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Cuando hablamos de inclusión vs convivencia, no estamos discutiendo palabras, sino modelos de relación y de poder.

Durante años hemos hablado de inclusión como si fuera, por definición, algo positivo. Una palabra amable, bienintencionada, casi incuestionable. Pero ¿y si nos detenemos un momento a pensar qué implica realmente?

¿Qué significa incluir?

Incluir significa que alguien decide quién está dentro y quién está fuera. Significa que existe un centro desde el cual se otorga, o se niega, el acceso.
Y eso abre una pregunta incómoda pero necesaria: ¿por qué algunas personas tienen que ser incluidas?

Si hablamos de inclusión, es porque antes hubo exclusión.
¿Es justo que algunas personas tengamos que ser incluidas para poder formar parte de un mundo que también nos pertenece?
¿Que nuestra presencia en determinados espacios se viva como un gesto de generosidad y no como un derecho?

El problema de fondo

Cuando una persona siente que le están “haciendo un favor” por dejarla participar, algo no está funcionando. No hablamos solo de barreras físicas o administrativas, sino de una lógica más profunda: la idea de que hay cuerpos, mentes o formas de estar en el mundo que no encajan del todo, y que por tanto necesitan ser toleradas, adaptadas o aceptadas.

Desde ahí, la inclusión se queda corta.

Convivencia real

En mi opinión, el objetivo no debería ser la inclusión, sino la convivencia real. Un modelo en el que no haga falta incluir a nadie porque partimos de una base distinta: que el mundo nos pertenece de igual manera a todas las personas.

Convivir no es permitir. No es integrar a posteriori. Es construir los espacios, las normas y las relaciones contando desde el inicio con la diversidad humana.

¿Puede la inclusión ser un puente?

Yo creo que sí.
En determinados contextos, la inclusión puede funcionar como un paso intermedio, un puente hacia algo mejor. Pero solo si no se convierte en postureo, ni en una etiqueta vacía que tranquiliza conciencias sin transformar estructuras.

La inclusión como discurso pierde sentido cuando no va acompañada de cambios reales: en derechos, en accesibilidad, en poder de decisión, en reconocimiento.

Una invitación a revisar el lenguaje

Las palabras importan porque reflejan cómo pensamos y cómo actuamos. Revisar el uso de inclusión no es un capricho semántico, sino una forma de preguntarnos qué mundo estamos construyendo y para quién.

Quizá ha llegado el momento de dejar de hablar tanto de incluir y empezar a hablar más de convivir.

¡Gracias por leer y por reflexionar conmigo!

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