En el trabajo: la jornada laboral.

Una realidad y una posible mejora en las jornadas laborales.

Realidad
Tener que trabajar 8 horas diarias, independientemente del volumen de trabajo y de mi estado emocional.
Si un día siento que estoy desregulada, pero tengo que seguir este ritmo, cada día irá empeorando mi estado hasta colapsar y, posiblemente, tendré que coger una baja médica.
Habrán horas perdidas por el simple hecho de tener que seguir ese ritmo que me resulta imposible.

Posible mejora
Si tengo la flexibilidad de poder gestionar mis horarios y la posibilidad de teletrabajar, cuando detecte la desregulación, podré tomarme el tiempo necesario para regularme y seguir trabajando.
Habrá días que trabajaré 12 horas, mientras que otros días igual sólo podré trabajar 3, o ninguna.
En ningún caso habrán horas perdidas.

Cuando estoy regulada, puedo rendir de una manera espectacular y puedo trabajar muchas horas seguidas.

En el trabajo: la jornada laboral

El fracaso en la universidad

Una de las grandes losas que he cargado durante años.

Desde niña tenía claro que tenía que ir a a universidad y estudiar una carrera, porque “era lo que tocaba si quería ser alguien en la vida”. Era lo que hacía mi entorno y no podía ser menos. Era mi obligación.
¿Quién me impuso esa obligación? Pues, principalmente, yo misma. Porque esto formaba parte de ese personaje que yo creía que debía ser para encajar en mi entorno.

Cuando terminé el colegio, a mí lo que me gustaba era aprender idiomas, hacer voluntariados e imaginar proyectos nuevos. Eso era lo que me apasionaba, pero nunca me planteé que eso pudiera ser mi futuro, porque en mi cabeza sólo entraba la posibilidad de estudiar una carrera universitaria y trabajar en una gran empresa en la que mi objetivo sería tener un cargo y buen sueldo.  

Lo he dicho en más de una ocasión: a mí no me gusta estudiar pero me encanta aprender. Por ese motivo creo que también miré la opción de estudiar algún módulo de formación profesional, pero lo descarté rápidamente porque mi objetivo era la licenciatura. 

No os lo perdáis, mi “ilusión” (o más bien, ilusa de mí) era estudiar “Publicidad y Relaciones Públicas” ¿Os imagináis el despropósito? 

Mis notas no fueron especialmente buenas en el colegio y esto no me permitió elegir entre muchas opciones. Empecé la carrera de Filología Alemana sin saber alemán. Y yo creo que esto último fue lo que me pareció más motivador de todo: tener que aprender alemán en un verano. 

Cuando empecé la universidad, mis objetivos eran dos:
1- Cumplir mi obligación de estudiar una carrera universitaria.
2- Conocer a gente y tener vida social universitaria. Sentirme “parte”. 
Evidentemente se me olvidaban pequeños detalles (ironía) como pensar en mí y en lo que realmente me gustaba y me hacía sentir bien. 

Antes de seguir con el relato, recordad que mi diagnóstico de TEA (Trastorno del Espectro del Autismo) va con el complemento (o sea comorbilidad) de TDAH (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad).  

Sigo. A los pocos días de empezar la universidad ya me costaba entrar a las clases. Cada vez me costaba más y me generaba más ansiedad.
¿Por qué? Porque me aterraba que me hicieran participar; porque me perdía continuamente y no entendía bien lo que teníamos que hacer; porque recibía mucha información y solía tener problemas para ordenarla, organizarme sola, priorizar y cumplir con las tareas que se nos mandaban; porque me agobiaba no poderme sentar cerca de la puerta, o que se me sentara alguien al lado e  hiciera ruidos,  o que su olor me resultara incómodo.
Además, no me motivaba mucho lo que nos enseñaban.
Así que al poco tiempo, empecé a esconderme durante algunas clases (en el lavabo, en los pasillos escondidos, en la calle, etc), porque no me veía capaz de estar allí. Tanta gente, tantos estímulos, tanta información que no sabía cómo procesar.  Y, a la vez, me sentía mal, muy mal, por estar faltando a clase. Porque, sin duda, estaba fallando a mi entorno. Así que empecé a alimentar mi sentimiento de fracaso, de frustración y de culpa.
Yo quería cumplir con mi papel de buena hija, de buena compañera y de buena  estudiante; pero había algo incomprensible por encima de todo esto, que me lo impedía.

Me auto convencí de que el problema era que no me gustaba la carrera que había elegido y me marqué el objetivo de entrar en Traducción e Interpretación. Eso me dio un margen para seguir aprendiendo alemán sin agobiarme en tener que ir a la universidad.

En resumen: me fui 6 meses a Bonn, aprendí alemán, volví y pasé las pruebas de acceso a Traducción e Interpretación. Recordad que una de las cosas que más me gustaban era aprender idiomas. Así que no me resultó muy difícil porque en ese momento era mi súper interés. 

Segundo intento en otra universidad.
Esta vez era un formato más tipo “colegio”, con grupos algo más reducidos. Tardé un poco más que la otra vez, pero se repitieron los mismos patrones.
Volvió la ansiedad por tener que entrar a clase, por tener que socializar, por todo.
No la terminé. En cuanto pude, empecé a trabajar. 

Para mí fue un alivio terminar con esa tortura pero, a su vez, se convirtió en la peor de mis losas porque estaba fallando a mi entorno. Porque desaproveché la oportunidad de tener unos estudios, porque fui una vaga, porque fui una desagradecida, porque porque porque… Porque me tocó cargar siempre con el comentario de “si te hubieras sacado una carrera” y durante muchos años tuve que cargar con un sentimiento muy fuerte de inferioridad por no tener la dichosa carrera universitaria. 

Y todo por el “qué dirán”. Porque yo era muy consciente de la capacidad que tengo de aprender sola. Me gusta investigar, observar, experimentar. Me gusta aprender.

Tengo que decir que en las dos universidades tuve la suerte de conocer a personas bonitas que hicieron mis años allí mucho más llevaderos.
En la segunda carrera, sobre todo, es donde más amigos tuve. Con los que sigo teniendo relación y con quienes tengo mis mejores recuerdos de esa etapa de mi vida. 
Igual ayudó el hecho de que la mayoría de mis compañeros tampoco terminaron los estudios y, oye, eso ayuda a reducir un poco la sensación de fracaso individual. 

Eso sí, reconozco que los entornos universitarios todavía me generan cierta ansiedad. Nunca fui tan consciente, como lo soy ahora, de lo mal que lo pasé allí. 

Y hasta aquí otro pedacito de mi vida. 

Aquí podéis encontrar un artículo relacionado con éste. 

el fracaso en la universidad

La cabalgata de Reyes

La cabalgata de Reyes siempre había sido un evento que me generaba sentimientos encontrados.
Por un lado, estaba muy ilusionada porque sabía que el día siguiente recibiría regalos (sí, llamadme materialista) y, a la vez, me agobiaba la gincana de casas e interacciones sociales a tutiplén que me tocaría soportar el día de Reyes. Pero parece que los regalos bien se merecían la resaca del día siguiente.

La cabalgata de Reyes era, y es, un evento agobiante, para mí, por varios factores: 

  • Aglomeraciones. 
  • Esperas eternas. 
  • Gente colándose y haciendo todo tipo de injusticias que me enervan. 
  • Ruido (ojo, la música sí que me gusta, me refiero a ruidos más tipo pirotecnia).

En resumen: la cabalgata era la suma de muchos estímulos y poca anticipación. Mal, todo mal (como diría mi amiga Bea).
Además, es curioso que, con lo mucho que lo analizo todo, eso me lo creyera con tanta facilidad.
Debía ser inocencia en estado puro. Esa ingenuidad que me acompaña. 

En Barcelona se celebran varias cabalgatas: la principal, que recorre gran parte de la ciudad y otras más pequeñitas en los barrios. ¿A cuál iba yo? a la grande y multitudinaria, faltaría más (con tono irónico). 

Iba con mi abuela y mi madre al Parc de la Ciutadella, justo donde empezaba la cabalgata y mi abuela siempre lograba que nos dejaran entrar para estar en la puerta justo donde empezaba y allí no había casi gente. Eso sí que era una maravilla.
Creo que a ellas tampoco les gustaban nada esos mogollones de gente. 

Un año me propusieron ir en una carroza de la cabalgata. Me gustó tanto la experiencia que me hice voluntaria para ir cada año. Uno en una carroza, otros de paje (es que “paja” suena fatal, ¿no?)  andando. 

Os voy a contar el porqué creo que me “gustaba” ir a la cabalgata en esa modalidad:
– Estaba en el evento que tocaba ese día (la opción de quedarme en casa no era socialmente válida).
– No tenía que estar entre la multitud de personas.
– Lo tenía todo perfectamente anticipado (horarios, sitio donde estaría yo y qué personas).
– De alguna manera, me sentía “parte de algo”. 
– Era bonito ver, con la distancia que me daba seguridad, a tantos niños (y adultos también). 

Paréntesis: creo que fui la última niña de mi clase en saber quiénes son los Reyes. Defendía lo que me habían dicho siempre, a capa y espada e ignoraba todo lo que me pudieran decir los demás. Yo a lo mío. 

Con mis hijos siempre intenté ir a cabalgatas más pequeñas y lo superé con nota 😉 

Espero que seáis muy felices. 

cabalgata de reyes