Literalidad y camuflaje autista

Aquí va una mezcla de literalidad y camuflaje autista 😉 

enmascaramiento y camuflaje autista en mujeres Asperger

Cuando alguien me dice el típico «No seas así«, ya sé que no significa NO + SEAS + ASÍ, sino que hay algo más extenso detrás de estas tres palabras (no te comportes así si ya sabes como son, simula que te interesa y habla, no te vayas tan pronto si los demás lo estamos pasando bien… Y así un largo etcétera).

Mi respuesta inmediata con un ¿Y cómo quieres que sea? (normalmente levantando la ceja izquierda y haciendo una mueca), a pesar de saber que es una pregunta retórica, es una respuesta literal. Lo pienso y me intriga saber cómo espera o quiere que sea “yo” la persona que tengo delante. O cómo debería haber actuado para complacer. 

Lo voy a intentar explicar desde mi “yo antes del diagnóstico” y en parte desde mi “yo actual”; porque tener el diagnóstico de autismo no hace desaparecer por arte de magia los comportamientos que he tenido toda mi vida. Tener el diagnóstico es más bien un punto de partida para trabajar estos comportamientos, para conocerme y para encontrar la manera de ser feliz con mi “yo más real”. 

Durante estos meses he descubierto conceptos como el camuflaje autista o la máscara social. Y no es nada más que una de las primeras cosas que escribí como “lo que debía pero no quería ser” o  “el esfuerzo para comportarme de la manera correcta”.  Algo que he venido haciendo toda mi vida y darme cuenta ha sido de las cosas que más me han afectado. Porque de alguna manera, sin darme cuenta. se había convertido en mi modus vivendi o en mi mayor recurso de supervivencia frente a una sociedad difícil de encajar.

Cuando sientes que eres diferente y tienes este sentimiento de no pertenencia a nada ni a nadie, de una manera tan fuerte, aprendes a funcionar por patrones. A comportarte como los demás esperan que lo hagas, o peor, como crees que esperan que lo hagas. 

Te vuelves una experta en analizar y sobreanalizar no sólo los patrones de funcionamiento de tu entorno, sino tu propio comportamiento. Ensayas los posibles diálogos antes de participar en cualquier interacción social (ya sea personal o de trabajo), con las correspondientes expresiones faciales y movimientos de manos delante de un espejo; intentando planificar todas las posibles variables con el objetivo de prever cualquier imprevisto (contradictorio, ¿no?). . 
Así que, a modo de resumen, cuando contesto con este ¿y cómo quieres que sea?”, de alguna manera estaba (y creo que todavía estoy) pidiendo más información para seguir llevando a cabo este camuflaje social que llevo tantos años practicando. Un enmascaramiento que se traduce en nervios, desgaste, cansancio extremo y desánimo. Llevando, en mi caso, a ansiedad y depresiones.

Hasta aquí algo más de literalidad y camuflaje autista.

TDAH como comorbilidad del TEA

En marzo de 2018 me diagnosticaron TDAH (Trastorno por déficit de atención e hiperactividad subtipo combinado) según criterios diagnósticos DSM-5. Este diagnóstico me ayudó a resolver alguna parte de mi vida que me dificulta bastante el día a día, sobre todo laboral. Pero enseguida sentí que no era para nada la respuesta a todo lo que me pasaba por dentro. Había algo más.
Más de 2 años más tarde llegó el diagnóstico de TEA (Trastorno) Condición del Espectro Autista grado 1, convirtiendo el TDAH en mi comorbilidad del autismo.

Para explicar cómo vivo el TDAH, suelo poner ejemplos, como: 

  • Estar teletrabajando, tener sed, e ir a la cocina unas 10 veces hasta que logro recordar el porqué había ido a la cocina. Y mientras he ordenado mi casa, he desayunado 3 veces y he hecho todo tipo de cosas mientras me pregunto “¿por qué he venido a la cocina?” 
  • Hacer listas de compra o de tareas y no mirarlas…. Las alarmas en el móvil son bastante útiles en estos casos. 
  • Me costaba centrarme en hacer una única cosa y a veces necesitaba estar haciendo 5 cosas a la vez para conseguir “concentrarme”. También es cierto que esto me ocurre con cosas que no me motivan. 
  • Desconectar continuamente en conversaciones y perderme en mis mundos (esto no sé ahora si va más relacionado con el autismo). 

No he tenido mucho tiempo de analizar ambos diagnósticos, pero sí tengo la sensación de que tienen cosas que común y todavía no sé dónde tendría que ubicar “mis cosas” si me hicieran clasificarlas en un lado o en otro.
La cuestión que es ser la dispersión con patas no me ayuda nada a organizarme y tener las rutinas que necesito, pero con unas buenas herramientas puedo mejorar mucho mi día día. ¡Y en esto estoy sin parar!

TDAH, Trastorno del déficit de atención e hiperactividad. Comorbilidad con el Trastorno del espectro autista. Asperger

Shutdown y autismo: Un día de apagón y colapso sensorial

Hoy tengo un día de los malos y he decidido escribirlo. Porque no todo va de escribir sobre un pasado que estoy analizado o sobre unos objetivos para construir un futuro mejor. 
Esto también va de presente y hoy tengo un shutdown (apagón, colapso, derrumbe sensorial) de los que parece ser son habituales en las personas autistas y/o con alta sensibilidad. 

A veces me pasa: Me quedo sin energía.
Y es algo que me puede pasar un día por la mañana al despertarme o por la tarde, de golpe. Simplemente me pasa y hasta ahora era una de las cosas para las que no encontraba explicación y me inquietaba.
¿Cómo podía estar eufórica (meltdown) por la mañana y hecha polvo (shutdown) por la tarde sin que aparentemente hubiera pasado nada? 

Pues bien, vamos a lo que iba, a explicar cómo me siento. 

Antecedentes: el día anterior.

Llevaba una semana prácticamente sin salir de casa y sola. Sin tener casi interacciones sociales, pero las pocas que tuve fueron intensas (Navidad). 
Volvieron mis hijos, a quienes adoro pero obviamente requieren mi atención y pasar del 0 (estar sola) al 100 (que estén en casa) es intenso para cualquier madre o padre. ¡Y sin entrar en malinterpretaciones por favor! Mi estado de felicidad máxima es el 100: estar con ellos.
Ayer fuimos a hacer recados, de tienda en tienda, y aproveché para hacer cosas que no podía seguir evitando, como ir a Correos (odio ir, siempre hay colas y mucha gente), o ir a un supermercado fuera del horario de “poca afluencia”. Pero como iba con ellos, pensé que era una buena idea ir y enfrentarme a cosas que se han agudizado durante el confinamiento, como evitar ir al supermercado, etc.  

La verdad es que me sorprendió lo bien que lo pude ir asimilando todo, con mis gadgets en mi muñeca y bolso para ir canalizando en momentos de agobio, pero en resumen, estaba satisfecha de cómo había ido el día. 

Llegó la noche y ya noté que empezaba a estar cansada, aunque no era nada preocupante. Simplemente tenía más sueño de lo habitual. Casi me duermo antes de las uvas, pero conseguí mantenerme despierta 😉

¿Cómo me siento hoy en pleno shutdown? 

Hoy me he despertado cual zombie y no levanto cabeza.

Voy a hacer una lista de cómo estoy pasando el día hoy: 

  • Agotada. Con un desánimo extremo. 
  • Tristeza profunda sin un motivo concreto y sin poder llorar.
  • Dolor de cabeza que no se va con nada y sensación de pesadez. 
  • Sensación de falta de memoria. 
  • Poco creativa. 
  • Callada. No me salen las palabras ni tengo nada que contar. 
  • Apatía y desmotivación. Falta de interés por todo. Incluso diría que algo insensible y fría. 
  • Poca tolerancia a la música con ritmos rápidos o a escuchar voces. 
  • Dificultad para conectar con otras personas, escuchar y mucho menos interactuar. 
  • Imposibilidad de tomar decisiones (diría un fácil sí a todo seguramente). 
  • Poca tolerancia a la ropa ajustada (sobre todo los calcetines). 

¿Qué me hace sentir mejor en estos momentos de colapso? 

Todavía no lo tengo muy claro, es algo que he decidido investigar iniciando hoy, 01/01/2021, un “cuaderno de bitácora” para ir apuntando cada día los estímulos que recibo, mis reacciones, mis sensaciones… necesito saber más y poder entenderme para ayudarme. 

Hoy, por ejemplo, necesito (o necesitaría): 

  • Que paren el mundo (como diría Mafalda) 
  • Música relajante (a poder ser, nueva, que no me recuerde a nada ni a nadie) o sonidos monótonos con mis auriculares con cancelación de ruido. 
  • Meterme en la cama o el sofá, escondida debajo del edredón o con la manta de peso. 
  • Tumbarme en el suelo boca abajo con la cara y palmas de las manos sobre el suelo frío. 
  • Estar sola (aunque sea sólo un rato para recuperarme). 
  • No hacer nada. Ni siquiera pensar. Como máximo mirar las nubes por la ventana. 
  • Luz tenue. 

Y por parte de quien esté cerca y me quiera, lo que necesito creo que es:

  •  Que respete mi espacio y mi silencio para poder sanar ese cansancio y dolor de cabeza. 
  • Que no se me presione en explicar qué me pasa, dando por supuesto que me tuviera que pasar algo tipo un enfado, un disgusto, una frustración, etc. .No, no es eso. Sólo necesito cargar mi “batería”. 
  • Que no se me juzgue por lo que hago ni por necesitar momentos de desconexión para adaptarme a una sociedad mayoritariamente alista / neurotípica.  

shutdown y colapso sensorial

Yo misma como interés restringido. Estereotipias.

Creo que desde el diagnóstico me he convertido yo misma en mi propio interés restringido y esto me está llevando a descubrir cosas que me tienen fascinada como, por ejemplo, las estereotipias (autoestimulación o stimming)

A pesar de creer que lo tenía todo bastante bien clasificado y controlado por patrones de funcionamiento, así como creer ser una gran actriz o una una gran maga haciendo desaparecer ciertos movimientos o comportamientos en público… ahora creo que no era así. O por lo menos, no tanto. 

Pienso que tengo bastante controladas las situaciones más habituales. Pero a la vez creo que ciertos movimientos de autoestimulación (stimming) no los “reprimo”, como yo creía, sino que los “normalizo” sin darme cuenta en mi día a día. Porque, no nos engañemos, cuando me emociono y/o me pongo nerviosa, no lo puedo contener dentro ¡Explotaría!
Para poner un ejemplo: si alguien me sujetara las piernas para que no saltara, pues aplaudiría. Y si también me cogieran las manos, pues haría “chilliditos” (me temo que esta palabra no existe, pero no encuentro una que esté aceptada y lo pueda definir mejor).

Es cierto que puedo reducir estos movimientos, o de alguna manera posponerlos, sí que puedo. Pero al llegar a casa pagaré las consecuencias de esta contención si por el camino no he conseguido descargar todo lo que me he quedado dentro. 

¿Qué movimientos creo que tengo “normalizados”? 

  • Estiramientos de cuello, espalda y extremidades.
  • Abrir las manos y estirar los dedos como si me tuvieran que salir disparados.
  • Entrelazar las manos y estirar los dedos. Jugar con las manos y los dedos. 
  • Tener cosas en las manos como bolígrafos, gomas de pelo, clips de oficina, sacapuntas (para rascar los laterales), etc. 
  • Rascar cremalleras o abrirlas y cerrarlas (si van muy finas, no). 
  • Apretar y mover algún objeto un poco “áspero” entre los dedos pulgar e índice.  
  • Cerrar los puños estrangulando los pulgares o clavándome las uñas. 
  • Encoger y estirar los dedos de los pies. 
  • Hacer muecas con la boca y nariz. 
  • Tener en la mano algún colgante metálico. 
  • Subir y bajar escaleras. 
  • Dar saltitos o subir y bajar los talones o las puntas de los pies. 
  • Golpear la mesa con los dedos como si tocara el piano..
  • Dibujar cuadrículas y/o series en un papel o “tachar”.
  • Aplaudir con las manos juntas en la parte inferior. 
  • Jugar con las mangas de la chaqueta o jersey. 
  • Rascarme la cabeza y tocarme el pelo.
  • Hacer movimientos circulares con las muñecas. 
  • Cantar y balancearme discretamente.
  • … y algunos más que ahora no me vienen a la cabeza.

La soledad: primera parte

Me gusta tener mi tiempo y mi espacio para hacer algo, todo y nada.
Podría decir que me gusta estar sola y disfrutar de estos momentos. Pero es cierto que yo lo considero más bien un “estar conmigo” que no un “estar sola”. Aunque esto ya es mi manera de ver las cosas.

A menudo hablo del “aislamiento domiciliario”. Esto se traduce en estar en casa, mi zona de confort por excelencia, con mis recursos para desconectar y para relajarme.
En estos casos no es un momento de disfrute, sino una necesidad.
Estos momentos pueden calmar, por ejemplo, un estado de ansiedad. Y esto es bueno, pero muchas veces estos momentos van acompañados de un sentimiento de soledad que preferiría no tener y sobre el que creo que debería poner el foco para entenderlo.

Supongo que soy yo la que “elijo” pasarlos sola; quizás porque es la única manera en que sé hacerlo, pero no significa que sea la que más me guste. O quizás porque no me gusta “compartir” estos momentos para, así, no hacer visible mi cara menos neurotípica… quien sabe. 

Sea lo que sea, sé que es algo en lo que quiero trabajar y mejorar. 

(Continuará… 😉 )

Mi embarazo en el espectro

El embarazo en el espectro autista es algo por lo que me han preguntado a menudo desde que obtuve mi diagnóstico. Siempre he querido ser madre. No sé el porqué pero es algo que siempre me ha llamado la atención. No me gustaba jugar a muñecas, ni a papás y mamás, ni ninguno de estos juegos que no me generaban interés. Tampoco he sido muy “niñera”. Pero, en cambio, me fascina el hecho de poder tener hijos. 

Me costó algunos años ser madre. Y lo llevé mal. Muy mal. Con la correspondiente frustración, bucles, desánimo… en fin, supongo que como a toda persona que desea ser madre o padre y por lo que sea no lo consigue, pero con esta intensidad que me caracteriza y con la que me enfado a menudo. 

Y finalmente, a falta de uno, vinieron dos de golpe (gemelos univitelinos). El impacto fue grande ya que, encima, al principio no eran dos… sino que eran tres. Así que imaginaros el impacto en mi planificación: iba a por uno y vinieron dos.
En la primera ecografía me dio uno de mis ataques de risa absurdos durante horas cuando me dijeron que venían 3.
Finalmente se quedaron dos y creo que ya he dicho varias veces que son lo mejor que me ha pasado y pasará jamás. De esto hablaré otro día.

Durante el embarazo leí de todo sobre gemelos, hice mil estudios de mercado sobre cochecitos y otros utensilios, analicé todo lo que podía pasar o no pasar en un embarazo gemelar (consulté a todos los especialistas en cada cosa), hice 2 planes de empresa durante el reposo (para pasar el rato… es una de mis aficiones) y me obsesioné con la música de Phil Collins. 

A la pregunta de si disfruté del embarazo yo digo NO. Y digo que no porque de golpe mi vida se convirtió en un “no saber” constante. Mis rutinas cambiaban (¡Y más que iban a cambiar!), mi alimentación, mi ropa, mi estado de ánimo, mi cuerpo entero… todo era un océano de cambios e incertidumbre. De golpe me tenía que acostumbrar a ir “sobre la marcha” sin poder planificar ni prever lo que iba a pasar el día siguiente. Salía de una eco y ya tenía angustia hasta que llegara la siguiente para poder ver si iba todo bien. A mis mil preguntas la respuesta solía ser un “ya se verá” en distintas versiones. Estaba todo tan fuera de mi alcance (¿control?) que necesitaba tener la cabeza ocupada todo el día. 

Eso sí, me seguía fascinando el hecho de que estuvieran allí dentro, formándose, creciendo… escuchándome… sintiendo cómo se movían. Vi muchas veces un reportaje de National Geographic sobre embarazos múltiples que yo creo que hasta ellos mismos aborrecieron estando en la barriga.

Por suerte el nacimiento fue con una cesárea programada. Sí, sé que es mejor que sea natural y cuando ellos decidan, pero para mi cabeza esto fue fantástico porque de alguna manera me pude preparar un poco para el gran cambio de mi vida.  

A modo de anécdota, lo que más recuerdo del nacimiento es el número de personas que había en el quirófano (2 ginecólogos, 1 comadrona, 1 celador, 3 enfermeras y 1 pediatra que finalmente no se quedó, menos mal) y que estaba tan obsesionada con que tendrían que ir a la incubadora que en lugar de disfrutar del momento sólo decía “¡meterlos en la incubadora!” mientras lloraba (yo lloraba, ellos estaban perfectos sin incubadora ni nada).  Cuando me calmé les vi y eran taaaaan bonitos. Eso sí que fue una explosión en todos los sentidos.

¿Os digo un secreto? El hecho de que fueran gemelos y lo mal que me encontraba fueron una gran y maravillosa excusa para evitar las visitas 😉

Y así llegaron al mundo B&L para dar un vuelco a mi vida. Los quiero hasta el infinito y aprendo mucho de ellos. De hecho, estoy segura de que gracias a ellos he aprendido cosas tan importantes como a ser menos rígida y a disfrutar más del “contacto físico” (sólo con ellos, no nos emocionemos). 

embarazo en el espectro autista

Alimentación en el espectro

Hay muchos libros sobre dietas saludables. Yo podría escribir uno con mis manías y mi dieta “curiosa”. Y es que mis analíticas “perfectas” son un milagro. Por favor, que nadie tome esto como un ejemplo a seguir; es sólo mi experiencia con mi dieta fatal. 

Cuando me preguntan “¿Tienes alguna manía?” la respuesta es “¿En serio quieres que te las diga todas? Mejor dime en qué estabas pensando y te contesto sí o no”. 

Voy a enumerar algunas de las cosas que me vienen a la cabeza:

  • Bebida: a parte de que no soporto compartir una botella (me da tanto asco que antes muero deshidratada), no bebo nada con gas porque “pica”. Esto igual tiene que ver con la hipersensibilidad. No puedo, me pica en la lengua y… sí, creo que “muevo” las manos, sacudo la cabeza cual escalofrío y, si puedo, salto. No bebo infusiones tampoco.
  • Agua fría y sopa quemando. Vivan los extremos.
  • No me gusta el sabor amargo, ni el ácido ni el picante. Me vienen escalofríos de pensarlo. Aunque el picante hay días que lo tolero. Depende de mi nivel de ansiedad supongo.
  • No me gustan los cereales ni las galletas mojadas con leche o con lo sea. Las papillas de cereales de mis hijos eran una tortura.  No olvido ese olor.
  • Vinagre: no me gusta nada. Y el olor me recuerda a una niña de la escuela que sus padres se lo ponían en la cabeza y me pasaba el día oliendo el vinagre.  Tengo esa imagen y olor congelados en mis recuerdos.
  • No como fruta (¡¡fatal!! lo sé).  El melocotón en concreto no puedo con él (pero me encanta su tacto). Ese olor… se me quita hasta el hambre. Tengo recuerdos en el colegio pasando horas sentada frente a un melocotón, sola en el comedor. Era incapaz de comérmelo y también incapaz de esconderlo porque era y soy así de boba y obediente. Al final no me lo comía porque empezaba la clase y tiraban la toalla 😉
  • Verdura cocinada de la manera que sea. Cruda, no. Ensaladas, no. Tomates si, en todas sus formas. Me chifla.
  • Pescado sin espinas, si. Me encanta crudo (antes de ponerse de moda el sushi, también). Si me encuentro una espina en la boca, dejo de comer. Y no sé quitar las espinas con los cubiertos, soy torpe con las cositas pequeñas. 
  • Carne: poco hecha, cruda si puede ser. Si no se me hace una bola como a los niños.
  • Dulces: no. Pero las pocas cosas que me gustan, cuando me apetecen, puedo estar un día comiendo sólo eso (o sea estas nubes). Y me gusta hacer mezclas tan maravillosas como ir alternando chocolate blanco y patatas fritas (estas me han empezado a gustar de mayorcita, siempre he sido más de cosas tipo «ganchitos»). O hacer un aperitivo con olivas y berberechos acompañado con un Cacaolat (batido de chocolate).
  • Lácteos: no me gustan. Sólo un yogur de una marca en concreto que hace años dejaron de hacer. Flanes es lo único , preferiblemente de una marca.  Si son caseros no me suelen gustar (tengo varias anécdotas por este motivo).
  • El queso sólo me gusta fundido. Incluso si está frío pero antes ha estado fundido, me lo puedo llegar a comer. 
  • Me encantan las cremas de verdura (sin pimiento,) y las sopas. Podría vivir de sopas. 

Y algunas más que ahora no me vienen a la cabeza.  Pero aunque no os lo creáis…. ¡Me encanta la alta cocina y comer bien! Disfruto mucho mucho mucho. Disfruto tanto que sin darme cuenta aplaudo y emito sonidos. Los últimos años me ha dado por decir «cuidado que voy a empezar a hacer la vaca: mmmmmm» y me río mientras doy rienda suelta a mi momento de explosión sensorial.
De hecho, de niña pasaba de menús infantiles e iba a lo interesante en las cartas de los restaurantes. Eso sí, cuando tengo hambre, me sale un malhumor que muerdo. Pero muerdo en sentido literal. 

Soy poco original con la cocina diaria y así como con los niños me esfuerzo en que lleven una buena alimentación y coman de todo (lo que yo no como también, por supuesto) con horarios muy marcados, conmigo soy un desastre. Cuando estoy sola, puedo estar un día entero comiendo lo mismo y si estoy enganchada con algo que me interesa, como escribir o tocar el piano, puedo olvidarme o comer fuera de hora. 

Me gusta cocinar, pero sin seguir recetas. Me encanta intentar reproducir platos que he comido en algún sitio y experimentar.  

Y reconozco que cuando descubro algo nuevo o lo redescubro tras muchos años sin comerlo, se convierte en “monotema” y puedo llenar la nevera de esta misma cosa…. hasta que me canso. Quizás soy algo caprichosa e impulsiva en este aspecto.
Mis hijos lo saben y nos reímos juntos de mis compras masivas 😉 

alimentación en el espectro autista
alimentación en el espectro autista

AutoExigencia que destruye

Soy exigente conmigo… mucho, muchísimo… hasta el límite de que una vez en la unidad de TDAH, una doctora me preguntó si era muy exigente conmigo misma y le contesté que “si alguien me tratara como me trato yo a mí misma, le denunciaría por malos tratos”.
Ese día lloré. Lloré mucho. Ese día me di cuenta de que había algo que se me escapaba y debía seguir buscando respuestas. Dos años más tarde llegó el diagnóstico (TEA Grado 1) que me está dando todas estas respuestas. 

Soy observadora y tengo tendencia a sobreanalizar. Funciono con patrones (sociales) que voy creando por y para cada situación. Por este motivo a menudo me odio por no haber sabido “actuar mejor” en una situación social, o por haber dicho algo que no tocaba, o por haber reaccionado diferente a como lo tenía planeado, o por no haber podido controlar una palabra, o un gesto o una expresión… Entro en un bucle de rabia y de odio hacia mí misma, mezclado con frustración, que acaba saliendo en forma de ansiedad. 

De tics y estereotipias hablaré más adelante.

Especialista en meterme en jardines sin salida

Si hay algo que se me da verdaderamente bien es meter la pata (mientras lo digo me imagino con botas de agua en un charco de barro) hasta el fondo. Y cuanto más lo intento arreglar, peor. Podría dejar de hablar o cambiar de tema, pero no, lo mío es meterme en un jardín sin salida (y lleno de flores). 

Con el tiempo he aprendido a reconocer en voz alta un “me estoy metiendo en un jardín yo solita” y sería el momento ideal para cambiar de tema; pero no, mi afán de seguir intentando (des)arreglar el desastre no tiene fin.

¿Transparencia, literalidad y rigidez? Un poco más sobre mí.

Voy a intentar hacer un pequeño acercamiento a los conceptos de transparencia, literalidad y rigidez en el espectro autista. Siempre desde mi propia experiencia, claro.

No entiendo el sentido de la mentira más allá de las que pueda decir cuando no me siento con fuerzas para evitar un evento social o quiero evitar cualquier situación que me genera ansiedad (sí, soy altamente evitativa y quizás anticipo demasiado). Aunque diría que ni siquiera es una mentira porque lo que algunos verán como un “no quiero” para mí realmente es un “no puedo”. Porque NO PUEDO.  Ojalá pudiera ir y ojalá pudierais respetarme.

Es cierto que con los años he asimilado la mentira como una herramienta más de socialización. Qué contradictorio, ¿no? Además, se me da fatal.

Sé que más de una vez he tenido malos entendidos porque otras personas han interpretado mi conducta como una mentira e insisto: no. 
Quizás me cuesta darme cuenta de que que no he entendido una indirecta, o no he captado un mensaje entre líneas… y seguramente encima he interpretado de manera literal un doble sentido… ¿Os podéis imaginar a las personas a las que he podido hacer daño sin siquiera darme cuenta? ¿Y os podéis imaginar el dolor de no entender el porqué de unas reacciones?

Muchas personas me definen como una persona transparente, sin filtros; y lo ven como algo «gracioso».  
¿Os digo una cosa? Mi sensación es que a los neurotípicos no os/les gustan las verdades tanto como se dice por ahí.  Queda bien decirlo y cuesta encajarlas. Quizás porque «estamos» acostumbrados a que se nos diga lo que queremos escuchar. En mi cabeza esto es mentir.
Yo, en cambio, necesito que se me digan las verdades con los mínimos rodeos (porque lo más seguro es que me pierda en ellos antes de que llegues al quid de la cuestión).  Si puede ser con cariño, mejor (ya he hablado de los sentimientos que SI que tengo).

Por mi parte, os diré las verdades. Perdonadme si os hago daño en algún momento (o muchas veces, o casi siempre) ya que a veces soy una poco «bruta» diciendo las cosas, pero dudo que lo haga de manera premeditada (entonces sería cinismo, en su doctrina filosófica de la Antigua Grecia, del que hablaré largo y tendido más adelante).
En resumen: El continente del mensaje igual no os gusta, pero el contenido será honesto y sin maldad.

¿Soy rígida? Con las cosas que me interesan, mucho. Me alteran los cambios repentinos (sí, como diría mucha gente «se me va») y las normas están para cumplirse.
No soporto la injusticia ni el incumplimiento de las normas si esto afecta de manera negativa a otras personas, seres vivos o cosas. No tolero que se vulneren los derechos de los demás. No entiendo y (sí) condeno a quien permite que sucedan estas cosas sin hacer nada para evitarlo. No me entra en la cabeza y agradezco infinitamente ser así. Esta parte de mí espero que no cambie nunca.
Suelen decirme que no debería tomarme las cosas tan «a pecho» (entonces me pongo la mano en la parte alta del pecho de manera inconsciente)  y en ese momento pienso: esto creo que es la pasión y no sé vivir de otra manera.

Ya de paso, y sin venir a cuento, decir que me pone de los nervios los coches que circulan por el carril del medio teniendo libre el de la derecha. 

¿Perdono pero no olvido? Lo que tengo claro es que no olvido (menos lo que se me olvida casi sin haberlo retenido porque me genera interés cero) y lo que dejo en duda es lo de que si perdono o no. Creo que sí, pero ya sabéis lo que opina Platón en la Apología sobre Sócrates «sólo se que no sé nada».
Entro en bucle una y otra vez cuando no entiendo algo aunque por suerte he aprendido a preguntar e intento explicar lo que me pasa.

Gracias por leerme y no juzgarme. Para mí no es fácil hacer estas reflexiones y me gustará ser capaz de explicar cada punto con más detalle y poder traducir en palabras las sensaciones que tanto me cuestan exteriorizar de manera «neurotípica».

literalidad, rigidez y transparencia en el autismo o Síndrome de Asperger
Literalidad espectro autista