Sobre el contacto físico

He escrito sobre el contacto físico en varias ocasiones; ya que creo que es un rasgo muy característico en mí si hablamos de mi condición dentro del espectro del autismo.
De hecho, siempre he pensado que el contacto físico, en general, está sobrevalorado. Pero bueno, esto también debe formar parte de mi manera “diferente” de ver y percibir el mundo.   

Desde niña me han criticado por ser tan “fría” o arisca. Y yo digo que sí, que lo soy. Me molesta el contacto físico en general.  

Me irritan terriblemente los golpecitos en brazos y piernas, hasta el punto de ser desagradable con facilidad al apartarme o decirle a alguien que deje de hacerlo. 

No soporto que me toquen la cara. Pero, sinceramente, ¿a alguien le gusta que le toquen la cara?  Igual es algo que odio tanto porque de niña tenía tales mofletes, que era de lo más tentador para todas las manos pellizcadoras (palabro) pertenecientes a tías abuelas normalmente.  
Me arrepiento de haber sido tan buena. Creo que más de una se hubiera merecido un poco de reciprocidad tras un pellizco de mejilla. 

Por otro lado, estoy segura de que soy una persona muy cariñosa. No tanto por la parte física, porque por allí ya he confirmado que soy la dama de hielo, sino que más bien creo que lo soy con miradas, con acciones y con palabras escritas. Y no creo que sea malo el hecho de ser cariñosa de una manera diferente a la estipulada en las “reglas” que se imponen en nuestra sociedad.
Creo que toda muestra de cariño debería ser igual de válida y, sobre todo, no quiero sentirme mal por mostrar mi cariño de una manera diferente a lo habitual. 

Me he llegado a sentir muy mala persona por no ser capaz de abrazar a alguien a quien quería con toda mi alma. o decirle un «te quiero». 
Ahora, por suerte, me he podido perdonar porque he entendido que no lo hice mal, lo hice diferente.  Y eso no es malo. 

En cuanto a abrazos, aunque os parezca de lo más contradictorio, me encantan y los necesito. Pero sólo los abrazos profundos. Esos abrazos que te dejan sin respiración (no literal). Eso sí, con aviso previo. 

La pregunta que me hacen siempre, cuando hablo de contacto físico, es “por qué no me gusta”.
Me cuesta contestar a eso. Es una mezcla de sentir invadido mi espacio de una forma muy agresiva y , por otro lado, no lo siento necesario. 

Otra pregunta queme suelen hacer es «quién sí y quién no» y esto es algo que me planteo yo misma muchas veces y podría meter en el saco de «no me entiendo ni yo».
Hay personas a las que quiero mucho pero soy incapaz de abrazar y,, en cambio, otras personas a las que acabo de conocer y me apetece darles un abrazo de los que estrujan. Es algo sobre lo que tengo que pensar e intentar entender. Siento no aportar una respuesta a eso.

En mi primer artículo sobre este tema, mencioné que un día hablaría sobre los besos…. No lo he hecho todavía pero con este artículo os podéis hacer una idea si juntamos cara + contacto físico + mi espacio.  

Y sin nada más que añadir, os mando un abrazo. virtual 😉

Contacto físico y autismo

Números y secuencias

Durante el proceso de diagnóstico veía que en algunos tests se preguntaba mucho sobre los números y secuencias como fijación o facilidad para memorizarlos.
Obviamente yo pensaba eso de “yo no… para nada. Me gusta mirar las matrículas de los coches, o las horas, pero… eso es de los más normal, oye”. 

Hablando con unas amigas, hace unos días, me di cuenta de que eso que es tan “normal”, o sea habitual para mí, quizás no lo es para muchas otras personas.
Y para ejemplo, aquí va un pantallazo de la conversación que tuve hace unos días al tomar conciencia de ello. 

autismo números y secuencias

Me encanta encontrar relación entre horas, fechas, años, números de matrícula, números de teléfono, etc. Sumar y restar los números, relacionarlos entre ellos; buscar un número común para varias secuencias…
Y también me encanta encontrar números “capicúa” 

los números

Olvidar: misión imposible.

Olvidar no es algo que me cueste, más bien es algo prácticamente imposible para mí.
Y me genera mucha ansiedad y malestar no poder hacerlo. 

En esta ocasión no me refiero a no poder dejar de pensar en mis intereses. Me refiero a esas malas experiencias, desengaños y/o decepciones que nos ocurren a todos a lo largo de nuestras vidas. Eso que muchas veces le llamamos “aprendizajes de vida”. 

Para mí es algo lógico el necesitar entender el porqué de las cosas. No entiendo el concepto  “pasa, no le des más vueltas” o “no pierdas tiempo en eso, olvídalo”.
No puedo olvidar así sin más. Mi cabeza se pone en modo bucle y no salgo de allí en días, meses, años… o una vida entera. 

A veces parece que consigo salir del bucle, pero en cualquier momento puede volver a aparecer el tema. Y cuando digo «en cualquier momento», puede ser al día siguiente o pasados 10 años (o 30). 

Sinceramente, funcionar así es agotador y, a su vez, inevitable para mí.
Me dais mucha envidia, y a su vez os admiro, las personas que realmente podéis pasar página así sin más. Me encantaría poder hacerlo pero me resulta imposible. Es como un  “run run” en cabeza que no se me va con nada. 

Bueno, vale, a veces “paso página sin más” de algo que se supone que era importante y a mí no me había generado el más mínimo interés (supongo). Pero este ya es otro temazo. 

¿Qué podría ayudarme?
Pues me ayudaría bastante, creo, el poder tener las explicaciones para entender lo ocurrido. Aunque luego no pueda olvidarlo del todo, seguro que lo podría mantener en mi cabeza archivado de una manera menos dañina para mí.
Y creo que también me ayudaría que no se me trate de pesada por preguntar. No lo hago por cotilla, lo hago por necesidad. 

Total, creo que tampoco debería ser nada del otro mundo el pedir un poco de sinceridad y tenerla, ¿no? 

Así que ahora ya lo sabéis: lo de olvidar no es mi fuerte.

Autosabotaje

El autosabotaje o autoboicot es algo que, sin darme cuenta, me lo he hecho a diario y me va a costar trabajo dejar de hacerlo. 
En resumen, diría que es el hecho de convertirme en mi peor enemiga para ponerme trabas en el camino hacia mi propia felicidad. 

¿En qué consiste el autosabotaje?
Pues en dar por hecho, o convencerme, de que no puedo; o que no me lo merezco; o que no quiero, aunque sea lo que más deseo,…
Pongo un NO a modo de escudo y de allí no me saca nadie.  

¿Qué hago?
Dejo las cosas a medias dándolas por perdidas sin haberlo casi ni intentado.
Procrastino a más no poder, seguramente hasta perder la oportunidad o dejando que se me pasen los plazos. 
Me niego oportunidades que serían positivas para mí.

¿Por qué? 
Pues no sabría decirlo, porque no soy especialista, pero desde mi propia experiencia diría que, a lo largo de mi vida, me debía ocurrir por la propia inseguridad de vivir en un mundo que no comprendía.
Y ahora me ocurre por las secuelas que voy arrastrando, como la baja (o nula) autoestima, tras tantos años viviendo así.
Y, posiblemente, por esa autoexigencia insoportable con la que convivo. 

Consecuencias
Ansiedad, depresión, atracones, autoimposición de castigos, autolesiones, abandono de mi autocuidado… y un largo etcétera. 
Tanto al darme cuenta de lo que he hecho al negarme algo, como para reforzar mi decisión del «no».

Y hasta aquí un primer acercamiento al autosabotaje, o autoboicot.

En este artículo he hablado de muchos conceptos importantes sobre los que iré escribiendo de manera individual y con ejemplos. 

autosabotaje

Sobrecarga en Correos

¡Horror! Recibo un SMS notificando que me ha llegado una carta que llevaba tiempo esperando. Tengo que ir a buscarla a Correos sí o sí.
Me enfado porque no me entregaron la carta en mano y en la llamada para quejarme descubro que me lo intentaron entregar en persona en una dirección antigua. 

Para variar, en el último cambio de domicilio no hice las gestiones para actualizar la dirección.
Tengo un don para postergar o, directamente, no hacer algunas gestiones.  

Tras varios días aplazando la gestión, me doy cuenta de que se me está terminando el plazo para recoger la carta y es muy importante que lo haga. 

Es una gestión fácil que hasta ahora tenía bastante bien incorporada, pero tras el inicio de la pandemia todo ha cambiado. Voy a ir a un sitio donde lo tenía todo controlado y ahora no sé cómo funciona. Parece una tontería, pero no lo es.
Cabe recordar que yo me anticipo absolutamente todo y estoy yendo sin saber cómo funciona ahora el circuito para recoger una carta. 

Voy para allá y veo que hay cola en la calle, para entrar a las instalaciones de Correos. Paso de largo y decido hacer otra cosa antes.
Repito esto mismo 3 veces, hasta que consigo convencerme y ponerme en la cola. 

Observo, analizo y voy viendo el funcionamiento. Todo está aparentemente controlado. Hay una persona que da los números en la puerta y da acceso para cumplir con el aforo establecido. Esto me calma. Así que sigo con mis auriculares y mis balanceos en la cola hasta llegar a la puerta.  

Me dan mi número y me dicen dónde debo esperar. De momento puedo aguantar bien. 

En la ventanilla que me toca a mí no avanza la cola; y cada vez hay más gente ahí dentro. Empiezo a notar ansiedad, mucha ansiedad.
La mascarilla, el ruido, la gente, la falta de previsión, el incumplimiento de las normas… Estoy entrando en bloqueo. 

Me siento mal, quiero irme, pero a la vez necesito hacer la gestión. 

La cosa se desmadra y veo que algunas personas se están colando, cosa que me supera, pero estoy tan bloqueada que no me salen ni las palabras para decir nada a nadie. Sólo puedo y quiero balancearme e intentar centrarme en la música de los auriculares. Así que sigo esperando ahí sentada, con un fidget anti estrés en las manos. 

Me toca el turno, por fin, y… no puedo recoger la carta porque no leí bien la notificación de Correos. Me faltaba un documento que tenía que aportar. No intento convencer a la trabajadora porque simplemente necesito salir de allí corriendo. Estoy frustrada, enfadada (conmigo), disgustada y avergonzada.

Estaba tan obsesionada con el hecho de tener que ir allí que ni siquiera me fijé bien en lo que ponía en la notificación. Y no es la primera vez que me pasa… ni fue la última.

Llego a casa y estallo a llorar muy enfadada conmigo. Una vez más me digo cosas muy feas. Gracias a ser más consciente de mi condición, freno, rectifico y me perdono. Me repito una y otra vez la promesa que hice de dejar de maltratarme.   

Me calmo y entro en estado de agotamiento, con hipersensibilidad en las extremidades.
El día siguiente me despierto agotada, con dolor de cabeza, más hipersensibilidad acústica de la normal, sin ganas de sonreír ni de hablar y, ni mucho menos, de ver a nadie. Tardé mas de 24h horas en superar este shutdown.

Esto fue en diciembre 2020.

Me llega una notificación y tengo que ir a Correos a buscar una carta. Tengo un don para postergar, o no hacer, algunas gestiones.  
Autismo y burocracia en Correos

Autismo, ironía, dobles sentidos y demás

Cuando empecé a leer sobre autismo, encontré sitios donde se hablaba de la interpretación literal de las cosas; así como de las dificultades para captar la ironía, el sarcasmo, los dobles sentidos y demás.
Y yo pensé “¡Qué va! esto no va conmigo”… Pues ahora creo que lo que no iba conmigo era el engaño al que me había sometido a mí misma. 

Me he dado cuenta de que soy muy literal. Y mi entorno también se ha dado cuenta.
Yo ya sabía que lo era con las cosas que digo, pero no tenía nada claro que lo fuera a la hora de interpretar las cosas. Y es curioso porque en ambos casos me ha traído problemas.
En el segundo caso es evidente los malentendidos que puedo haber tenido por interpretar de manera literal lo que sería, por ejemplo, un doble sentido.
Pero lo que me resulta preocupante es el primer caso, en el que yo pueda decir lo que pienso o lo que es, y los demás interpreten de manera errónea que quiero decir lo contrario. Por el simple hecho de que es lo “normal”. Eso me preocupa y me cuesta entender.  

Ejemplo: IRONÍA
Definición según wikipedia: “Modo de expresión o figura retórica que consiste en decir lo contrario de lo que se quiere dar a entender, empleando un tono, una gesticulación o unas palabras que insinúan la interpretación que debe hacerse”.
O sea: lo que dicen es pero no es y yo sé que no es. Pero dudo porque no sé si realmente lo que no es es lo que quiere decir o lo que quiere decir es lo que es y como le da vergüenza simula que no lo es.
Todo esto es lo que procesa mi cabecita cuando cree que ha detectado una ironía. Así que casi mejor prefiero no enterarme, como suele ser. 

Estar siempre así me genera un estado de alerta y de tensión continuo para entender, interpretar, transmitir y, en definitiva, comunicarme de manera socialmente “aceptada”. 

Y, qué queréis que os diga, prefiero simplificar y tirar de literalidad que pasarme el día descifrando, preguntando y dando explicaciones. 

Después de esto, habrá quien piense “pues menudo tostón de tía” y yo contestaré “no hace falta tanta historia para tener un sentido del humor de lo más sano, original y único”. 

Dejo para otro capítulo el escribir sobre «los no que significan sí y viceversa».

Amistad: reflexión y autocrítica

El tema de la amistad es uno de los que tengo guardados todavía para analizar, entender y retomar cuando vaya teniendo un poco más asentado todo esto. Pero ahora he tenido un momento de mini reflexión y autocrítica que me ha apetecido escribir. 

Siempre he tenido la idea inculcada, o preconcebida, de que cuantos más amigos tuviera, mejor. Porque más “integrada” estaría en todos lados y más “parte” sería de “algo”. ¿Verdad? Pues con los años digo ¡Mentira! 

A lo largo de mi vida siempre me he esforzado para tener muchos amigos. aunque ahora creo que en realidad lo que he hecho es conocer a mucha gente (pero mucha mucha  mucha). Quizás aquí, en el error de conceptos en mi cabecita, es donde radica parte de la frustración que me ha producido este tema; ya que pocas veces he sentido la amistad tal y como se describe

Una prueba del desgaste que me producía este ritmo frenético para socializar es que los últimos años he ido reduciendo de manera drástica las interacciones sociales y amistades. ¿El motivo? Agotamiento, desgaste, desmotivación, frustración y un largo etcétera.  

Durante los últimos años, será por la edad, he empezado a darme cuenta de esa confusión entre amigos y conocidos; y, que en muchos casos, los que yo creía amigos sólo me querían cerca por interés. Eso duele.
El problema es que por el propio miedo que sentí al darme cuenta, me encerré más de lo que posiblemente debiera. Necesité refugiarme, protegerme. Eso fue antes del diagnóstico. 

Sé que, como toda relación humana, una amistad verdadera no es algo que surja cada día de nuevo y que se tiene que “regar” (sentido figurado). 

Igualmente sé que lo que se dice de que mejor tener pocos amigos y buenos, que muchos a medias.

Volviendo al presente, creo que tengo habilidades sociales suficientes para interactuar de manera satisfactoria en primeros contactos.
De hecho, creo que no se me da mal conocer a personas nuevas. Y esto cobra sentido si tenemos en cuenta lo mucho que me gusta analizar los comportamientos y las personas.
Eso sí, en entornos donde ya sé que no voy a encajar, no hace falta ni intentarlo. No voy a ir. O si alguien no me entra por los ojos, porque mi intuición es muy bruja,  dudo que cambie de opinión. Y se me nota, mucho. 

He leído cosas como que “a las personas autistas no les gusta tener amigos”… ¡Mentira también en mi caso! Claro que quiero tener amigos.
A mí lo que me cuesta es conectar, crear vínculos y mantenerlos. Aquí es donde radican mis dificultades. Desconecto enseguida de las personas a las que conozco. Es como si necesitara muchos más estímulos de los que recibo. No hablo de conversaciones a altos niveles intelectuales, no nos confundamos.
Justamente no me considero una persona culta. Me refiero supongo a conectar, a hacer un match en intereses. 

Haciendo un poco de autocrítica, soy una persona que salto de un tema a otro con mucha facilidad; no soy constante y a veces fallo en la comunicación tanto en tiempos como, posiblemente, en formas (por esa falta de filtros). Soy poco recíproca dicen.
Pero, a la vez, a mi favor creo que soy una persona honesta, respetuosa y con unos valores donde la amistad es sagrada. 
Cuando consigo crear vínculos, van directos al alma.

Hasta aquí mi pequeña reflexión y autocrítica sobre la amistad. Puede interesarte leer esta reflexión que hice a las pocas semanas de recibir el diagnóstico.

Amistad en el espectro autista

Literalidad. Opiniones y preguntas retóricas.

No me había dado cuenta de lo literal que soy hasta que he ido abriendo los ojos y siendo más consciente de todo lo que siento, hago y digo.
En uno de los aspectos donde he visto que la literalidad me afecta más en mi día a día es en las opiniones y en el hecho de responder innecesariamente a preguntas retóricas. 

De la falta de filtros, en cambio, sí me había dado cuenta y era plenamente consciente de ello. Siempre ha sido parte de mi encanto (esto no estoy segura de si lo he dicho con ironía).

OPINIONES
Me considero una persona muy prudente. Y, a la vez, soy consciente de que la falta de filtros puede provocar una transparencia en mis opiniones que dé pie a malos entendidos.  
Lo que no sé es si esta prudencia ya me venía de serie o es algo que he ido adquiriendo con los años (voto por lo segundo). Aunque más que prudencia diría que es “contención” tras analizar el funcionamiento de algunas interacciones sociales.

Voy a intentar explicarme. 

A mí si me preguntan opinión, la doy. Pero con los años me he dado cuenta de que en muchas ocasiones las personas se sienten molestas si no dices lo que esperan, o mejor dicho, lo que necesitan quieren escuchar en ese momento.
Sé que las cosas se pueden decir de muchas maneras y que, obviamente, se tienen que mantener unas formas. Igual que también sé que las cosas negativas tienen que decirse con tacto para no hacer daño a las otras personas.

En mi contra tengo que decir que a veces soy brusca, o seca diciendo las cosas. Muy escueta, clara y concisa.
Y a mi favor tengo que decir también que no lo hago con mala intención, ya que muchas veces lo hago por “bloqueo”. Sobre todo cuando se espera de mí una respuesta “rápida”. O si hay varias personas esperando mi comentario y/o mirándome. 
Y oye… no es por nada, pero suelo tener opiniones muy prácticas.

Ejemplo:
Estamos un grupo de chicas y una de ellas nos cuenta su situación con un chico que le gusta mientras las demás vemos claramente que al chico no le gusta ella. Las demás chicas intentarán hacerle entender que quizás debería alejarse blablabla. Yo suelo ser la que está callada hasta que suelto un “me sabe mal, pero creo que no le gustas y te está tomando el pelo”. Directa. Y, sí, sé que es duro que te digan las cosas así.
A mí me va bien que me las digan así, sino me pierdo con tanta floritura. Pero, supongo que no es lo “común” y esto hace que pueda caer mal. 

PREGUNTAS RETÓRICAS
Definición de pregunta retórica: Se trata de una pregunta que se formula sin esperar respuesta, con la finalidad de reforzar o reafirmar el propio punto de vista, al mismo tiempo que incentiva al oyente a reflexionar sobre un asunto o que adopte un cambio en su conducta

Yo tengo el don (ironía) de tener “automatizado” el contestar a todas las preguntas. Me sale de manera automática e impulsiva. Pregunta – respuesta. ¡Zasca! Así sin pensar. 

Encima, a temporadas automatizo “respuestas absurdas” como puede ser la que tengo ahora para todo: croquetas (no es broma).

Ejemplo:
Alguien: ¿y ahora qué hacemos con estos?
Yo: croquetas 
Alguien: ¿y qué haremos si nos deja?
Yo: croquetas

Alguien: ¿cuántas veces tengo que decirte que te vayas? 
Yo: no lo sé
Alguien: ¿tengo monos en la cara? 
Yo: no 
Alguien: ¿con quién te crees que estás hablando?
Yo: contigo, ¿no? 

CONCLUSIÓN
Soy así y no quiero cambiar.

Y hasta aquí un poco más sobre literalidad y falta de filtros, opiniones y preguntas retóricas.

literalidad autista

Recuerdos de mi primer trabajo en una oficina.

Tuve varios trabajos, y muy variopintos, durante mis años como estudiante.
Hará unos 20 años, entré en la oficina de una empresa multinacional como becaria de Traducción e Interpretación, especializada en alemán. Y mi trabajo consistía en hacer traducciones (obvio, lo sé).
Me resultaba bastante aburrido y en ese momento pensé que era por tener que estar muy sola (tócate un pie). Pero ahora creo que era más bien porque no podía dar rienda suelta a mi creatividad y espíritu emprendedor.

Con los años me he dado cuenta de que, una vez más, allí fui una persona “correcta” y bastante invisible. No era ni conflictiva ni el alma de la fiesta. Era obediente y trabajadora. Poco habladora y muy escueta, sobre todo en momentos tipo “ascensor”, “café” o “pasillo”. Allí sacaba mi yo (máscara) más formal. Y es que este tipo de conversaciones siempre se me han dado mal.

Me costaba dirigirme a mis responsables y siempre tenía la sensación de no gustar (¡suspendida en autoestima!) o de no parecerles interesante lo que hacía. Y probablemente era mi percepción, porque luego me quisieron contratar. Pero yo lo veía así. Era una trabajadora hormiguita, conformista y con poca ambición. Sabiendo que podía dar más de mí, pero sin saber cómo demostrarlo. Ahora creo que, a lo mejor, los que me rodeaban tampoco sabían cómo acercarse a mí. Una de mis corazas siempre ha sido la distancia.

Bien, ahora que ya me he ido un poco por las ramas, vuelvo a lo que quería contar hoy.

Echando la vista atrás, me doy cuenta de que sí que hay cosas que creo que pasaron por alto. O igual son de lo más corriente y soy yo la que lo ve como algo extraordinario*; que cada uno llegue a sus conclusiones.
*en el sentido de ser diferente, no de ser superwoman.

Cuando ya había terminado mis tareas (TDAH mediante) en mis ratos libres, en lugar de perder el tiempo haciendo «nada productivo»; me dio por perderlo de una manera diferente.
Me dediqué a hacer un diccionario técnico para la traducción (alemán – español), con unas 300 entradas. Especializado en el sector de la empresa en la que me encontraba.
Nadie le dio importancia. O, como mucho, me hicieron algún comentario de: “¿en serio? ¿por qué?” con cara de “qué cosas más raras haces”.

Para mí era lógica pura: era una herramienta que yo necesitaba y que no existía; o , por lo menos, yo no encontré en ningún lado tras hacer consultas y buscar en varias librerías.
En ese momento me pareció de lo más útil para hacer bien mi trabajo y ser más eficiente.  Así que pensé “pues si no existe, lo hago yo y eso que ganamos todos los que lo podamos necesitar”. No lo necesitó nadie más. O igual no le llegó a nadie que lo pudiera necesitar.

Estaba tan satisfecha y orgullosa de mi trabajo, que lo llevé al Registro de Propiedad Intelectual. Me emocioné mucho al salir de allí, sola, con el sello de entrada de mi “obra”. Lo guardé en un cajón y allí terminó todo. 
Esta semana he hecho la consulta, para asegurarme que no se me está yendo la cabeza, y me han confirmado que sí, que ahí está.
Por suerte puedo pedir una copia, porque el original creo que pasó a mejor vida en algún momento de frustración; posiblemente por incomprensión y sentido de no pertenencia. 

Para entonces tenía unos 21 años.

Explico esto con la finalidad hacer una pequeña reflexión. Desde mi humilde opinión, si alguien hubiera potenciado esto que me gustaba, en lugar de hacerme encajar en un mundo laboral hostil para mí; posiblemente hubiera brillado un poquito más pudiendo desarrollar mis capacidades aprovechando lo que, para entonces, era mi interés restringido. ¿Quizás así no hubiese sentido tanta frustración y desmotivación? 

Creo que hay muchas personas que podrían haber aportado mucho, o que pueden aportar ahora, pero todavía vivimos en una sociedad tradicionalmente capacitista que frena grandes talentos (no me refiero a mí como gran talento, no es mi caso).

Por este motivo siento que tenemos que seguir luchando para que la diversidad sea el motor de una sociedad más rica en valores, más humana.

Espectro autista y experiencia laboral

Final de la adolescencia: la universidad

Tras 3 cambios de colegio y mucho esfuerzo llegó el final de la adolescencia y, con ella, la universidad.
Como he comentado en varias ocasiones, nunca he sido una gran estudiante y esto no cambió en esta nueva etapa. 

Al terminar lo que entonces era COU (¡qué mayorcita me siento cuando digo estas cosas!), no tenía nada claro lo que quería estudiar. Tanteaba entre ADE y Derecho supongo porque era lo que haría la mayoría y, obviamente, era donde mejor iba a pasar desapercibida, ¿no?
De hecho yo no quería estudiar, yo quería aprender. Porque a mí lo que me gusta es aprender. Y si puede ser por mi cuenta, mejor. 

Si me preguntaban lo que quería estudiar, yo decía: idiomas. Me imaginaba una vida muy feliz aprendiendo idiomas y haciendo voluntariados. El detalle de tener que ganar dinero se me debió pasar por alto en ese momento. 
Paréntesis: qué pena que no me diera cuenta de lo feliz que me hacía ser voluntaria y que podría haber estudiado algo relacionado con eso. 

Como tenía que estudiar una carrera sí o sí, porque sí, sin opción, porque es lo que tocaba… Y como mis notas eran bastante justitas, entré a Filología Alemana en la Universitat de Barcelona. Sin saber alemán, ¡pero me parecía un idioma tan divertido! (cada una se divierte con lo que quiere).
Hice un cursillo intensivo en verano y empecé la universidad. Clases en alemán sin enterarme de la mitad y aulas llenas de gente.
Dejé la carrera en el segundo curso. Lo que más me ahogaba era estar con tanta gente en una clase. La parte de no entender el idioma seguía siendo divertida y cada día entendía algo más. Me chiflan los retos, así que estaba encantada en ese sentido.

Como parece que seguía teniendo esa obligación vital (con consecuencias peores que romper una cadena de esas que te mandaban por correo) de tener que estudiar una carrera, decidí que quería entrar a Traducción e Interpretación. Así podía seguir con ese idioma tanto me gustaba, con esa melodía que me enamora (no es ironía, lo digo en serio, me encanta cómo suena el Deutsch). 

Me dijeron que necesitaba un nivel muy alto para las pruebas de acceso. Así que sin dudarlo, con mis 19 añitos me compré un billete de avión para ir a Bonn a aprender alemán. Elegí el destino en la agencia de viajes, literalmente a dedo y a una distancia prudencial de donde vivía mi prima. 
Yo soy mi madre y muero del susto si me aparece la “niña” con un billete de ida diciendo “me voy a Alemania a aprender alemán». 

Estuve unos 6 meses en Bonn, donde estudié en una escuela pública de alemán para inmigrantes (conocí a personas extraordinarias con grandes historias a sus espaldas) mientras fregaba platos en una Pizza Hut (lo prefería a estar cara al público, qué raro, ¿verdad? Esto último sí que es ironía).
Al volver hice las pruebas de acceso y entré en la Universitat Autònoma de Barcelona.  

Duré otros dos años en la carrera de Traducción e Interpretación (de Alemán e inglés al Castellano y al Catalán), con Erasmus incluido 1 año en Berlín, donde por primera vez saqué buenas notas. En la Humboldt Universität funcionaba por proyectos y eran grupos muy reducidos… ¿Será eso lo que yo necesitaba?

Empecé las prácticas en una empresa. Meses después me contrataron y ya no seguí estudiando, por los motivos de siempre (desmotivación, angustias, etc).

Lo mejor que me llevé de esta segunda experiencia fueron algunos amigos que a día de hoy siguen formando parte de mi vida aunque pasen años sin vernos… incluso 20 años.  Lo pasamos realmente bien y podía ser todo lo excéntrica o «payasa» que quisiera, porque todos lo éramos bastante.

Resumen: Dos carreras sin terminar. Nunca me he sentido culpable ni menos profesional por ello. Aunque sí me he sentido muy juzgada y mal valorada, en mi entorno, por no tener una carrera, por ser una mala estudiante o por vaga. Me he sentido (o me han hecho sentir) menos válida por el hecho de no tener un “título” que parece que, a ojos de muchas personas, tiene superpoderes para darte más y mejores capacidades (ironía de nuevo). 
A mis 40 años creo que he conseguido sacarme esa losa de encima. Pesaba bastante. 

Hasta aquí mis recuerdos de una chica neurodivergente en la universidad.

Una vez más, quiero agradecer mucho a los que han valorado mis capacidades sin etiquetar y que, gracias a ellos y a mucho esfuerzo, he ido logrando lo que me he propuesto.

universitaria neurodivergente