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Al inicio de curso hablamos de horarios, materiales, normas y objetivos. Pero la accesibilidad también debe estar preparada desde el primer día.

Cuando hay alumnado autista en el aula, la accesibilidad no debería improvisarse cuando aparecen las dificultades ni plantearse únicamente como una respuesta de emergencia cuando un alumno o alumna ya no puede más, se ha desregulado o ha dejado de asistir a clase.

Anticipar, escuchar, flexibilizar y ofrecer adaptaciones no significa bajar el nivel ni conceder privilegios. Significa retirar barreras para que todo el alumnado pueda aprender y participar en igualdad de condiciones.

Cada persona autista es diferente y no existe una única lista de medidas que funcione para todas. Sin embargo, hay algunas cuestiones que cualquier docente debería tener presentes si cuenta con alumnado autista en el aula.

1. Conoce a la persona más allá de su diagnóstico

Los informes pueden ofrecer información útil, pero no explican todo sobre una persona. Tampoco son una fotografía permanente: sus necesidades, capacidades y dificultades pueden haber cambiado desde que fueron redactados.

Además, dos estudiantes con el mismo diagnóstico pueden necesitar apoyos completamente distintos. A uno puede ayudarle disponer de información visual; otro quizá prefiera recibirla por escrito. Uno puede necesitar salir unos minutos del aula para regularse y otro sentirse más seguro permaneciendo en su sitio.

Por eso, además de consultar los informes, es importante preguntar al propio alumno o alumna qué necesita, qué le ayuda y qué puede dificultarle el día a día. La familia también puede aportar información valiosa, especialmente al inicio de curso, pero escuchar directamente a la persona autista —utilizando la forma de comunicación que necesite— debería formar parte del proceso.

2. No esperes a que aparezca una crisis para hacer adaptaciones

Cuando una persona llega a una situación de desregulación intensa, probablemente lleva bastante tiempo intentando soportar un entorno que le resulta inaccesible.

Anticipar los horarios y los cambios, explicar qué va a suceder, ofrecer instrucciones claras, acordar una manera de pedir ayuda o disponer de un lugar tranquilo puede evitar mucho sufrimiento. También puede favorecer el aprendizaje, la participación y la confianza en el profesorado.

No es necesario esperar a que algo vaya mal para comprobar si una adaptación era necesaria. La accesibilidad empieza antes: se piensa, se prepara y se incorpora desde el principio.

3. Regularse no es portarse mal

Moverse, balancearse, manipular algún objeto, utilizar auriculares o salir unos minutos del aula pueden ser formas de mantenerse regulado. No siempre indican falta de interés, desafío a la autoridad o intención de molestar.

En ocasiones, aquello que desde fuera se interpreta como una conducta inadecuada es precisamente la estrategia que está permitiendo a la persona continuar en el aula, atender o evitar una sobrecarga.

Antes de intentar eliminar una conducta, conviene preguntarse qué función cumple. No debería negarse una estrategia de regulación únicamente porque resulte extraña, poco convencional o diferente de lo que hace el resto del alumnado.

4. Comunicarse no siempre significa hablar

Algunas personas autistas se comunican mediante el habla; otras utilizan sistemas aumentativos y alternativos de comunicación —SAAC—, escritura, gestos, imágenes u otras formas de expresión. También hay personas que pueden hablar habitualmente, pero tienen dificultades para hacerlo en determinados momentos o situaciones.

Todas estas formas de comunicación deben ser reconocidas y respetadas.

También es importante ofrecer tiempo para procesar la información y elaborar una respuesta. Que un alumno o alumna no responda inmediatamente no significa que no haya escuchado, que no haya entendido nada o que esté ignorando al profesorado.

Repetir la misma pregunta una y otra vez, elevar la voz o exigir una respuesta inmediata no facilita necesariamente la comprensión. A veces solo añade presión a una situación que ya puede resultar difícil.

5. No hay una única manera de prestar atención

Mirar a los ojos, permanecer completamente quieto, responder de inmediato o participar de la manera habitual suelen interpretarse como señales de atención. Sin embargo, no todas las personas demuestran que están escuchando de la misma forma.

Un alumno puede evitar el contacto visual para poder concentrarse mejor. Puede necesitar moverse mientras escucha, tardar en responder o preferir no intervenir oralmente ante toda la clase. Nada de esto permite concluir, por sí solo, que no está prestando atención o que no ha entendido.

Si queremos saber qué ha aprendido, tendremos que permitir distintas maneras de demostrarlo. Obligar a todo el alumnado a atender, participar y responder de una única forma también crea barreras.

6. Quien «no molesta» también puede estar pasándolo mal

No todo el malestar se ve desde fuera.

El alumnado que permanece callado, obedece, obtiene buenas notas y no interrumpe también puede estar realizando un esfuerzo enorme para soportar el ruido, la incertidumbre, las demandas sociales o el miedo a equivocarse.

Algunas personas autistas aprenden a ocultar sus dificultades para evitar llamar la atención, recibir reprimendas o sentirse todavía más diferentes. Pueden aguantar durante toda la jornada y desregularse al llegar a casa, o experimentar un agotamiento que pasa completamente inadvertido en el centro educativo.

Que un alumno o alumna no exteriorice su malestar no significa que este no exista. Tampoco deberíamos utilizar su aparente capacidad para soportarlo como prueba de que no necesita apoyos.

7. Los ajustes razonables son un derecho, no una ventaja

Los ajustes razonables son las modificaciones necesarias para eliminar las barreras que encuentra una persona con discapacidad y permitir que pueda acceder al aprendizaje y participar en igualdad de condiciones.

Pueden consistir, por ejemplo, en anticipar los cambios, ofrecer más tiempo para procesar una pregunta, permitir el uso de auriculares, adaptar la forma de presentar una actividad, disponer de pausas o aceptar diferentes maneras de participar y comunicarse.

No son un premio, un favor ni una concesión. No tienen que ganarse mediante el buen comportamiento y nunca deberían retirarse como castigo.

La legislación española reconoce el derecho del alumnado con discapacidad a una educación de calidad en igualdad de condiciones y establece que las administraciones educativas deben proporcionar los apoyos y ajustes razonables necesarios. También considera que incumplir la obligación de realizarlos puede vulnerar el derecho a la igualdad de oportunidades de las personas con discapacidad. Puede consultarse en el Texto Refundido de la Ley General de derechos de las personas con discapacidad y de su inclusión social.

8. El acoso escolar no son «cosas de niños»

El alumnado autista presenta un riesgo especialmente elevado de sufrir acoso escolar. El informe Situación del alumnado con trastorno del espectro del autismo en España, elaborado por Autismo España, señala que el alumnado con necesidades educativas específicas puede tener entre dos y cuatro veces más riesgo de ser víctima de acoso que el resto de sus compañeros y compañeras.

Además, no siempre puede identificar lo que está sucediendo o explicar con claridad que está siendo acosado. La exclusión, las burlas, los engaños, la manipulación o las amenazas pueden confundirse con bromas o conflictos sin importancia.

Por eso no basta con esperar a que la persona autista denuncie la situación. Es necesario observar, prevenir y actuar. El recreo, el comedor, los pasillos, las excursiones y otros espacios menos estructurados también forman parte de la vida escolar y requieren atención.

Prevenir, detectar e intervenir frente al acoso es responsabilidad de toda la comunidad educativa. 

9. La violencia también puede venir de una persona adulta

Cuando hablamos de violencia en los centros educativos solemos pensar únicamente en lo que sucede entre el alumnado. Sin embargo, una persona adulta también puede ejercerla.

Ridiculizar, humillar o exponer las dificultades de un estudiante ante el resto de la clase es violencia. También lo es imitar sus gestos para burlarse, castigar sus formas de regulación, amenazarlo con retirarle los apoyos o utilizar sus necesidades como motivo de escarnio.

Estas actuaciones no pueden justificarse como una manera de mantener el orden, enseñar a comportarse o preparar al alumno para «el mundo real».

Del mismo modo, negar los ajustes razonables que una persona necesita no es una medida educativa. La Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad incluye la denegación de ajustes razonables entre las formas de discriminación por motivos de discapacidad.

10. La convivencia no consiste en obligar a encajar

Con demasiada frecuencia, toda la responsabilidad de adaptarse recae sobre la persona autista. Se espera que soporte el entorno, controle sus movimientos, se comunique de la manera considerada correcta, participe como el resto y oculte todo aquello que pueda resultar diferente.

Pero la convivencia no consiste en enseñar a una persona a parecer menos autista.

No podemos responsabilizarla por no encajar en un entorno que no contempla sus necesidades. La convivencia también exige que el entorno cambie, retire barreras y respete otras formas de comunicarse, participar, aprender, ser y estar.

Preparar un aula accesible no significa tener previstas todas las respuestas. Significa estar dispuesto a preguntar, escuchar y rectificar. Significa comprender que una adaptación no da ventaja a quien la recibe, sino que le permite afrontar una situación que no estaba diseñada teniendo en cuenta sus necesidades.

Y, sobre todo, significa no esperar a que el alumnado autista esté pasándolo mal para empezar a acompañarlo.

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