Buscando la noción del tiempo

A veces me bloqueo y no sé si es otoño o primavera; o si está empezando o terminando el invierno.  

A menudo  suelo perderme en los días de la semana y no sé en qué día vivo.  

Y cuando estoy haciendo algo que me apasiona, como tocar el piano, pierdo la noción del tiempo.
A veces me limito los tiempos con la alarma del móvil para que no se me olviden cosas como comer o dormir.

Especialista en meterme en jardines sin salida

Si hay algo que se me da verdaderamente bien es meter la pata (mientras lo digo me imagino con botas de agua en un charco de barro) hasta el fondo. Y cuanto más lo intento arreglar, peor. Podría dejar de hablar o cambiar de tema, pero no, lo mío es meterme en un jardín sin salida (y lleno de flores). 

Con el tiempo he aprendido a reconocer en voz alta un “me estoy metiendo en un jardín yo solita” y sería el momento ideal para cambiar de tema; pero no, mi afán de seguir intentando (des)arreglar el desastre no tiene fin.

AutoExigencia que destruye

Soy exigente conmigo… mucho, muchísimo… hasta el límite de que una vez en la unidad de TDAH, una doctora me preguntó si era muy exigente conmigo misma y le contesté que “si alguien me tratara como me trato yo a mí misma, le denunciaría por malos tratos”.
Ese día lloré. Lloré mucho. Ese día me di cuenta de que había algo que se me escapaba y debía seguir buscando respuestas. Dos años más tarde llegó el diagnóstico (TEA Grado 1) que me está dando todas estas respuestas. 

Soy observadora y tengo tendencia a sobreanalizar. Funciono con patrones (sociales) que voy creando por y para cada situación. Por este motivo a menudo me odio por no haber sabido “actuar mejor” en una situación social, o por haber dicho algo que no tocaba, o por haber reaccionado diferente a como lo tenía planeado, o por no haber podido controlar una palabra, o un gesto o una expresión… Entro en un bucle de rabia y de odio hacia mí misma, mezclado con frustración, que acaba saliendo en forma de ansiedad. 

De tics y estereotipias hablaré más adelante.

Ruido, ruido; mucho ruido.

Mi nivel de tolerancia a los ruidos es más alto o más bajo en función de mi estado anímico.
Aunque creo que mi nivel de tolerancia de partida suele estar por debajo de lo “normal”. 

Mientras escribo, a bote pronto se me ocurren algunos ruidos que me irritan / molestan (recomiendo saltarse esta parte a las personas con alta sensibilidad): 

  • Petardos y todo lo que tenga pólvora (ver artículo sobre mi gran fobia)
  • Globos y explosión de bolsas de plástico. 
  • Descorche de botellas de cava 
  • Portazos y caída de tablones. 
  • Motos y coches
  • Sirenas de ambulancias, policía y, sobre todo, bomberos. 
  • Taladros y martillos (sobre todo de metal a metal).
  • Silbatos y bocinas
  • Acoples de micros / altavoces
  • Gritos, chillidos y personas que hablan alto.
  • Mucha gente hablando a la vez
  • Risas estridentes.
  • Autobuses y trenes (vías).  
  • El camión de la basura cuando vacía el contenedor de vidrio. 
  • Juguetes de bebés / niños con música y sonidos
  • Tizas / uñas en pizarra
  • Cubiertos rascando el plato o entre ellos.
  • Ollas, tapas y el roce de metales en general
  • Frenos de bicis, coches y motos.
  • Bruxismo. 
  • Alarma de seguridad / incendios. 
  • …. 

Qué me pasa cuando me irritan o molestan los sonidos 

  • Me vienen escalofríos y necesito taparme los oídos con las palmas de las manos. En el postureo social (así le llamo) disimulo tapándome los oídos con los dedos por debajo del pelo y bajando la barbilla para asegurarme de que el pelo me tapa la mano. Todo controlado. 
  • Me invade una sensación extraña con la necesidad de “sacudirme” o “zarandearme” y liberar energía. Y tengo que hacerlo o los escalofríos no se van. A veces puede ser un movimiento casi imperceptible y otras tengo que irme a algún rinconcito donde no me vea nadie.
  • Cualquier día me voy a quedar sin dientes (llevo dos ortodoncias hechas y espero no tener que hacer una tercera) y labios de tanto apretarlos.
  • A veces hago un canturreo con sonidos más bien graves para “anular” el ruido mientras me tapo los oídos.  

Los días que estoy muy “cargada” me molesta todo. Me molesta hasta cuando alguien me habla (bueno, vale, esto me molesta en más ocasiones, pero ahora hablo del “sonido”) o si cae un folio al suelo.

Curiosamente (o no tan curiosamente), suelo calmarme con los auriculares y alguna lista de música que ya tengo creada para la ocasión. 

Próximamente: el silencio acompañado.

Ensayando la vida con mucho camuflaje social.

Canta Celia Cruz que “La Vida es un Carnaval”. En mi caso creo que mi vida es (o era hasta ahora) un teatro y con muchas horas de ensayo. 

No sólo observo y saco patrones de todo sino que ensayo toda interacción social que tenga prevista o que creo que pueda tener en mi día a día. Ensayo hasta una visita al médico o una cita previa para entregar un documento. Y en el ensayo intento preparar cualquier tipo de “improvisación” que pueda surgir si la conversación no va por donde tengo previsto. 
Atención: cuando hablo de ensayo hablo de un ensayo real hablando y gesticulando, muchas veces con un espejo delante.

Otra cosa es que me salga como yo quiero y aquí es donde surge el malestar por no haber cumplido mis expectativas con frustración, ansiedad etc etc etc. Porque todo lo que no he podido “auto anticipar” me genera malestar que cubro con una sonrisa por fuera y dolor por dentro.
Y el problema no termina aquí, el problema sigue porque no olvido y entonces vienen los bucles y estamos en las de siempre…

Así que imagino que aquí tenemos otro motivo más para “justificar” el cansancio del que tanto hablo.

Podéis leer más sobre camuflaje autista (máscara social) aquí.

Mi gran fobia: los petardos y la pólvora

Una de las cosas que ha afectado a mi día a día de una manera más visible para los demás es mi poca tolerancia a los ruidos y mi fobia a los petardos. Y cuando digo fobia, lo digo con todas sus letras en mayúsculas, subrayado y en negrita: FOBIA

Durante toda mi vida he tenido que soportar burlas por este motivo y tener que escuchar más de una vez que soy una inmadura o frases maravillosas tipo “parece mentira que todavía estés con estas tonterías”.  Y ni hablo de los que han decidido aplicar una terapia de “choque” por su cuenta porque no quiero usar palabras malsonantes aquí.
No os podéis imaginar las veces que he tenido que dar explicaciones y pedir disculpas por tener miedo. ¿Habéis leído bien? Pues para mayor jolgorio, decir que en la mayoría de los casos mis argumentos (¿Mis emociones?) parece que no han sido satisfactorios. 

Hasta ahora mi explicación era algo tipo “yo tampoco lo entiendo, es algo irracional que no sé cómo explicar; es algo que no puedo controlar, es una situación que se me va de las manos”. Ahora, quizás en esta nueva fase de mi vida (MI NUEVA VIDA), podré encontrar una explicación a esto (para mí y para quien la necesite, pero principalmente para mí). 

Durante los últimos 30 años, aproximadamente, he consultado a muchos especialistas, he intentado encontrar un trauma no superado, una vida anterior relacionada con esto, me han medicado, he usado tapones y auriculares, he hecho ejercicios de relajación y respiraciones, me han sugerido que hiciera una regresión, he analizado el porqué… Y ahora mismo todo lo que puedo contar es:

Qué me pasa cuando sé que pueden haber petardos

Cuando sé que hay o pueden haber petardos (o pólvora en cualquier formato) en la calle, salir de casa se convierte en una tortura.
Para poner un ejemplo: en Barcelona, de donde soy y donde vivo, en junio estamos unas semanas sufriendo los petardos por las calles. Puedo estar días sin salir de casa para evitar la situación. Y si tengo que salir sí o sí, lo hago en horarios en que tenga estudiado que la probabilidad de encontrarme a gente tirando petardos sea mínima. Voy por calles, rutas, donde sé que es menos probable. Aún así, cualquier movimiento extraño de los transeúntes puede ser una sospecha de petardo con mi consecuente reacción. 

El nivel de ansiedad sólo por pensar que “pueden haber petardos” es altísimo.  Me pongo HISTÉRICA
Y si normalmente ya voy por el mundo sobreanalizando todo, en estos casos hiperultrasobreanalizo cada detalle y, sobre todo, cada movimiento.

Qué me pasa cuando me encuentro expuesta a los petardos

Yo creo que puedo oler la pólvora a una distancia fuera de lo normal. Se me dispara la alarma interior y empiezan las palpitaciones, los sudores, el mareo, temblores en manos y piernas, el lloro, manos en los oídos, canturreo en boca y…. Empiezo a correr. De golpe estoy poseída por un “algo” que no puedo controlar. Y eso sí que me da miedo. Porque en una de estas podría tener un accidente y porque al darme cuenta cuando “vuelvo” me da mucha vergüenza.

No tengo miedo de que me hagan daño, ni de morir, ni de nada de nada. Esto va de ruido. Ruido seco. Esto va de la sensación tan fuerte que me provoca. Es como si se me fuera a parar el corazón y me tuviera que estallar la cabeza. La sensación de perder el control sobre mí.

GRACIAS a quienes habéis respetado siempre mi fobia y me habéis dado la mano (en sentido figurado) cuando lo he necesitado.  

Mi infancia: la lectura

De niña leía mucho, devoraba los libros.

Con los años he ido dejando de leer, aunque las librerías (con ese maravilloso olor a libro nuevo) siguen siendo de mis sitios favoritos

No sé si se debe al TDAH o al aumento de la demanda social, que me tiene con la cabeza todo el día en mil sitios, pero me da pena haber perdido esta parte de mi infancia.

Quiero pensar que poco a poco iré relajando la tensión “social” y podré volver a perderme entre los libros.

Supersticiones

Aprovechando que hoy es martes y 13, creo es un gran día para hablar de un tema sobre el que todavía no había pensado escribir: supersticiones. 

A bote pronto me doy cuenta de que es algo un tanto (mucho) contradictorio en mí, ya que se me mezcla la literalidad con la falta de demostración científica y, a su vez, con la adaptación forzada a mi entorno. Es posible que tenga que reflexionar un poco más sobre este tema, pero a modo de introducción está bien hacer esta reflexión “en vivo”. 

Estoy segura de que los rodeos que he dado a lo largo de mi vida para no pasar por debajo de un andamio o de una escalera sumarían varios km (y las veces que he andado por la calzada con coches en circulación para evitarlos). O cambios de fechas para que no coincidiera “algo” en martes o viernes y 13. O cambiarme la ropa donde sea si la llevo algo del revés. O cruzar literalmente los dedos de los pies. O dejar en manos de una margarita el “me quiere, no me quiere”… Hasta aquí supongo que es “normal”. 

El temazo está en esa mezcla de superstición y generar fobias.
Traducción (ejemplo): si me compro unos pantalones y el día que los estreno me pasa algo malo, esos pantalones caen en el destierro eterno. Y lo mismo con un bolso, con un collar… 

Soy consciente de que es algo sin sentido que poco a poco he ido trabajando y ahora ya sé que es mejor pasar por debajo de un andamio que por la calzada con los coches. O que unos pantalones no tienen la culpa de lo que me ha pasado. 

Eso sí, justo antes de pasar por debajo de un andamio pienso eso de “venga Sara, puedes hacerlo, es imposible que todos los que están pasando vayan a tener una mala suerte terrible” y mientras paso pienso “igual si y vamos a ser muchos los damnificados”. ¡No lo puedo evitar!

Por otro lado, cuando hablo de literalidad es porque creo que la mayoría de “supersticiones” vienen de mi infancia o adolescencia. Seguramente alguien que me merecía credibilidad me dijo “esto trae mala suerte” y en ese momento mi cerebro lo catalogaría como tal y se convertiría en una verdad verdadera e indiscutible de, y para, “toda la vida”.
Lo que me sorprende (y me hace enfadar un poquito conmigo) es el no buscar la explicación científica. 

En fin, hoy es martes y 13, hace sol y todo saldrá estupendamente. Por si acaso he cambiado un par de cositas del trabajo para el jueves 😉 

Sobre mi infancia

Escribiendo para el diagnóstico sobre mi infancia, si no recuerdo mal, diría que era una niña más bien tímida, introvertida y que se llevaba bien con todo el mundo. No recuerdo ninguna pelea, ni siquiera una discusión, con otros niños. Nunca tenía, ni quería, el papel de líder; y sin duda prefería pasar desapercibida aunque por dentro me causaba admiración la capacidad de liderar de otras personas. Eso sí, si me pedían opinión… la tenían.
Creo que era educada, tranquila y obediente. Y tozuda… TOZUDA y rencorosa… quizás rígida, pero por dentro. Por fuera me adaptaba aún costándome el precio de gripes, anginas, dolores de tripa y un largo etcétera.
Era observadora (aún ahora recuerdo cosas muy concretas de la guardería) y socialmente sonriente. 

No me gustaba nada hablar sobre mí ni exteriorizar mis sentimientos o mostrar mi malestar cuando me molestaba algo. Pero me resultaba muy reconfortante cuando alguien se daba cuenta y me lo transmitía de manera que no me resultara violento (¡Las miradas son tan poderosas!).
Me sorprendía mucho cuando veía riñas, me causaban malestar, y prefería no participar ni tomar parte de la manera en que se debía esperar a esas edades, porque seguramente me parecían una pérdida de tiempo y energía. 
Y va a sonar “raro” pero en general siempre me había resultado más fácil tener amigos que amigas.

Prefería el juego individual al colectivo. Nada de deportes de equipo (y en general de deportes) ni competiciones. 
No me llamaba especialmente la atención ir a fiestas de cumpleaños. En gran parte por la probabilidad de que hubieran globos, claro. 
En el parque, si podía elegir (o sea si no había cola para subirme), me gustaba columpiarme como si no hubiera un mañana, tirarme por el tobogán boca abajo cual Superman o ponerme colgada boca abajo en esas estructuras metálicas que con los años han ido desapareciendo (menos mal). Eso sí, donde se ponga un tablón de madera / conglomerado barnizado y un bosque con una buena pendiente, que se quiten los parques.

No me gustaba el color rosa, prefería el azul, y me gustaba jugar con coches, parkings, Lego, Playmobil, puzzles y juegos tipo memory. No me gustaban los juegos en grupo tipo parchís o monopoly.

Y escuchaba los vinilos de Pedro y el Lobo o el Principito con mi abuela.

Tampoco me gustaba especialmente jugar a muñecas. Prefería jugar a “aparcar coches”; o a lanzarlos hacia un objetivo para ver cuál se acercaba más dándoles el mismo impulso; o a ponerlos en fila. Lo que más me gustaba de una muñeca (Nenuco) era el “cochecito” para sortear obstáculos. 

Al final sucumbí y empecé a jugar con muñecas (Chabel, porque no me gustaban que fueran “tetonas” como una Barbie) a una edad en que las niñas me temo que ya casi no jugaban con ellas. E igual que con los supermercados de juguete y similares, a mí lo que me gustaba era imaginar los personajes y preparar las historias que iban a vivir o a montar “negocios” ficticios y hacer listas de cosas.  

Tenía peluches en la cama. Me encantaba sumergirme con ellos y quedarme dormida. De hecho los ponía por un orden preestablecido y cuanto más apretados estuviéramos, mejor. Me daba mucha tranquilidad. Sobre todo en época de pesadillas.

Eso sí, mi “juguete” favorito por encima de todos y que más me ha dolido haber perdido por el camino fue: una caja de zapatos de mi abuela con centenares de botones de distintas medidas, colores, texturas…Eso era el paraíso. 

Y el juguete que siempre quise y nunca tuve: El Sr. Potato. Con los años me he dado cuenta que igual Miss Potato era yo misma en mi vida social 😉

Aquí podéis encontrar más cosas sobre mi infancia.

Sobre mi infancia, si no recuerdo mal, diría que era una niña más bien tímida, introvertida y que se llevaba bien con todo el mundo.
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Neurotópicos, el concepto

En una de mis evasiones de hoy estaba pensando en escribir sobre las etiquetas (las ficticias, no las de la ropa). Y he estado pensando en el concepto de “neurotípico” y los tópicos que salen cuando se habla de autismo. Entonces se me ha ocurrido que si los etiquetados como “neurotípicos” se creen algunos tópicos sobre los etiquetados como “neurodivergentes”… ¿Estaríamos hablando de “neurotópicos” para referirnos a estos tópicos que algún día yo misma me medio creí?

RESUMEN:
– Neurotípico o NT (según Wikipedia): una abreviatura de neurológicamente típico, es un neologismo ampliamente utilizado en la comunidad autista como etiqueta para las personas sin trastornos del espectro autista.
– Neurodiversidad (según Wikipedia): el término fue concebido por la comunidad autista para referirse a la neurología atípica del autismo.
– Neurotópicos (según yo, Sara): dícese de los tópicos que se creen algunas personas NT sobre nosotros.