Sobrecarga en Correos

¡Horror! Recibo un SMS notificando que me ha llegado una carta que llevaba tiempo esperando. Tengo que ir a buscarla a Correos sí o sí.
Me enfado porque no me entregaron la carta en mano y en la llamada para quejarme descubro que me lo intentaron entregar en persona en una dirección antigua. 

Para variar, en el último cambio de domicilio no hice las gestiones para actualizar la dirección.
Tengo un don para postergar o, directamente, no hacer algunas gestiones.  

Tras varios días aplazando la gestión, me doy cuenta de que se me está terminando el plazo para recoger la carta y es muy importante que lo haga. 

Es una gestión fácil que hasta ahora tenía bastante bien incorporada, pero tras el inicio de la pandemia todo ha cambiado. Voy a ir a un sitio donde lo tenía todo controlado y ahora no sé cómo funciona. Parece una tontería, pero no lo es.
Cabe recordar que yo me anticipo absolutamente todo y estoy yendo sin saber cómo funciona ahora el circuito para recoger una carta. 

Voy para allá y veo que hay cola en la calle, para entrar a las instalaciones de Correos. Paso de largo y decido hacer otra cosa antes.
Repito esto mismo 3 veces, hasta que consigo convencerme y ponerme en la cola. 

Observo, analizo y voy viendo el funcionamiento. Todo está aparentemente controlado. Hay una persona que da los números en la puerta y da acceso para cumplir con el aforo establecido. Esto me calma. Así que sigo con mis auriculares y mis balanceos en la cola hasta llegar a la puerta.  

Me dan mi número y me dicen dónde debo esperar. De momento puedo aguantar bien. 

En la ventanilla que me toca a mí no avanza la cola; y cada vez hay más gente ahí dentro. Empiezo a notar ansiedad, mucha ansiedad.
La mascarilla, el ruido, la gente, la falta de previsión, el incumplimiento de las normas… Estoy entrando en bloqueo. 

Me siento mal, quiero irme, pero a la vez necesito hacer la gestión. 

La cosa se desmadra y veo que algunas personas se están colando, cosa que me supera, pero estoy tan bloqueada que no me salen ni las palabras para decir nada a nadie. Sólo puedo y quiero balancearme e intentar centrarme en la música de los auriculares. Así que sigo esperando ahí sentada, con un fidget anti estrés en las manos. 

Me toca el turno, por fin, y… no puedo recoger la carta porque no leí bien la notificación de Correos. Me faltaba un documento que tenía que aportar. No intento convencer a la trabajadora porque simplemente necesito salir de allí corriendo. Estoy frustrada, enfadada (conmigo), disgustada y avergonzada.

Estaba tan obsesionada con el hecho de tener que ir allí que ni siquiera me fijé bien en lo que ponía en la notificación. Y no es la primera vez que me pasa… ni fue la última.

Llego a casa y estallo a llorar muy enfadada conmigo. Una vez más me digo cosas muy feas. Gracias a ser más consciente de mi condición, freno, rectifico y me perdono. Me repito una y otra vez la promesa que hice de dejar de maltratarme.   

Me calmo y entro en estado de agotamiento, con hipersensibilidad en las extremidades.
El día siguiente me despierto agotada, con dolor de cabeza, más hipersensibilidad acústica de la normal, sin ganas de sonreír ni de hablar y, ni mucho menos, de ver a nadie. Tardé mas de 24h horas en superar este shutdown.

Esto fue en diciembre 2020.

Me llega una notificación y tengo que ir a Correos a buscar una carta. Tengo un don para postergar, o no hacer, algunas gestiones.  
Autismo y burocracia en Correos

Autismo, ironía, dobles sentidos y demás

Cuando empecé a leer sobre autismo, encontré sitios donde se hablaba de la interpretación literal de las cosas; así como de las dificultades para captar la ironía, el sarcasmo, los dobles sentidos y demás.
Y yo pensé “¡Qué va! esto no va conmigo”… Pues ahora creo que lo que no iba conmigo era el engaño al que me había sometido a mí misma. 

Me he dado cuenta de que soy muy literal. Y mi entorno también se ha dado cuenta.
Yo ya sabía que lo era con las cosas que digo, pero no tenía nada claro que lo fuera a la hora de interpretar las cosas. Y es curioso porque en ambos casos me ha traído problemas.
En el segundo caso es evidente los malentendidos que puedo haber tenido por interpretar de manera literal lo que sería, por ejemplo, un doble sentido.
Pero lo que me resulta preocupante es el primer caso, en el que yo pueda decir lo que pienso o lo que es, y los demás interpreten de manera errónea que quiero decir lo contrario. Por el simple hecho de que es lo “normal”. Eso me preocupa y me cuesta entender.  

Ejemplo: IRONÍA
Definición según wikipedia: “Modo de expresión o figura retórica que consiste en decir lo contrario de lo que se quiere dar a entender, empleando un tono, una gesticulación o unas palabras que insinúan la interpretación que debe hacerse”.
O sea: lo que dicen es pero no es y yo sé que no es. Pero dudo porque no sé si realmente lo que no es es lo que quiere decir o lo que quiere decir es lo que es y como le da vergüenza simula que no lo es.
Todo esto es lo que procesa mi cabecita cuando cree que ha detectado una ironía. Así que casi mejor prefiero no enterarme, como suele ser. 

Estar siempre así me genera un estado de alerta y de tensión continuo para entender, interpretar, transmitir y, en definitiva, comunicarme de manera socialmente “aceptada”. 

Y, qué queréis que os diga, prefiero simplificar y tirar de literalidad que pasarme el día descifrando, preguntando y dando explicaciones. 

Después de esto, habrá quien piense “pues menudo tostón de tía” y yo contestaré “no hace falta tanta historia para tener un sentido del humor de lo más sano, original y único”. 

Dejo para otro capítulo el escribir sobre «los no que significan sí y viceversa».

Amistad: reflexión y autocrítica

El tema de la amistad es uno de los que tengo guardados todavía para analizar, entender y retomar cuando vaya teniendo un poco más asentado todo esto. Pero ahora he tenido un momento de mini reflexión y autocrítica que me ha apetecido escribir. 

Siempre he tenido la idea inculcada, o preconcebida, de que cuantos más amigos tuviera, mejor. Porque más “integrada” estaría en todos lados y más “parte” sería de “algo”. ¿Verdad? Pues con los años digo ¡Mentira! 

A lo largo de mi vida siempre me he esforzado para tener muchos amigos. aunque ahora creo que en realidad lo que he hecho es conocer a mucha gente (pero mucha mucha  mucha). Quizás aquí, en el error de conceptos en mi cabecita, es donde radica parte de la frustración que me ha producido este tema; ya que pocas veces he sentido la amistad tal y como se describe

Una prueba del desgaste que me producía este ritmo frenético para socializar es que los últimos años he ido reduciendo de manera drástica las interacciones sociales y amistades. ¿El motivo? Agotamiento, desgaste, desmotivación, frustración y un largo etcétera.  

Durante los últimos años, será por la edad, he empezado a darme cuenta de esa confusión entre amigos y conocidos; y, que en muchos casos, los que yo creía amigos sólo me querían cerca por interés. Eso duele.
El problema es que por el propio miedo que sentí al darme cuenta, me encerré más de lo que posiblemente debiera. Necesité refugiarme, protegerme. Eso fue antes del diagnóstico. 

Sé que, como toda relación humana, una amistad verdadera no es algo que surja cada día de nuevo y que se tiene que “regar” (sentido figurado). 

Igualmente sé que lo que se dice de que mejor tener pocos amigos y buenos, que muchos a medias.

Volviendo al presente, creo que tengo habilidades sociales suficientes para interactuar de manera satisfactoria en primeros contactos.
De hecho, creo que no se me da mal conocer a personas nuevas. Y esto cobra sentido si tenemos en cuenta lo mucho que me gusta analizar los comportamientos y las personas.
Eso sí, en entornos donde ya sé que no voy a encajar, no hace falta ni intentarlo. No voy a ir. O si alguien no me entra por los ojos, porque mi intuición es muy bruja,  dudo que cambie de opinión. Y se me nota, mucho. 

He leído cosas como que “a las personas autistas no les gusta tener amigos”… ¡Mentira también en mi caso! Claro que quiero tener amigos.
A mí lo que me cuesta es conectar, crear vínculos y mantenerlos. Aquí es donde radican mis dificultades. Desconecto enseguida de las personas a las que conozco. Es como si necesitara muchos más estímulos de los que recibo. No hablo de conversaciones a altos niveles intelectuales, no nos confundamos.
Justamente no me considero una persona culta. Me refiero supongo a conectar, a hacer un match en intereses. 

Haciendo un poco de autocrítica, soy una persona que salto de un tema a otro con mucha facilidad; no soy constante y a veces fallo en la comunicación tanto en tiempos como, posiblemente, en formas (por esa falta de filtros). Soy poco recíproca dicen.
Pero, a la vez, a mi favor creo que soy una persona honesta, respetuosa y con unos valores donde la amistad es sagrada. 
Cuando consigo crear vínculos, van directos al alma.

Hasta aquí mi pequeña reflexión y autocrítica sobre la amistad. Puede interesarte leer esta reflexión que hice a las pocas semanas de recibir el diagnóstico.

Amistad en el espectro autista

Literalidad. Opiniones y preguntas retóricas.

No me había dado cuenta de lo literal que soy hasta que he ido abriendo los ojos y siendo más consciente de todo lo que siento, hago y digo.
En uno de los aspectos donde he visto que la literalidad me afecta más en mi día a día es en las opiniones y en el hecho de responder innecesariamente a preguntas retóricas. 

De la falta de filtros, en cambio, sí me había dado cuenta y era plenamente consciente de ello. Siempre ha sido parte de mi encanto (esto no estoy segura de si lo he dicho con ironía).

OPINIONES
Me considero una persona muy prudente. Y, a la vez, soy consciente de que la falta de filtros puede provocar una transparencia en mis opiniones que dé pie a malos entendidos.  
Lo que no sé es si esta prudencia ya me venía de serie o es algo que he ido adquiriendo con los años (voto por lo segundo). Aunque más que prudencia diría que es “contención” tras analizar el funcionamiento de algunas interacciones sociales.

Voy a intentar explicarme. 

A mí si me preguntan opinión, la doy. Pero con los años me he dado cuenta de que en muchas ocasiones las personas se sienten molestas si no dices lo que esperan, o mejor dicho, lo que necesitan quieren escuchar en ese momento.
Sé que las cosas se pueden decir de muchas maneras y que, obviamente, se tienen que mantener unas formas. Igual que también sé que las cosas negativas tienen que decirse con tacto para no hacer daño a las otras personas.

En mi contra tengo que decir que a veces soy brusca, o seca diciendo las cosas. Muy escueta, clara y concisa.
Y a mi favor tengo que decir también que no lo hago con mala intención, ya que muchas veces lo hago por “bloqueo”. Sobre todo cuando se espera de mí una respuesta “rápida”. O si hay varias personas esperando mi comentario y/o mirándome. 
Y oye… no es por nada, pero suelo tener opiniones muy prácticas.

Ejemplo:
Estamos un grupo de chicas y una de ellas nos cuenta su situación con un chico que le gusta mientras las demás vemos claramente que al chico no le gusta ella. Las demás chicas intentarán hacerle entender que quizás debería alejarse blablabla. Yo suelo ser la que está callada hasta que suelto un “me sabe mal, pero creo que no le gustas y te está tomando el pelo”. Directa. Y, sí, sé que es duro que te digan las cosas así.
A mí me va bien que me las digan así, sino me pierdo con tanta floritura. Pero, supongo que no es lo “común” y esto hace que pueda caer mal. 

PREGUNTAS RETÓRICAS
Definición de pregunta retórica: Se trata de una pregunta que se formula sin esperar respuesta, con la finalidad de reforzar o reafirmar el propio punto de vista, al mismo tiempo que incentiva al oyente a reflexionar sobre un asunto o que adopte un cambio en su conducta

Yo tengo el don (ironía) de tener “automatizado” el contestar a todas las preguntas. Me sale de manera automática e impulsiva. Pregunta – respuesta. ¡Zasca! Así sin pensar. 

Encima, a temporadas automatizo “respuestas absurdas” como puede ser la que tengo ahora para todo: croquetas (no es broma).

Ejemplo:
Alguien: ¿y ahora qué hacemos con estos?
Yo: croquetas 
Alguien: ¿y qué haremos si nos deja?
Yo: croquetas

Alguien: ¿cuántas veces tengo que decirte que te vayas? 
Yo: no lo sé
Alguien: ¿tengo monos en la cara? 
Yo: no 
Alguien: ¿con quién te crees que estás hablando?
Yo: contigo, ¿no? 

CONCLUSIÓN
Soy así y no quiero cambiar.

Y hasta aquí un poco más sobre literalidad y falta de filtros, opiniones y preguntas retóricas.

literalidad autista

Recuerdos de mi primer trabajo en una oficina.

Tuve varios trabajos, y muy variopintos, durante mis años como estudiante.
Hará unos 20 años, entré en la oficina de una empresa multinacional como becaria de Traducción e Interpretación, especializada en alemán. Y mi trabajo consistía en hacer traducciones (obvio, lo sé).
Me resultaba bastante aburrido y en ese momento pensé que era por tener que estar muy sola (tócate un pie). Pero ahora creo que era más bien porque no podía dar rienda suelta a mi creatividad y espíritu emprendedor.

Con los años me he dado cuenta de que, una vez más, allí fui una persona “correcta” y bastante invisible. No era ni conflictiva ni el alma de la fiesta. Era obediente y trabajadora. Poco habladora y muy escueta, sobre todo en momentos tipo “ascensor”, “café” o “pasillo”. Allí sacaba mi yo (máscara) más formal. Y es que este tipo de conversaciones siempre se me han dado mal.

Me costaba dirigirme a mis responsables y siempre tenía la sensación de no gustar (¡suspendida en autoestima!) o de no parecerles interesante lo que hacía. Y probablemente era mi percepción, porque luego me quisieron contratar. Pero yo lo veía así. Era una trabajadora hormiguita, conformista y con poca ambición. Sabiendo que podía dar más de mí, pero sin saber cómo demostrarlo. Ahora creo que, a lo mejor, los que me rodeaban tampoco sabían cómo acercarse a mí. Una de mis corazas siempre ha sido la distancia.

Bien, ahora que ya me he ido un poco por las ramas, vuelvo a lo que quería contar hoy.

Echando la vista atrás, me doy cuenta de que sí que hay cosas que creo que pasaron por alto. O igual son de lo más corriente y soy yo la que lo ve como algo extraordinario*; que cada uno llegue a sus conclusiones.
*en el sentido de ser diferente, no de ser superwoman.

Cuando ya había terminado mis tareas (TDAH mediante) en mis ratos libres, en lugar de perder el tiempo haciendo «nada productivo»; me dio por perderlo de una manera diferente.
Me dediqué a hacer un diccionario técnico para la traducción (alemán – español), con unas 300 entradas. Especializado en el sector de la empresa en la que me encontraba.
Nadie le dio importancia. O, como mucho, me hicieron algún comentario de: “¿en serio? ¿por qué?” con cara de “qué cosas más raras haces”.

Para mí era lógica pura: era una herramienta que yo necesitaba y que no existía; o , por lo menos, yo no encontré en ningún lado tras hacer consultas y buscar en varias librerías.
En ese momento me pareció de lo más útil para hacer bien mi trabajo y ser más eficiente.  Así que pensé “pues si no existe, lo hago yo y eso que ganamos todos los que lo podamos necesitar”. No lo necesitó nadie más. O igual no le llegó a nadie que lo pudiera necesitar.

Estaba tan satisfecha y orgullosa de mi trabajo, que lo llevé al Registro de Propiedad Intelectual. Me emocioné mucho al salir de allí, sola, con el sello de entrada de mi “obra”. Lo guardé en un cajón y allí terminó todo. 
Esta semana he hecho la consulta, para asegurarme que no se me está yendo la cabeza, y me han confirmado que sí, que ahí está.
Por suerte puedo pedir una copia, porque el original creo que pasó a mejor vida en algún momento de frustración; posiblemente por incomprensión y sentido de no pertenencia. 

Para entonces tenía unos 21 años.

Explico esto con la finalidad hacer una pequeña reflexión. Desde mi humilde opinión, si alguien hubiera potenciado esto que me gustaba, en lugar de hacerme encajar en un mundo laboral hostil para mí; posiblemente hubiera brillado un poquito más pudiendo desarrollar mis capacidades aprovechando lo que, para entonces, era mi interés restringido. ¿Quizás así no hubiese sentido tanta frustración y desmotivación? 

Creo que hay muchas personas que podrían haber aportado mucho, o que pueden aportar ahora, pero todavía vivimos en una sociedad tradicionalmente capacitista que frena grandes talentos (no me refiero a mí como gran talento, no es mi caso).

Por este motivo siento que tenemos que seguir luchando para que la diversidad sea el motor de una sociedad más rica en valores, más humana.

Espectro autista y experiencia laboral

Final de la adolescencia: la universidad

Tras 3 cambios de colegio y mucho esfuerzo llegó el final de la adolescencia y, con ella, la universidad.
Como he comentado en varias ocasiones, nunca he sido una gran estudiante y esto no cambió en esta nueva etapa. 

Al terminar lo que entonces era COU (¡qué mayorcita me siento cuando digo estas cosas!), no tenía nada claro lo que quería estudiar. Tanteaba entre ADE y Derecho supongo porque era lo que haría la mayoría y, obviamente, era donde mejor iba a pasar desapercibida, ¿no?
De hecho yo no quería estudiar, yo quería aprender. Porque a mí lo que me gusta es aprender. Y si puede ser por mi cuenta, mejor. 

Si me preguntaban lo que quería estudiar, yo decía: idiomas. Me imaginaba una vida muy feliz aprendiendo idiomas y haciendo voluntariados. El detalle de tener que ganar dinero se me debió pasar por alto en ese momento. 
Paréntesis: qué pena que no me diera cuenta de lo feliz que me hacía ser voluntaria y que podría haber estudiado algo relacionado con eso. 

Como tenía que estudiar una carrera sí o sí, porque sí, sin opción, porque es lo que tocaba… Y como mis notas eran bastante justitas, entré a Filología Alemana en la Universitat de Barcelona. Sin saber alemán, ¡pero me parecía un idioma tan divertido! (cada una se divierte con lo que quiere).
Hice un cursillo intensivo en verano y empecé la universidad. Clases en alemán sin enterarme de la mitad y aulas llenas de gente.
Dejé la carrera en el segundo curso. Lo que más me ahogaba era estar con tanta gente en una clase. La parte de no entender el idioma seguía siendo divertida y cada día entendía algo más. Me chiflan los retos, así que estaba encantada en ese sentido.

Como parece que seguía teniendo esa obligación vital (con consecuencias peores que romper una cadena de esas que te mandaban por correo) de tener que estudiar una carrera, decidí que quería entrar a Traducción e Interpretación. Así podía seguir con ese idioma tanto me gustaba, con esa melodía que me enamora (no es ironía, lo digo en serio, me encanta cómo suena el Deutsch). 

Me dijeron que necesitaba un nivel muy alto para las pruebas de acceso. Así que sin dudarlo, con mis 19 añitos me compré un billete de avión para ir a Bonn a aprender alemán. Elegí el destino en la agencia de viajes, literalmente a dedo y a una distancia prudencial de donde vivía mi prima. 
Yo soy mi madre y muero del susto si me aparece la “niña” con un billete de ida diciendo “me voy a Alemania a aprender alemán». 

Estuve unos 6 meses en Bonn, donde estudié en una escuela pública de alemán para inmigrantes (conocí a personas extraordinarias con grandes historias a sus espaldas) mientras fregaba platos en una Pizza Hut (lo prefería a estar cara al público, qué raro, ¿verdad? Esto último sí que es ironía).
Al volver hice las pruebas de acceso y entré en la Universitat Autònoma de Barcelona.  

Duré otros dos años en la carrera de Traducción e Interpretación (de Alemán e inglés al Castellano y al Catalán), con Erasmus incluido 1 año en Berlín, donde por primera vez saqué buenas notas. En la Humboldt Universität funcionaba por proyectos y eran grupos muy reducidos… ¿Será eso lo que yo necesitaba?

Empecé las prácticas en una empresa. Meses después me contrataron y ya no seguí estudiando, por los motivos de siempre (desmotivación, angustias, etc).

Lo mejor que me llevé de esta segunda experiencia fueron algunos amigos que a día de hoy siguen formando parte de mi vida aunque pasen años sin vernos… incluso 20 años.  Lo pasamos realmente bien y podía ser todo lo excéntrica o «payasa» que quisiera, porque todos lo éramos bastante.

Resumen: Dos carreras sin terminar. Nunca me he sentido culpable ni menos profesional por ello. Aunque sí me he sentido muy juzgada y mal valorada, en mi entorno, por no tener una carrera, por ser una mala estudiante o por vaga. Me he sentido (o me han hecho sentir) menos válida por el hecho de no tener un “título” que parece que, a ojos de muchas personas, tiene superpoderes para darte más y mejores capacidades (ironía de nuevo). 
A mis 40 años creo que he conseguido sacarme esa losa de encima. Pesaba bastante. 

Hasta aquí mis recuerdos de una chica neurodivergente en la universidad.

Una vez más, quiero agradecer mucho a los que han valorado mis capacidades sin etiquetar y que, gracias a ellos y a mucho esfuerzo, he ido logrando lo que me he propuesto.

universitaria neurodivergente

Hipersensibilidad en las extremidades.

Si pienso en extremidades, en general me gusta estirar y encoger los dedos de las manos y los pies; estirar las manos y hacer movimientos circulares con las muñecas; estirar los brazos hasta las puntas de los dedos y lo mismo con las piernas y los pies. Y sentirlo intensamente.
Ya que hablamos de manos, también me gusta o, mejor dicho, necesito aplaudir «a mi manera» y hacer aleteos para «soltar».
Sobre esto, que hasta la fecha era un tema del que no quería hablar de manera tan abierta, ya escribiré más adelante. Pero ya que hoy estoy reclamando el hecho de dar visibilidad y «normalizar», pues aquí dejo un adelanto de «esas cosas que hago cuando nadie me ve».
Supongo que esto debe ser la regulación / integración sensorial.

Retomando el tema que me ocupa hoy, que es la hipersensibilidad en las extremidades, igual que me pasa con los pinchazos que siento algunas veces en la ducha, hay días en los que me duelen de manera exagerada los brazos y las piernas cuando hay un contacto físico, por mínimo que sea.
No es un dolor continuo, sino un dolor intenso cuando me toca alguien o, por ejemplo, si me rasco. 
Es una sensación extraña, como si tuviera la parte superior de las piernas y los brazos amoratados. Es un dolor que aparece un segundo más tarde del contacto y dura bastante. 

Si en alguna ocasión ya he hablado sobre lo mucho que me molestan los típicos golpecitos que te dan en el brazo o la pierna (en la cara directamente no lo soporto), con los pellizcos os podéis imaginar,… Me siento como si fuera un muñeco de esos antiestrés que se aplastan y tardan un rato en volver a tener su forma. Visualizo mi brazo pellizcado y noto cómo me duele cada milímetro de mi cuerpo volviendo a su forma inicial. 

Analizando un poco (lo de “poco” no me lo creo ni yo), a veces pienso que igual el problema es que que soy muy bruta y me rasco con demasiada fuerza (¿hiposensibilidad?) sin darme cuenta, pero es cierto que me han dicho muchas veces la frase “¡Pero si casi ni te he tocado!” tras hacer un gesto de dolor. Y en general soy más bien la reina de la hipersensibilidad. 

Así que de momento, vamos a seguir sin poner en práctica el contacto físico sin previo aviso 😉 ¡Gracias!

hipersensibilidad y autismo

Trabajo en grandes empresas. Desmotivación y frustración.

Igual que en los estudios, en el trabajo me ha costado mantener la constancia y he convivido prácticamente siempre con la desmotivación y la frustración. Sobre todo en mis primeras experiencias laborales. 

Esto me ha causado muchos cambios «voluntarios» de trabajo y sector. De hecho, cuando me encuentro con alguien, suelen preguntarme “¿En qué estás trabajando ahora?”

Hoy voy a escribir sobre mi experiencia en grandes empresas. 

Siempre he sido muy trabajadora, muy hormiguita y, a pesar de ser rígida por dentro, por fuera siempre he sido “moldeable” y me he ido adaptando a las circunstancias, aunque esto me costara mi salud (física y mental). 

Pocas veces he visto valorado, y mucho menos recompensado, mi trabajo. 

En algunos momentos he sentido que alguien se interesaba por mi trabajo y lo valoraba. Años más tarde me he dado cuenta que, fruto de mi ingenuidad, hubo quien se aprovechó para convertir mi trabajo en sus méritos. 

Durante muchos años he ido batallando con mis dificultades atencionales y organizativas, sin saber lo que me pasaba, para desempeñar mi trabajo. Eso sí, con más de una baja laboral por ansiedad / depresión y bastantes temporadas con medicación para “ayudarme” en mi día a día.

Quizás fue “gracias” a mis dificultades de concentración, lo que me llevó a mi primer diagnóstico, el TDAH (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad). Aunque esto no dio respuesta a las dificultades en las interacciones sociales que sí me da el diagnóstico de autismo. 

Estuve casi 7 años en puestos ejecutivos, rama comercial… ¿Os imagináis el despropósito? Yo lo “quería hacer” porque en mi entorno estaba muy bien visto ocupar estos cargos (soy una pro en hacer lo que los demás esperan de mí). Pero…. PERO… tenía que hacer visitas a empresas; o a veces tenía que vender productos en los que no creía (eso era misión imposible para mí); y tenía que hacer reportes de mi actividad (vamos, ser organizada).  

Tengo que reconocer que las primeras visitas no me incomodaban mucho y, como en las relaciones personales, lo que me costaba horrores era mantener esta relación y afianzarla.

Mis jefes siempre se quejaban de que tenía mucha facilidad para “abrir” puertas y para ser creativa en ofrecer soluciones, pero luego me costaba el cierre de las operaciones. Muchas veces reconozco que, viéndolo en la distancia, era por propio descuido y/o falta de motivación. Real como la vida misma en mi día a día. 

En cuanto a relaciones personales en el trabajo; me he sentido querida por quienes me han querido conocer a pesar de tener esta coraza que me hace inaccesible a los ojos de muchos. Y a la vez me he sentido muy invisibilizada por quienes me veían como “la que está en el departamento de…”.
Me dolía mucho la actitud de algunas personas que ni siquiera me saludaban por considerarme “nada” supongo. O por lo menos así me solía sentir yo.  

Si en mi entorno personal ya tenía tendencia a buscar aceptación en todo lo que hacía, en una empresa todavía era más exagerado. 

El hecho de sentirme diferente y esa sensación de no pertenencia, es evidente que en el entorno laboral todavía ha sido más latente.
Y es que nunca he podido entender el porqué se premiaba más a los que eran más “amiguetes” con los jefes que a las personas trabajadoras y responsables. 

Me resultaba incomprensible y totalmente desmotivador ver cómo la superficialidad ganaba a cosas tan básicas como, por ejemplo, la vocación. O que estuviera más valorado el calentar una silla horas y más horas, con baja productividad, que el hecho de ser capaz de desempeñar un trabajo perfectamente y a la vez hacerse cargo de unos hijos (o simplemente dedicarse a uno mismo).  

Por mi parte me resultaba muy difícil imitar este patrón laboral de ambición alimentado de “peloteo”, mentiras y trepas.
Me resultaba difícil tanto por la intensidad de interacción social que suponía, como por verlo como algo totalmente absurdo e injusto. Y si hay algo que no tolero son las injusticias. 

Siempre he sentido muchas dificultades para encajar en un mundo laboral hipócrita, superficial y competitivo. Donde no destacan las capacidades y sueños de cada uno sino la capacidad para sobresalir y llamar la atención de tus superiores sin importar a quien tengas que pisotear por el camino. Lleno de etiquetas y medallas. 

Es verdad que en los últimos años ha habido un cambio y se ha empezado a hablar de cosas como el “salario emocional” o “cuidar de tus empleados”. Y seguro que sí, que habrá quien habrá cambiado, pero creo que todavía necesito ver muchos más cambios para creerme que realmente vamos encaminados hacia un entorno laboral más “humano”.

Creo que nunca he estado preparada, ni lo estaré, para formar parte de un sistema laboral tan falto de valores. 

Ahora mismo tengo la suerte de trabajar con un equipo de personas para las que el respeto y la capacidad de ver oportunidades en la diversidad están por delante de todo lo demás. Y os aseguro que estamos obteniendo unos resultados asombrosos.

En el próximo capítulo contaré cómo salí de ese mundo de arpías para llegar donde estoy ahora, pasando por el descubrimiento de mis pasiones.

Creo que nunca he estado preparada, ni lo estaré, para formar parte de un sistema laboral tan falto de valores.

Llanto sin motivo aparente

Llanto sin motivo en el espectro autista

A veces siento muchas ganas de llorar sin motivo aparente. Y normalmente viene de golpe; sin avisar.
Cuando estoy cansada y con dolor de cabeza, ya sé que el motivo es una de mis explosiones (colapso, derrumbe emocional, shutdown,..).
Pero de lo que hablo aquí es de una sensación de llanto que aparece en momentos más bien inesperados.  

De repente me siento inmensamente triste y con ganas de llorar desconsoladamente. Y lo curioso es que no siempre consigo llorar. Muchas veces es como algo que se me queda dentro, en forma de angustia, y no lo puedo sacar ni viendo la película más dramática del mundo. Entro en modo triste-bloqueo.

Le doy mil vueltas, entro en bucle una y otra vez, y no soy capaz de saber por qué estoy llorando o por qué tengo ganas de llorar.
Es más, algunas veces llego a la conclusión de que precisamente estoy en un buen momento de mi vida  y no debería tener motivos para estar triste. Entonces todavía lo entiendo menos y así voy alimentando el caos en mi cabeza. 

Contarlo o no contarlo

Hasta hace relativamente poco no me gustaba contarlo porque es un poco raro y difícil comunicar “tengo ganas de llorar y no sé por qué” sin que la otra persona se sienta “obligada” a hacer algo para que estés mejor. .

Ahora sé a quién se lo puedo (o debo) contar y a quién no. Y esto no significa que sean mejores o peores amigos. Simplemente sé a quién se lo puedo contar y va a respetar mi tiempo y mi espacio o quien no va a poder evitar querer estar “ahí” con buena intención pero de una manera demasiado intrusiva para mi. 

Así que si un día te digo “tengo ganas de llorar y no sé el porqué” o me encuentras inmersa en un llanto sin motivo aparente, simplemente dame mi tiempo y mi espacio. Si necesito que me ayudes a encontrar el motivo o la solución, te lo diré.  ¡Gracias! 

(En el minuto 00:40 empieza una de mis partes favoritas y en el minuto 1:11  empiezo a levitar y hacerme llegar a un «meltdown»)

La soledad: segunda parte

Cuando hablé de la soledad autista, me centré principalmente en la parte de estar sola por necesidad, o por elección forzada. Para poder regular tanto un meltdown como un shutdown sin que nadie me vea. Y para poder hacer todas las estereotipias que necesite.
Porque siempre las he hecho sola, a escondidas, y de momento no me siento preparada para hacerlas en público.   

Espero que más adelante sea capaz, y no esté mal visto, de hacerlas delante de quien sea y donde sea. Y esto debería ser extensivo tanto a niños como a adultos que se encuentren dentro del espectro autista. 

Hoy quiero hablar sobre la soledad que realmente quiero y disfruto. Se trata de cuando quiero estar sola para dedicarme a alguno de mis intereses restringidos, para que nadie me pueda interrumpir. Estos momentos son sagrados y no me gusta nada compartirlos. 

Son momentos que disfruto mucho, que me concentro, que me evado, que saco mi creatividad y que logro focalizar mi atención en algo. 

Es cierto que puedo ser obsesiva y quizás debería flexibilizar un poco estos momentos, o no, no lo sé, porque ésta es mi manera de vivir las cosas: intensamente.

El único motivo para controlar estos momentos creo que sería para que no se me olvide comer, dormir… Cosa que me suele pasar. 
Y, digo yo que, mientras me siente bien, tan bueno o malo será querer estar sola como querer estar acompañada con otras personas, ¿no?
Está claro que vivimos en sociedad y como bien indica su nombre se espera que seamos sociales, pero en ningún caso se indica que debamos sentir y expresar las cosas de la misma manera que el resto de personas que conforman nuestra sociedad.
Cuando se habla de sociedad, la RAE habla de “conjunto de personas, pueblos o naciones que conviven bajo normas comunes” y yo como autista os puedo garantizar que una de las cosas que mejor se me da es el cumplimiento de las normas (siempre y cuando no vulneren los derechos de nada ni de nadie).