En la peluquería

Ir a la peluquería es algo que llevo haciendo toda mi vida pero nunca me había detenido a pensar en la cantidad de estímulos que hay allí y el desgaste que supone. 

Ir a la peluquería normalmente me suponía:

  • Ruido (secadores, voces, risas estridentes, timbres, teléfonos) 
  • Olores
  • Luces
  • Conversaciones “sociales”
  • Esperas. 
  • Tener que tomar decisiones
  • Saber decir NO a tratamientos que te intentan vender (eso me generaba mucha angustia porque me sentía mala persona). 
  • Que te toquen la cabeza. Y muchas veces más de una persona. 

Con los años, sin darme cuenta, he ido adaptando esta actividad a mis necesidades. 
Es evidente que con tanto estímulo no podía ser una actividad en la que yo me relajara. Todo lo contrario, salía agotada. 

Normalmente escribo qué cosas se podrían hacer para mejorar mi experiencia. Hoy no.
Hoy voy a contar cómo es mi experiencia actual y ya aviso de que no es algo que sea fácil de conseguir, ¡pero tampoco imposible!

Hace unos años tuve la suerte de conocer a Anna y desde entonces mi experiencia con la peluquería fue cambiando porque tiene un don. De hecho, me relajo tanto, que no me molesta que ella me toque la cabeza. Al contrario, ella es la única persona que lo puede hacer. 

Qué cosas han cambiado: 

  • Estamos en un local pequeño las dos, sin otros clientes ni trabajadores. 
  • El día anterior me recuerda la cita y es flexible con mis despistes puntuales.
  • Si va con algo de retraso, me avisa antes de que yo salga para allá.
  • Sabe que nada de cambios en el pelo. Así que vamos siempre a “tiro hecho”. 
  • No me intenta vender nada. Tengo la total confianza de que todo lo que me haga o proponga es porque lo necesito. No me va a engañar.
  • Me pregunta si me molesta la música. 
  • Si un día no estoy charlatana, pues estamos en silencio y no pasa nada. 
  • ¡Ah! Me encanta enseñarle todos mis objetos para regularme. 

Y para muestra de lo maravillosa que es, os cuento lo que pasó hace unos días: 

La peluquería de Anna está en un barrio de Barcelona en el que se celebran las fiestas en agosto y están muy concurridas.
Normalmente voy andando, por el mismo trayecto exacto, literal. De hecho, una vez crucé una calle antes de lo “habitual” y le conté que tuve que parar porque por un momento me desorienté y no me acordaba a dónde estaba yendo.

Anna sabe que soy autista. Fue a una de las primeras personas que se lo conté. 

Pues bien, el día antes Anna me mandó un mensaje y me dijo que: 

  • Recordara que eran las fiestas del barrio (se me había olvidado). 
  • Me recomendaba ir por otra ruta en la que creía que encontraría menos gente (y me pasó la ruta exacta). 
  • Había mirado los horarios de festejos para comprobar que ese día y a esa hora no hubiesen petardos u otras actividades que pudiera encontrarme en mi camino. 
  • Antes de salir miró cómo estaba el panorama en la calle y me dio el visto bueno. 

Creo que no os va a sorprender si os digo que Anna también es autista. Lo es. 

Podríamos pensar que me lo hace tan fácil por esta conexión que tenemos algunas personas dentro del espectro, pero no creo que sea por eso.
Sé que no es algo solo conmigo. Anna nos cuida y mima a todos porque tiene una calidad humana digna de admirar. 

No aspiro a tanto en mi día a día en otros ámbitos, pero sólo con el primer punto, en el de recordarme que eran las fiestas, ya sería una gran ayuda para que yo me anticipara e hiciera los cambios necesarios en mi trayecto.

Esto es la reciprocidad, o adaptación recíproca, de la que tanto hablo y pido.

Por cierto, aquí ya hablé de ella hace unos meses.

peluquería y autismo