasta llegar a la puerta.  

Me dan mi número y me dicen dónde debo esperar. De momento puedo aguantar bien. 

En la ventanilla que me toca a mí no avanza la cola; y cada vez hay más gente ahí dentro. Empiezo a notar ansiedad, mucha ansiedad.
La mascarilla, el ruido, la gente, la falta de previsión, el incumplimiento de las normas… Estoy entrando en bloqueo. 

Me siento mal, quiero irme, pero a la vez necesito hacer la gestión. 

La cosa se desmadra y veo que algunas personas se están colando, cosa que me supera, pero estoy tan bloqueada que no me salen ni las palabras para decir nada a nadie. Sólo puedo y quiero balancearme e intentar centrarme en la música de los auriculares. Así que sigo esperando ahí sentada, con un fidget anti estrés en las manos. 

Me toca el turno, por fin, y… no puedo recoger la carta porque no leí bien la notificación de Correos. Me faltaba un documento que tenía que aportar. No intento convencer a la trabajadora porque simplemente necesito salir de allí corriendo. Estoy frustrada, enfadada (conmigo), disgustada y avergonzada.

Estaba tan obsesionada con el hecho de tener que ir allí que ni siquiera me fijé bien en lo que ponía en la notificación. Y no es la primera vez que me pasa… ni fue la última.

Llego a casa y estallo a llorar muy enfadada conmigo. Una vez más me digo cosas muy feas. Gracias a ser más consciente de mi condición, freno, rectifico y me perdono. Me repito una y otra vez la promesa que hice de dejar de maltratarme.   

Me calmo y entro en estado de agotamiento, con hipersensibilidad en las extremidades.
El día siguiente me despierto agotada, con dolor de cabeza, más hipersensibilidad acústica de la normal, sin ganas de sonreír ni de hablar y, ni mucho menos, de ver a nadie. Tardé mas de 24h horas en superar este shutdown.

Esto fue en diciembre 2020.

Me llega una notificación y tengo que ir a Correos a buscar una carta. Tengo un don para postergar, o no hacer, algunas gestiones.  
Autismo y burocracia en Correos