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Todavía hoy mucha gente imagina el autismo como una especie de escala lineal: desde “poco autista” hasta “muy autista”. Una idea simplificada que, además de ser incorrecta, contribuye a generar muchísimos malentendidos sobre qué es realmente el autismo.

Pero el espectro autista no funciona así.

No existe una línea recta donde una persona esté “más” o “menos” dentro del espectro. El autismo funciona más bien como un perfil complejo, desigual y profundamente individual, donde diferentes características pueden aparecer de maneras muy distintas en cada persona.

Algunas personas pueden experimentar más desafíos en las interacciones sociales y poca necesidad de rutinas. Otras pueden tener una sensibilidad sensorial muy intensa y, al mismo tiempo, desenvolverse bien en determinados contextos sociales. Algunas necesitan mucha estructura y otras no. Algunas hacen mucho stimming y otras apenas lo muestran externamente. Algunas tienen una relación más compleja con la planificación, la organización o el inicio de tareas, mientras que otras encuentran en la estructura y los sistemas una herramienta natural de regulación.

Y todas siguen siendo igualmente autistas.

Por eso resulta tan importante dejar atrás la idea del espectro como una escala de intensidad. Porque no hablamos de “cantidad de autismo”, sino de combinaciones diferentes de características, necesidades y formas de percibir el mundo.

Entonces, ¿qué sí puede variar?

Lo que sí puede variar —y mucho— son las necesidades de apoyo, el nivel de autonomía o la dependencia de terceras personas.

Algunas personas autistas pueden necesitar ayuda puntual en determinados momentos o contextos. Otras pueden necesitar apoyos intensos y asistencia en su vida diaria. Algunas pueden vivir de manera completamente independiente y otras requerir acompañamiento constante.

Pero eso no hace que unas sean “más autistas” que otras.

Simplemente refleja que las necesidades de apoyo no son iguales para todo el mundo. Y entender esta diferencia es fundamental para evitar comparaciones dañinas, discursos invalidantes o jerarquías dentro del propio espectro.

Ninguna realidad invalida la otra

Uno de los grandes problemas cuando hablamos de autismo es que a menudo se intenta enfrentar unas experiencias con otras. Como si la existencia de personas autistas con más autonomía invalidara la realidad de quienes necesitan apoyos intensos. O como si las personas con mayores necesidades de apoyo invalidaran las vivencias de quienes han pasado desapercibidas durante décadas.

Pero ninguna realidad invalida la otra.

El espectro autista es amplio, diverso y complejo precisamente porque incluye realidades muy distintas entre sí. Y visibilizar esa diversidad no debería servir para competir, sino para comprender mejor la amplitud del propio espectro y garantizar derechos, apoyos y dignidad para todas las personas autistas.

Porque el objetivo no debería ser decidir quién es “más” o “menos” autista.

El objetivo debería ser construir una sociedad capaz de entender que existen muchas formas diferentes de ser, sentir, comunicarse y habitar el mundo.

Puedes descargarte este material y otros AQUÍ.

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