Silencio acompañado

Cuando me preguntan si me gusta el silencio, siempre respondo que me gusta el silencio acompañado. 

Suelo hablar de mi hipersensibilidad con los ruidos. De la sensación de aturdimiento, y bloqueo absoluto, que siento cuando hay mucho ruido a mi alrededor. Con esto podría dar a entender que adoro el silencio, ¿verdad? Pues no, el silencio me pone muy nerviosa. Aunque parezca algo contradictorio y absurdo. 

Voy a intentar explicarme, poniendo algunos ejemplos: 

En casa
Me he dado cuenta de que siempre tengo la música o la TV puesta. Lo hago de manera casi automatizada desde que me despierto hasta que me voy a dormir. Muchas veces no la escucho ni la veo, pero al tenerla, con un volumen más bien bajo, es como si incorporara un “ruido de fondo” que hace que no escuche los ruidos de la nevera, del ascensor de la finca, de los vecinos, de los coches… Es como si este ruido de fondo que yo elijo, cancelara muchos ruidos que no me dejan hacer nada.
De adolescente recuerdo estudiar siempre con música. Sin ella me resultaba (más) imposible. 

En el colegio y en la universidad.
Uno de los motivos por los que creo que no quise pude estudiar es porque en los exámenes lo pasaba realmente mal por el silencio.
Dato freak: me dan ataques de risa cuando escucho los ruidos de las tripas.
En los exámenes estaba más pendiente de cada ruidito, externo o de mi propio cuerpo, que del mismo examen. Me resultaba casi imposible concentrarme. 

Otros lugares
Siempre me ha sorprendido lo mucho que me gustan las librerías y, sin embargo, soy incapaz de ir a una biblioteca. Ahora lo entiendo: me resultaba insoportable ese silencio.  
Por otro lado, cuando estoy en una reunión u otros sitios donde hay silencio, sin darme cuenta me pongo a canturrear con la boca cerrada, intentando equilibrar ese silencio y regularme para aguantar ahí dentro como sea. 

En conversaciones
Quien me conoce sabe que siempre pongo música aunque estemos charlando tranquilamente en casa. Cualquier ruido que escuche, aunque sea casi imperceptible, no me deja seguir una conversación. No es un sonido que me resulte insoportable, ni siquiera muy fuerte. Pero me interfiere de tal manera, que no puedo centrar mi atención en otra cosa. Es como si mi cerebro se focalizara en ese ruido y no pudiese atender a nada más. Y por mucho que me esfuerce, no puedo evitarlo hasta que lo “elimino”. 

Así pues, el silencio para mí es esa zona de confort en la que no hay un ruido que me deje aturdida y, a la vez, exista un “ruido” que me permita centrarme en lo que quiero hacer o atender. 
¡Ah! Un silencio acompañado que adoro es el silencio de la playa con la melodía de las olas del mar, o el silencio de la montaña con el viento y los animales. 

silencio acompañado

Trucos en mi vida diaria –  compras y alimentación.

Aquí van algunos trucos, o estrategias, que he ido incorporando de manera natural para mejorar mi día a día. 

Compras: alimentación.
1- Intentar hacer la compra online para evitar aglomeraciones y, además, poder concentrarme mejor durante la compra al no tener tantos estresores como luces, ruido, olores, gente…
2- Ir a comprar en horarios de baja afluencia. Yo suelo ir entre las 15:30 y las 16:45.
3- Ir a sitios en los que ya conozca tanto el entorno como a los trabajadores. Esto me rebaja el nivel de ansiedad.
4- Tener comercios de confianza, como la panadería o la frutería, en los que pueda encargar lo que necesite por teléfono e ir a buscarlo en horario de poca afluencia.
5- Evitar sitios, tipo las paradas de los mercados, en los que tenga que pedir turno; pedir lo que quiera delante de otras personas; tener que tomar decisiones deprisa; rechazar ofertas, etc

Algunas curiosidades
Cuando me gusta algo, puedo comprar muchas unidades de lo mismo. Soy intensa hasta para esto.
Si un producto no está de la marca y formato que yo quiero, no compro uno similar. Prefiero quedarme sin ese producto hasta que lo encuentre.
Me molesta que cambien los envases (aunque sea sólo el diseño) de los productos que suelo comprar.

¡Ah! No olvidéis llevar bolsas de tela 😉

trucos vida diaria

ESPERAR

Lo de esperar es algo que llevo mal en cualquiera de sus variantes.

Voy a poner algunos ejemplos para intentar explicarme: 

HACER COLA 
Sí, lo sé, no hay nadie (que yo conozca) que disfrute esperando en una cola; ya sea en el supermercado, en la carretera o en una sala de espera. 
En mi caso, no es por el hecho de sentir que esté perdiendo el tiempo.
Cuando estoy esperando en la cola, me siento como una olla express que va sumando presión según voy recibiendo estímulos como, por ejemplo:
– Gente que no respeta mi espacio (antes de la pandemia también). 
– Los que intentan colarse y los que lo logran. 
– Ruidos, voces y olores. 
– Personas que van muy lentas (por egoísmo, no por necesidad)..

El tema de las salas de espera irá con un post aparte, junto con “ir al médico”, porque es un temazo que da para un rato.

CUANDO ESPERO ALGO POSITIVO
No puedo hacer nada más que esperar a que llegue ese algo; ya sea un objeto, una persona o un evento. Y cuando digo que no puedo hacer nada más, lo digo en el sentido más literal. Mi cabeza se hiperfocaliza en eso y no hay manera humana, ni extraterrestre, de hacer otra cosa. Es una impaciencia extrema mezclada con ultra emoción con repertorio de estereotipias, por supuesto; y pensamiento en bucle.
Y si se cancela… es el fin del mundo. Drama asegurado.

CUANDO ESPERO ALGO NEGATIVO
En este caso también hiperfocalizo, pero en esta ocasión lo hago planteándome los peores escenarios posibles. Y se me dispara el nivel de ansiedad, claro.
Lo único bueno es que al final se suele quedar en un “pues, no era para tanto” (que sólo me pudo decir yo a mí misma, detalle importante). Pero el agotamiento que llevo acumulado tras todo mi #futureo catastrófico, ya no tiene remedio. 

En todos los casos creo que lo que más me ayuda es la anticipación y la planificación. Ya sea para ir a los sitios durante las horas de menos afluencia para no tener que hacer colas; o anticipando qué cosas pueden ocurrir en la espera de “algo” y tener los plazos muy claros. 

En resumen, yo más que esperar, lo que hago es desesperar. 

esperar

De compras

Nunca me ha parecido una actividad de ocio lo de ir de compras, sino más bien una necesidad. 

Recuerdo que siempre decía la frase “soy como un tío, no me gusta ir de compras”… Ahora lo veo como otra señal de que quizás es la propia sociedad la que nos empuja a ese enmascaramiento fatal. En mi caso, creo que casi nunca intenté enmascarar con eso y, a la vez, era una de las cosas que me hacia sentir muy diferente a las otras chicas.

Nunca me ha gustado “ir de tiendas” por el mero placer de mirar cosas. Siempre me ha parecido una pérdida de tiempo y una sobredosis innecesaria de socialización y estímulos. Gente, música, luces y ese olor a perfume intrusivo. Algunos de esos perfumes los reconozco con los ojos cerrados desde la calle.  Por no hablar a tener que tomar decisiones constantemente entre tantísima oferta. Un agobio asegurado.

Si voy de tiendas es porque estoy buscando algo concreto y voy a piñón. Entro y salgo de los comercios en tiempo récord, os lo aseguro. Cuando paso el límite de tiempo, me bloqueo. Lo tengo estudiado. 

Cuando veo algo que me gusta en una tienda, hago dos cosas: 
1- Mandar una foto a alguien de confianza, ya que con el paso de los años he terminado harta de las dependientas que me engañaban para venderme lo que fuera. 
2- Pedir en cuantos colores lo tienen para llevármelo en varios colores o en todos ellos. Lo tengo todo duplicado y triplicado: pantalones, camisetas, camisas, vestidos… 

Por supuesto, siempre voy en horarios de poca afluencia y jamás me veréis en una tienda el primer día de rebajas. Ni el segundo.

Algunas personas me han preguntado por qué no lo compro todo online para evitar ir a las tiendas de manera presencial. La respuesta es que si lo que sea no me queda bien, sé que jamás haré la gestión para devolverlo. Se me pasará el plazo de devolución a base de postergar (soy una pro en eso). Y porque necesito tocar los tejidos. 

Los últimos años he encontrado la solución: ir a tiendas pequeñas, de proximidad, donde los estímulos se reducen de forma considerable. Y el máximo es, en una de ellas, en la que puedo preguntar por whatsapp antes de ir qué cosas tienen que me gusten a mí. Y que, además, sé que no me venderán algo que no me quede bien. 

Por otro lado, siempre me han dado cierta envidia las chicas que saben hacer combinaciones con la ropa y los complementos; que van impecables hasta el último detalle. Y lo mismo con el maquillaje y el pelo. 
Yo me reconozco como “básica”. Pero esto ya es otro tema sobre el que escribiré en próximos episodios sobre estilismo y cuidados personales 😉 

de compras

Apagón tras implementar nuevas rutinas

Este fin de semana me ha tocado recuperarme del apagón (shutdown) tras implementar nuevas rutinas en mi vida diaria. 

Septiembre puede ser un mes complicado para gran parte de la población, porque se termina el periodo vacacional de verano y nos toca volver a nuestras rutinas. 
Para mí suele ser complicado, pero este curso se da la peculiaridad que no vuelvo a mis rutinas sino que he tenido que incorporar nuevas rutinas tanto en lo laboral como familiar. Incluyendo un cambio importante que llevaba años temiendo y “futureando” en bucle. 

¿Cómo gestiono estas épocas?
Pues intento regularme continuamente para poder seguir con mi día a día y me pongo una fecha objetivo en la que sé que podré estar sola y me podré permitir “dejarme apagar del todo y recargar baterías”.
No siempre lo logro, claro. Porque no puedo elegir cuándo tengo energía y cuándo no, pero es verdad que he aprendido a funcionar por inercia en algunos momentos y cada vez me conozco mejor y me puedo ir regulando mejor.

Este fin de semana
Esta semana ha sido la primera con todas las nuevas rutinas en marcha, encima todas de golpe, y ha sido agotadora. Por este motivo ya tenía previsto pasar el fin de semana sola. Y esto estoy haciendo hoy, domingo, sola en casa y desde el viernes por la noche en silencio (sin hablar). 

A continuación describo paso a paso mi fin de semana: 

Viernes
Estaba más bien eufórica por haber conseguido superar esa semana que tanto temía y haber empezado mis clases de piano que tanto me gustan. Estaba aparentemente “bien” pero desde mi perspectiva algo pasada de vueltas y con shutdown a la vista.
¡Ojo! Esto no significa autosugestión, ya que a veces lo tengo previsto y no ocurre. Pero esta vez sí que ha ocurrido.

Sábado
Tras una noche inquieta y despertarme pronto, mi estado era el siguiente:
– Dolor de cabeza
– Físicamente agotada
– Sin apetito
– Ni triste ni contenta.
– Apretando los dientes y mandíbula en tensión.
– Cero memoria y muy despistada.
– Con la TV de fondo, o música, para no escuchar ruidos del exterior.
Estuve todo el día sola, tumbada en el sofá y sin verbalizar ni una palabra. 

Domingo
Mi estado actual:
– He dormido mejor
– Sigo agotada pero no tantísimo.
– Sin ganas de hablar pero sí de tararear algunas canciones.
– Tengo lagunas del día anterior.
– Aprieto un poco menos los dientes.
– Siento que va volviendo la energía y me estoy recuperando.
– Sé que a lo largo del día ya estaré bien. O, por lo menos, mucho mejor. 

Y hasta aquí llega el intento de crónica de mi fin de semana de apagón.

apagón tras implementar nuevas rutinas

La ducha como señal de alerta

Para mí la ducha es regulación, por el agua, y forma parte de mi rutina con un papel muy importante para activarme. A parte de que no soporto el olor a sudor y similares. 

En uno de mis primeros artículos ya hablé de la ducha y la hipersensibilidad. Escribí sobre la curiosidad de que me había dado cuenta de que algunos días me molestaba el agua de la ducha. La siento como si fueran agujas microscópicas. 

Para mí, sumergirme en el agua es algo totalmente regulador y diría que me activa. Sobre todo en el mar. Podría estar horas flotando en el mar mirando las nubes. 

En la ducha no es lo mismo, pero me activa y regula de tal manera, que allí es donde diría que se me han ocurrido, por ejemplo, las mejores publicaciones o soluciones a problemas del trabajo. Me pongo en “modo creativa”.
De hecho, a veces pienso en posibles soluciones para tener una pizarra allí 😉  

Llevo unas semanas muy intensas. De hecho, Júlia, mi terapeuta ocupacional, en la sesión del jueves me comentó que intentara regular mucho estos días porque llevo mucho acumulado (tiene toda la razón).  

Esta mañana la ducha pinchaba un montón.
Hacía tiempo que no me pasaba.
Curiosamente estaba poco creativa desde ayer y en la ducha tampoco he tenido mucha sensación de activarme. Al revés, me ha agobiado la molestia de sentir el agua como agujas.
Al poco rato he empezado a tener dolor de cabeza y tengo que estar con las férulas porque me estoy reventando los dientes de tanto apretar. Además tolero poco (nada) los ruidos, el contacto físico… Estoy irritable y emocionalmente bastante fría (creo). Me molestan cosas como el movimiento, y el sonido del roce con la tela,  de otra persona en el sofá. Hoy no tengo ganas de llorar. Me siento más bien ausente, desconectada de todo. 

En fin, lo “bueno” es que he descubierto que cuando siento esos pinchazos en la ducha es una señal inequívoca de que estoy totalmente desregulada y tengo que encontrar las herramientas para revertir la situación o, por lo menos, poder llevarla mejor si no me puedo permitir quedarme encerrada sola en casa para recuperarme.

La ducha como regulación y rutina

Sobre regalos

Cuando me dan regalos, tanto reacciono cual unicornio desbocado, saltando, haciendo wiiiiiii y aleteando, como me quedo aparentemente impasible. Y no significa que me guste más una cosa que otra. 

Lo primero creo que sólo me ocurre cuando son regalos que yo esperaba, que sabía que me iban a hacer y que deseaba mucho. Casi seguro relacionado con un súper ultra mega interés (posiblemente nuevo).  O cuando estoy sola y no me ve nadie.

Mi reacción “natural” es quedarme unos minutos en pausa mirando qué es, sin dolor de cara por forzar una sonrisa. Porque seguramente es algo que no me esperaba, sin anticipación, y quiero analizarlo y saber qué es. 
Aunque sea algo que para todo el mundo “es brutal”, yo necesito mi ratito para saber qué es e imaginarlo en mi vida. No es broma, en unos minutos visualizo un peli entera con ese objeto. 

Durante muchos años intenté reaccionar como creía que esperaban los demás, pero sinceramente se me daba fatal esa actuación y creo que entonces sí que parecía que no me gustara el regalo. 
Desde hace un tiempo (poco antes del diagnóstico también) lo que hago es explicar que sí que me gusta pero que yo reacciono así, y punto. No se lo suelen creer si no me conocen bien. 

¡Ah! Todo esto no significa que no me gusten los regalos. Me encantan. Aunque es cierto que no suelo tener muchos 😉 

Por otro lado, si añadimos que no me gusta dar besos ni tener contacto físico en general, pues no sólo voy a ser una desagradecida sino que encima seré una maleducada. 
Por mi parte prefiero mostrarme como soy aunque el precio sean esas etiquetas. 

Y hasta aquí un pequeño avance de la reflexión caótica que estoy escribiendo sobre emociones, empatía y reacciones. 

regalos y autismo

En la peluquería

Ir a la peluquería es algo que llevo haciendo toda mi vida pero nunca me había detenido a pensar en la cantidad de estímulos que hay allí y el desgaste que supone. 

Ir a la peluquería normalmente me suponía:

  • Ruido (secadores, voces, risas estridentes, timbres, teléfonos) 
  • Olores
  • Luces
  • Conversaciones “sociales”
  • Esperas. 
  • Tener que tomar decisiones
  • Saber decir NO a tratamientos que te intentan vender (eso me generaba mucha angustia porque me sentía mala persona). 
  • Que te toquen la cabeza. Y muchas veces más de una persona. 

Con los años, sin darme cuenta, he ido adaptando esta actividad a mis necesidades. 
Es evidente que con tanto estímulo no podía ser una actividad en la que yo me relajara. Todo lo contrario, salía agotada. 

Normalmente escribo qué cosas se podrían hacer para mejorar mi experiencia. Hoy no.
Hoy voy a contar cómo es mi experiencia actual y ya aviso de que no es algo que sea fácil de conseguir, ¡pero tampoco imposible!

Hace unos años tuve la suerte de conocer a Anna y desde entonces mi experiencia con la peluquería fue cambiando porque tiene un don. De hecho, me relajo tanto, que no me molesta que ella me toque la cabeza. Al contrario, ella es la única persona que lo puede hacer. 

Qué cosas han cambiado: 

  • Estamos en un local pequeño las dos, sin otros clientes ni trabajadores. 
  • El día anterior me recuerda la cita y es flexible con mis despistes puntuales.
  • Si va con algo de retraso, me avisa antes de que yo salga para allá.
  • Sabe que nada de cambios en el pelo. Así que vamos siempre a “tiro hecho”. 
  • No me intenta vender nada. Tengo la total confianza de que todo lo que me haga o proponga es porque lo necesito. No me va a engañar.
  • Me pregunta si me molesta la música. 
  • Si un día no estoy charlatana, pues estamos en silencio y no pasa nada. 
  • ¡Ah! Me encanta enseñarle todos mis objetos para regularme. 

Y para muestra de lo maravillosa que es, os cuento lo que pasó hace unos días: 

La peluquería de Anna está en un barrio de Barcelona en el que se celebran las fiestas en agosto y están muy concurridas.
Normalmente voy andando, por el mismo trayecto exacto, literal. De hecho, una vez crucé una calle antes de lo “habitual” y le conté que tuve que parar porque por un momento me desorienté y no me acordaba a dónde estaba yendo.

Anna sabe que soy autista. Fue a una de las primeras personas que se lo conté. 

Pues bien, el día antes Anna me mandó un mensaje y me dijo que: 

  • Recordara que eran las fiestas del barrio (se me había olvidado). 
  • Me recomendaba ir por otra ruta en la que creía que encontraría menos gente (y me pasó la ruta exacta). 
  • Había mirado los horarios de festejos para comprobar que ese día y a esa hora no hubiesen petardos u otras actividades que pudiera encontrarme en mi camino. 
  • Antes de salir miró cómo estaba el panorama en la calle y me dio el visto bueno. 

Creo que no os va a sorprender si os digo que Anna también es autista. Lo es. 

Podríamos pensar que me lo hace tan fácil por esta conexión que tenemos algunas personas dentro del espectro, pero no creo que sea por eso.
Sé que no es algo solo conmigo. Anna nos cuida y mima a todos porque tiene una calidad humana digna de admirar. 

No aspiro a tanto en mi día a día en otros ámbitos, pero sólo con el primer punto, en el de recordarme que eran las fiestas, ya sería una gran ayuda para que yo me anticipara e hiciera los cambios necesarios en mi trayecto.

Esto es la reciprocidad, o adaptación recíproca, de la que tanto hablo y pido.

Por cierto, aquí ya hablé de ella hace unos meses.

peluquería y autismo

Gestión de situaciones difíciles.

A lo largo de la vida nos toca gestionar situaciones difíciles, como la muerte de un ser querido, que son complicadas para todos, con o sin diagnóstico. 

Hoy voy a hablar del caso en el que estoy viviendo, y sintiendo, el sufrimiento de una persona querida que ha perdido a alguien muy cercano. Que ha perdido una parte de él. 

En estas ocasiones suelo tener reacciones de las que no siempre me siento orgullosa. Pero los nervios e inseguridades me suelen jugar muy malas pasadas.

En mi caso tengo bastante claro cómo necesito gestionar estos momentos: con soledad y espacio. Sintiéndome acompañada (importante) en la distancia pero sin sentirme agobiada.
También sé que esto es lo que necesito yo, pero puede ser distinto para los demás.

Estos días estoy intentando gestionar una de estas situaciones difíciles. Así que voy a intentar ordenar las ideas y a explicarme mínimamente bien. 

Ha fallecido una persona joven, de manera repentina y absolutamente injusta. Esto es algo para lo que nadie está preparado. Yo, por lo menos, no. Por no hablar del bucle en el que estoy, con pensamientos intrusivos, desde que lo supe.

Esta pérdida la está sufriendo de manera muy profunda alguien importante en mi vida. Un amigo de los de verdad. De los que podría considerar como a un hermano. Y me duele profundamente verle mal.

En las situaciones difíciles a veces me muestro fría, ausente y distante. Esto es positivo, supongo, cuando se tiene que gestionar una situación in situ, como un accidente o similar. Pero en casos como el que me ocupa ahora, puedo parecer una insensible. Y esto me duele muchísimo.

A veces me siento rota de tristeza, pero me cuesta exteriorizarlo. Aunque por dentro no pueda casi ni respirar.

Por un lado soy muy hermética para mostrar mis sentimientos, y supongo que, por otro lado, está el hecho de que no me sale mostrar el afecto como se esperaría. Esto me genera mucha angustia y sentimiento de culpa. Porque lo último que querría es que la otra persona se sienta mal por mi manera de hacer las cosas. 

Por este mismo motivo, a veces puede pasar que me esfuerce tanto en querer compensar esta falta de expresividad con mensajes y preguntas desde la distancia…. Y sé que puedo ser agobiante cuando me pongo en modo “intensa” al no saber cómo mostrar que “estoy aquí para lo que necesites”.   

En el directo, que en estos casos suelen ser situaciones con mucha interacción social, suelo soltar comentarios poco afortunados o me dan ataques de risa inapropiados. Todo ello sin ninguna mala intención, sino más bien como consecuencia del alto nivel de estrés que me supone y la dificultad en gestionar mis emociones en ese momento. 

Así estoy, gestionando emociones como puedo.

gestionar y exteriorizar emociones

Viajar en avión

Viajar en avión es una de las cosas que menos me gustan. Tanto el mismo hecho de volar como toda la parte del aeropuerto. 

Partimos de la base de que tengo vértigo, así que por aquí ya empieza mi pesadilla. 
Me genera mucha ansiedad el hecho de no estar sujeta al suelo. 

Los días previos al viaje estoy irritable y con un nivel elevado de ansiedad. Los pensamientos intrusivos no me dejan casi ni dormir. 
Encima, tengo la mala costumbre de hacer la maleta a última hora (la reina de la postergación os saluda) y suelo olvidarme cosas importantes como la ropa interior o el cepillo de dientes. Y, a cambio, me llevo cosas absurdas que sé que no voy a usar. 

Y ya casi como un ritual-castigo, siempre me digo una y otra vez que “para el próximo viaje haré una lista y la prepararé con tiempo”. 

Cuando llega el día

Suelo llegar pronto al aeropuerto. Exageradamente pronto muchas veces. Pero me da tranquilidad dentro de mi estado de histeria. Al fin y al cabo es lo único que puedo medio controlar ese día. 

Una vez allí, todo va empeorando mi estado. Hay mucha gente, colas para facturar las maletas, colas para pasar el control… Sonidos continuos de avisos. 

Normalmente llego tan pronto que ni siquiera sale la puerta de embarque. Así que voy acumulando más incertidumbre para el saco. 
Y ya ni hablamos de si hay retrasos. 

Me tomo la medicación correspondiente para calmar un poco la ansiedad y sigo intentando controlar los pensamientos intrusivos. 

Me angustia no saber si se embarca con finger (bien) o con autobús (mal). 
Si tengo la mala suerte de que embarcamos con autobús, mi nivel de ansiedad se dispara. Gente que me roza, olores, ruidos, risas estridentes, conversaciones que me irritan… horror asegurado.

Si viajo acompañada, quien sea tiene que tener muuuuucha paciencia e intentar no darme demasiada conversación. Porque sé que puedo estallar en cualquier momento y ser poco simpática. 

Entro en el avión y ya paso de la histeria al pánico. Pero tranquilos, todo va por dentro y por fuera mantengo mi medio sonrisa (o un cuarto de sonrisa).
Según cruzo la puerta, analizo a toda la tripulación. Los pensamientos intrusivos empiezan a adueñarse totalmente de mí. 

Me siento y miro que esté todo en orden (como si supiera algo sobre aviones…). 
Cruzo los dedos (sentido figurado)para que las personas que tengo delante y detrás no se muevan mucho, porque sé que mis nervios pueden llevarme a pedirles de malas formas que se queden quietos. 

Antes de despegar sujeto varios objetos antiestrés en las manos y me aseguro de poner la música en los auriculares.
En alguna ocasión me han pedido que me los quite y les he explicado mi pánico. Normalmente han cedido. 
Si no puedo llevar la música puesta, escucho tantos ruidos diferentes que enloquezco. 

El avión se mueve y empiezo con las respiraciones y las estereotipias. En ese momento me importa bastante poco que las vean. Suficiente hago con  controlarme. 

Lo que más odio de todo es el despegue. Me aterroriza. 
Estoy todo el rato intentando ver la cara de la tripulación, si sale humo de los motores… y no dejo de pensar en la peor de las catástrofes y sus consecuencias. 
Sigo con las respiraciones mientras me caen lágrimas que no puedo evitar. 

Quien me conoce sabe que en ese momento lo único que necesito es que no me hablen y cuando les mire con horror, que me digan simplemente que todo está bien. Nada más. 

Si hago algo digno de reírnos, prefiero que nos riamos al llegar a tierra. 
Porque, no nos engañemos, he tenido momentazos de arrancar un reposabrazos del susto tras una turbulencia o de romper un reposapiés de tanto “frenar”.  Porque bruta lo soy un rato. 

Durante el vuelo, mientras todas las señales luminosas están apagadas, logro estar algo menos ansiosa. Pero no quito ojo a la tripulación ni a las alas y motores (si logro verlos). 
Si hay turbulencias, me dan los mil males. Me doy tales sustos que los de mi alrededor se asustan también. Lo siento. 

Los vuelos en los que menos miedo he pasado han sido los que el piloto ha ido explicando todo lo que iba pasando. Eso es maravilloso.
Aunque tengo que decir que con la tecnología que hay ahora en los aviones, me siento mucho mejor porque puedo ir viendo el trayecto y cuánto queda para llegar. 

El momento del aterrizaje me da miedo, pero no tanto como el despegue (y seguramente hasta es más peligroso) porque estamos llegando y eso me tranquiliza. 
Siempre, siempre, siempre me asusto cuando sacan las ruedas. Aunque sepa que son las ruedas, no hay vuelo en el que no me asuste con el ruido. ¡Deberían avisar!

Y confieso que no puedo evitar un “wiiiiiii” cuando tocamos tierra y me siento “a salvo”. 

Luego viene la parte de salir de allí, recoger maletas, etc. 
Para entonces ya me he relajado y empiezo el  viaje con un buen “resacón emocional”.

¿Cómo podría mejorar mi experiencia?

Como he dicho, con las nuevas tecnologías ha mejorado bastante mi experiencia en viajar en avión porque puedo ir controlando el trayecto. 

Supongo que si tuviera acceso rápido en las colas, me ayudaría a bajar la ansiedad, pero es algo que imagino que en mi caso me puedo aguantar si tengo que priorizar otras “adaptaciones”. 

Lo que más me ayudaría sería, una vez más, ANTICIPACIÓN para cosas como: 

  • Saber cómo será el acceso al avión. 
  • Opción de que me fueran explicando el porqué de algunos ruidos y turbulencias. O que, simplemente, me dijeran que “todo está bien”. 
  • Facilidad para poder sentarme en sitios que me generan menos ansiedad (por ejemplo, donde veo las alas y motores).

Por pedir que no quede

Y hasta aquí algo sobre mi experiencia en viajar en avión.

viajar en avión