Contacto visual

La falta de contacto visual es uno de esos rasgos “típicos” que me hacía pensar que era imposible que yo fuera autista. Porque… para sorpresa de muchos, yo soy autista y miro a los ojos ¡Tachán!. Eso sí, miro a mi manera. 

A raíz del diagnóstico, he ido profundizando un poco sobre este asunto y me he dado cuenta de que mi manera de mirar a los ojos es algo así como a ráfagas cortitas. Como un flash. Un “miro y desvío la mirada rápidamente hacia otro lado”

Voy a intentar explicar de manera breve mis conclusiones (con cero evidencia científica, ni de ningún tipo) tras darle algunas vueltas a este tema.

Cuando miro a los ojos recibo tanta información, que me siento abrumada. Recibo tanta información que me sobrepasa.
Siempre he pensado que una mirada dice más que mil palabras, literal; y que el poder de las miradas para comunicar, es infinito.  

Por otro lado, soy reacia al contacto físico, y arisca también; pero, a la vez, soy una gran defensora de abrazar con la mirada.
Por este mismo motivo, es posible que para mí el hecho de mirar a los ojos sea algo demasiado íntimo. 

Anécdota sin sentido, o sí: siempre me ha dado mucha angustia las fotografías de ojos en gran tamaño. Me tapo los ojos (con perdón a la redundancia). 

Tengo que decir, a favor de los fans de “mírame a los ojos, no seas maleducada”  que es cierto que cuando hablo con alguien, me gusta un mini contacto visual para saber que la otra me está escuchando. Pero, tengo que decir en su contra (melodía de game over), que seguramente eso “me gusta” porque es lo que me han enseñado desde que nací.
Creo que me parecería igual de válido si la otra persona hiciera un gesto que ya me dejara entender que me está escuchando. 

Y para finalizar, muchas veces me cuesta mucho el contacto visual, porque hay tantos estímulos en un lugar (ruido, olores, colores,…) que es imposible que pueda estar mirando a la persona en cuestión. También es cierto que, en estas situaciones, casi seguro no puedo atender a lo que me están intentando contar.

Y hasta aquí, mis conclusiones sin fundamento pero con mucha auto investigación sobre el contacto visual 😉

contacto visual

¿Competitiva yo?

Siempre he pensado que no soy una persona competitiva. Vamos, estaba convencida.

La realidad es que creo que soy tan competitiva que evito muchas cosas por el miedo al fracaso. 

Por un lado, siempre pensaba que me daban igual las competiciones e, incluso, que las rechazaba. Y es verdad que puedo evitar cosas como competiciones por el estrés, a nivel de interacciones sociales, que me supone. Pero no nos engañemos, me da una rabia insana perder.
Por otro lado mi (hiper)autoexigencia es tan bestia que no soporto el fracaso que me supone cualquier cosa que no roce la perfección con la que la he imaginado. 

Todo esto es curioso y contradictorio, porque soy una persona muy impulsiva. Pero supongo que lo soy cuando no tengo “nada que perder”. 

El miedo y la frustración son cosas que, lamentablemente, han estado muy presentes a lo largo de mi vida. 

Y una de mis grandes máscaras siempre ha sido el camuflar esa competitividad extrema y esa poca tolerancia a perder o a no cumplir mis objetivos. Una vez más sonreía y cargaba con el desgaste de simular que no pasaba nada.

¡Estoy trabajando en mejorar esto! Para empezar, estoy aprendiendo a rebajar el nivelazo de los objetivos que me marco.

Sobre amigos y conocidos

Tras obtener el diagnóstico, me di cuenta de las dificultades que he tenido siempre para diferenciar quiénes eran amigos y quiénes eran conocidos.
¿Os imagináis el despropósito?
Esto me podía convertir tanto en una ingenua, una “iluminada”, para algunas personas; como en ser una presa fácil para otras (malas) personas. ¡Peligro! 

Por otro lado, una de las cosas que recuerdo, y ahora me parece curioso, es que cuando un profesional o conocido (¿o amigo?) me preguntaba “¿Qué es para ti un amigo?” yo respondía “una persona con la que pueda ser yo”. ¿Quizás estaba proyectando mi felicidad, sin darme cuenta, en el hecho de poder ser yo misma? 

Por otro lado, soy una persona distante, lo he dicho mil veces; y pocas veces dejo que me ayuden.
A veces pienso que es una coraza por el miedo de sentir el rechazo y frustración si, al abrirme, nadie quiere “estar ahí de verdad”. Supongo que estas son parte de las inseguridades eternas tras una vida sin diagnóstico, vistiendo corazas a modo de supervivencia. 

Y hasta aquí un mejunje de reflexiones sobre amistad.

Sobre amigos y conocidos

Soy autista. No soy especialista en autismo. 

Mi blog trata sobre mi propio descubrimiento del autismo en primera persona y en edad adulta.
Yo soy autista. No soy especialista (a nivel profesional) en autismo.

Llevo días pensando “¿Cómo explico esto sin que nadie lo malinterprete y que se me entienda? 
Hoy sigo pensando lo mismo, pero necesito compartirlo y mi impaciencia no puede esperar ni un minuto más .

Al compartir mi experiencia personal, a veces tengo ciertos sentimientos encontrados. 
A veces me siento una impostora, cosa que creo compartimos muchas; pero esto ya es otro temazo (síndrome del impostor) . Y muchas otras veces me siento mal por pensar que algunas personas pueden tomarse al pie de la letra lo que yo explico, como si “todo fuera autismo”. 

Yo hablo de mí, como Sara, como persona.
Habrá cosas que son características del autismo y otras que no. Así como muchas otras cosas que compartiré con personas neurotípicas y esto no las convierte automáticamente en autistas, ni mucho menos en “un poco autistas” como dicen algunos.
Muchas veces compartimos cosas pero la diferencia puede ser la intensidad y/o la frecuencia en sentir esas cosas.  
E, igualmente, puede ser que un mismo rasgo a mí me resulte una dificultad que me impida llevar a cabo unas tareas, mientras que a otra persona eso mismo no le afecta para nada en su vida diaria. 

Por otro lado, quiero decir (y dar las gracias infinitas) que sí que hay muchas personas autistas formadas, o formándose, en autismo. Eso es maravilloso.
No es mi caso, aunque es cierto que estoy aprendiendo muchísimo por el hecho de haberme convertido en mi propio “súper interés”. 

¡Ojo! Que no sea profesional no significa que no tenga, o no deba tener, voz. Todo lo contrario, a las personas autistas se nos debe escuchar y respetar como se hace con otras personas en charlas, congresos, cursos, formaciones… Tenemos que estar, igual que tienen que estar las personas formadas (y actualizadas, por favor).

Resumiendo un poco, lo que quiero decir es que yo hablo de mí, de cómo siento y vivo las cosas. Que es posible que hoy lo cuente de una manera y dentro de 6 meses, o mañana mismo, lo vea de otra manera. Puede ser.  

Y, para terminar, quiero decir que, aunque tarde bastante en responder a todos los mensajes, yo estoy más que encantada en poder resolver dudas, ayudar y charlar, pero siempre desde “mi sitio”. 

¡Gracias!

Soy autista. No soy especialista en autismo.

Sobre relaciones sentimentales: la vulnerabilidad

Como ya comenté en el primer capítulo sobre relaciones sentimentales, todo lo que escribo sobre este tema es mi opinión personal, en general, en base a mi propia experiencia y a la de muchas otras mujeres que se encuentran en el espectro del autismo. 
Hoy quiero hacer una pequeña reflexión sobre algo que me preocupa mucho: las situaciones de vulnerabilidad en las que nos podemos encontrar en la sociedad actual. 

Tras hablar con otras personas, no hace mucho, me hice una pregunta: 

Si me cuesta interpretar las propias emociones y  expresarlas; ¿Cómo voy a entender las de los demás y, por ende, sus intenciones? Ese día empecé a comprender muchas cosas. 

Seguí con mi reflexión y me di cuenta de que a esta dificultad suele, o puede, ir acompañada de impulsividad, transparencia y/o literalidad.
Resultado de todo esto: una bomba de relojería. PELIGRO.

¿Entiendo que a toda esta mezcla bomba de la que hablo, se la llama ingenuidad? Algo que se considera negativo por supuesta falta de madurez ¿Sí?  ¿Vivimos en una sociedad en la que ir con la verdad por delante, con transparencia, es algo negativo?  

Desde mi punto de vista, todo esto nos convierte en perfiles susceptibles de ser víctimas de acoso, abusos, malos tratos y otras situaciones peligrosas e invisibles en la mayoría de los casos. 
Además, si le añadimos esa necesidad de encajar y de querer agradar, de enmascarar, la relación tóxica está casi asegurada a lo largo de nuestra existencia. 

Así que, una vez más, me reafirmo en la necesidad e importancia de tener un diagnóstico cuanto antes mejor.

Para finalizar, y a modo de declaración de intenciones, os digo que:

En referencia a la primera parte, a la de las emociones, puedo aceptar que es algo que puedo y, quizás, debo aprender porque es imprescindible para la convivencia que tanto anhelo. 

Pero… ¿Lo segundo también debo aprenderlo? Tengo que aprender a decir y entender lo contrario de lo que realmente es, o a esconder lo que siento y/o pienso; y tengo que estar siempre alerta para interpretar cada palabra en sus posibles dobles sentidos…. ¿Eso es así?
Pues por mi parte digo que NO. Eso no me interesa ni creo que sea necesario. Esta parte se va con la máscara, aviso.

Relaciones sentimentales y vulnerabilidad

Parecer normal no es la solución

En mi opinión y en base a mi experiencia: parecer normal no es la solución. 

Yo misma me he pasado la vida entera intentando ser una más.  Y, sí, creo que se me ha dado bastante bien, porque para algunas personas tengo esa capacidad, o ese don, de camuflar lo que me hace diferente; de ocultar mis “rarezas”.

Pues bien, el obligarme (a mí misma) a encajar con un mundo que no comprendía, a ser una persona en la que no me reconocía, a desvirtuar mi propia identidad y a sobrevivir en silencio; no ha hecho nada más que convertirme en una persona vulnerable en demasiadas situaciones mientras se iba deteriorando mi salud mental. Hasta llegar a un desgaste insoportable.  

Quizás hay algunas “habilidades sociales” que otras personas las llevan de serie y yo las tengo que aprender, sí, puede ser. Pero también es verdad que tengo el mismo derecho que el resto de personas a ser yo misma. 

Con esto, lo que quiero decir es que debemos empezar a entender la diversidad como algo positivo y enriquecedor. Y, en resumen, a entender que la normalidad no debería ser lo estandarizado sino más bien la diversidad. 

parecer normal no es la solución

SOMATIZAR

Durante toda mi vida, siempre he sido la reina de las “itis” (bronquitis, faringitis, otitis…) y la princesa de las “pupitas” (dolores de cabeza, de tripa, de articulaciones, de espalda, de cervicales…).  Lo de somatizar siempre se me ha dado de maravilla.

Con los años, pasé de ser la pesada que siempre estaba enferma, o la cuentista; a ser la floja que lo somatiza todo. Una “quejica” en toda regla para mi entorno.
A mí me frustraba mucho estar siempre así. 

Desde que tengo el diagnóstico, y he podido poner nombre a lo que me ocurre, se ha reducido considerablemente mi nivel de ansiedad y, por ende, las continuas bajadas de defensas y malestares varios.
La ansiedad sigue estando, por supuesto, pero para nada en esos niveles tan estratosféricos. 

Y cuando hablo de somatizar, hablo de situaciones como por ejemplo: 

  • De niña hubo un invierno que una conocida me quería enseñar a esquiar y eso suponía ir el fin de semana con ella + una actividad nueva en un sitio nuevo, etc. Pues bien, casualmente cada viernes que tenía programado ir, me ponía enferma. 
  • Me apuntaron a patinaje sobre hielo también de niña y recuerdo que me sentía muy torpe (que lo soy), observada, insegura… Era un entorno que no lo recuerdo agradable. Resultado: salía con fiebre cada vez y no era del frío.
  • En secundaria recuerdo una época que me dolía la tripa caaaaada mañana antes de ir al colegio. Pero dolor de morir. 
  • Hará unos 3 años tuve anginas 8 veces en un año. Estuvieron a punto de operarme porque “no era normal”. 
  • Durante años fui a muchos médicos para consultar sobre mis dolores de cabeza y de tripa continuos. Me hicieron infinidad de pruebas y, por suerte, siempre salía que estaba todo perfecto. ¡Ah! y siempre escuchando comentarios tipo “cómo te gusta ir a médicos”. Obviamente no me gustaba, pero estaba buscando muchos porqués. 

Ayer salió este tema en un podcast que estuvimos grabando varias personas y creo que es importante escribir sobre ello.
Porque hasta ahora lo había hablado de la somatización en algún vídeo, pero creo que no le había dado la importancia que tiene por lo común que es entre las personas que hemos recibido un diagnóstico tardío y/o no hemos recibido la atención y apoyos necesarios. 

Importante: cuando una somatiza, es por algo. No lo pasemos por alto ni le restemos importancia. Cada señal que nos da el cuerpo, es importante.

somatizar

ABRAZOS

Siempre digo que no me gustan los abrazos, pero creo que no es exactamente así.
Quizás es más correcto decir que no me gusta cualquier abrazo.
Hay un detalle importante y es que: prefiero abrazar a que me abracen. Eso sí, reconozco que abrazo poco, muy poco. 

No me gustan los abrazos superficiales, pero sí que me gustan, y necesito, los abrazos profundos; esos que te dejan casi sin respiración.
Una vez más me voy a los extremos y soy contradictoria (¡así soy!). 

Tengo que decir que esta es una de las cosas que me intriga encontrar el “porqué”.  Y estamos en ello con Júlia (Terapeuta Ocupacional), analizando cada cosita para ir entendiendo muchos porqués e ir ordenando cosas.

Al analizarlo por mi cuenta, pienso que no me gusta abrazar en general porque es una clara invasión de mi espacio. Y ya sabemos que el contacto físico suele generarme malestar. Además, seguro que también influyen los olores y otros tantos estímulos que recibo con tanta proximidad física.
Por otro lado, entiendo que los abrazos profundos son súper reguladores para mí porque necesito sentir más presión (tacto profundo) para regularme ante tantísimo estímulo.
Y con mis teorías me estoy haciendo unas mezclas interesantes de “hiper” e “hipo” que no habrá quien me entienda, pero que estudiaré intensamente las próximas semanas 🙂

Por último, y no menos importante: yo siempre aviso antes de abrazar y pido permiso. Cosa que me encantaría que hicieran las otras personas conmigo. Y puestos a pedir, que nadie se ofendiera ni me señalara si mi respuesta es un no.

Sé que suena raro, pero pídeme permiso para abrazarnos.

abrazos

Mis capacidades: intereses.

Dije que haría más publicaciones sobre “mis capacidades” y va a ser que no las he hecho ✌🏼
Hoy he pensado en algo que yo la veo como una capacidad y son mis súper intereses.

Creo que mis “súper” intereses son una capacidad porque cuando algo me apasiona (yo necesito más inputs que un “simple” me gusta), sale la intensidad e hiperexigencia que llevo dentro y creo que no hay quien me gane en eso.
Habrá quién lo llame obsesión o similar… para mí es pasión en estado puro y me suelo sentir genial mientras dura. Aunque luego es posible que me acompañe un bajonazo (shutdown) tras tantas emociones. 

La parte negativa es que mientras estoy súper focalizada en mis intereses soy capaz de olvidarme de hacer cosas como comer (eso no suele ocurrirme, no nos engañemos, vamos a decir de comer bien) o dormir. Y a veces mi autoexigencia puede ser algo destructiva. ¡Estoy trabajando en ello!

Eso sí, reconozco que: con la misma velocidad e intensidad que me pongo a hacer lo que sea, soy capaz de dejarlo sin terminar de golpe y porrazo, sin avisar. En eso reconozco que tengo un don (ironía).
Un día puedo decir que X es lo más del mundo y al día siguiente X me da completamente igual. Ya sabéis que los extremos están presentes en todo por aquí.

En fin, voy a seguir con mi súper interés de hoy 😉 

Mentir

Sé mentir pero creo que no lo siento tan necesario como otras personas en mi vida diaria. O eso creo. 

Dicen que tengo pocos filtros, que se me nota mucho cuando intento mentir e incluso creen que soy graciosa. Esto último supongo que me lo dicen porque se me suele escapar la risa.
Y casi siempre me pongo roja como un pimiento. Soy fácil de delatar. 

Tengo la sensación de que vivo en una sociedad donde mentir parece que forma parte de los “formalismos sociales” que intento cumplir, muy a mi pesar. 
Además, esta costumbre extraña hace que tenga que estar continuamente descifrando las verdades entre “pequeñas” mentiras…. Y es un poco agotador, la verdad. 

No me gusta mentir. Me parece una pérdida de tiempo y energía innecesaria.
Sé que las cosas se pueden, y deben, decir sin hacer daño a la otra persona. Y también sé que a veces puedo ser muy directa sin darme cuenta y puedo molestar a mi interlocutor. Lo siento por la parte que me toca.
Pero creo que una verdad bien dicha siempre será mejor que cualquier mentira.

Por otro lado, tengo que decir que creo que en algunas situaciones miento por supervivencia. Por ejemplo: cuando estoy en pleno apagón (shutdown) es más fácil decir que tengo un virus para evitar alguna situación que no me veo capaz de afrontar, que explicar lo que me pasa y arriesgarme a tener que escuchar respuestas que me terminen de derrumbar. 

En resumen: sé mentir (otro de los mitos que existen sobre el autismo) pero no me gusta y se me da fatal.   

Mitos sobre el autismo: mentir