Camuflando el colapso

Es un martes cualquiera. Suena el despertador y, a pesar de estar muerta de sueño por haber dormido poco y mal, como siempre, me levanto. Todo está bien, mis rutinas también. 

Llego al trabajo. Me cuesta concentrarme porque hay muchos frentes abiertos con los que me cuesta priorizar y centrarme. Pero esto también forma parte de mi día a día. Nada fuera de lo planificado.

A media mañana van surgiendo más distractores e imprevistos de los que tenía planeados. Me interrumpen mil veces y me está costando la vida conseguir terminar algunas de las tareas que tenía planificadas. Mi autoexigencia no está nada satisfecha con mi rendimiento hoy.

Estoy llegando al mediodía, y necesito cerrar las cortinas para tapar la luz que entra por la ventana; me está molestando la luz. Bajo el volumen de la música y tecleo más suave, porque me molesta el ruido que hago yo misma al escribir. Me molesta también el sonido del aspirador que están pasando en otra planta y la voz de una persona que está hablando en la calle. Me tapo los oídos y hago presión con mis manos en la barbilla.

Me doy cuenta de que llevo un rato haciendo ese ruidito “tic” con la garganta y me ahoga la mascarilla. Pero la sigo llevando porque sino me angustiaría incumplir las normas. 

Me duele la mandíbula de tanto apretar los dientes. ¡Oh no! me he olvidado las férulas en casa. Hoy no tenía previsto esto.
Me siento destemplada, tengo las manos y los pies helados. 

A los pocos minutos empieza el dolor de cabeza, ese maldito dolor de cabeza, y veo borroso a ratos.  

Tengo ganas de llorar. No lo puedo hacer. Tengo que pasar esta tormenta como sea. Sé que todo lo que pueda hacer y “solucionar” ahora, será un parche para que la explosión sea mucho mayor al llegar a casa. Pero ahora simplemente no puedo parar e irme a casa. 

Escucho un pajarito y lo observo por la ventana mientras presiono un objeto antiestrés (y lo muerdo fuerte, sí). El pajarito consigue que me distraiga y salga de este espiral que me estaba dejando sin energía.

Me vuelven a interrumpir. Era previsible y normal. Pero he conseguido regularme un poco y puedo seguir un rato más. 

A mediodía salgo y ando 3km antes de llegar a casa para comer (si me acuerdo), ya que me queda mucho día y muchas interacciones que deberé llevar a cabo sí o sí. Necesito liberar esta angustia que me está dejando sin energía.

Por fin termina el día. He podido acabar todo lo imprescindible que tenía que hacer. El resto no he podido. Estoy agotada y me duele mucho la cabeza. Al rato de estar en casa me doy cuenta de que sigo con la sonrisa social puesta. Me la quito.


El día siguiente me despierto con dolor muscular (agujetas) por todo el cuerpo, algo de dolor de cabeza y los ojos muy secos. 

Esto no me ocurre cada día pero sí con cierta frecuencia. Nadie se da cuenta si estoy camuflando el colapso. Sigo enmascarando.

Camuflando el colapso autista

2 comentarios sobre “Camuflando el colapso

  1. Como bajas el nivel de tensión? me pasa algo similar, solo que no puedo con mis propias exigencias para cumplir el día día u horarios, a veces solo quiero llorar 😢 pero hay que aguantar y seguir adelante para terminar el día😣

    1. A veces tampoco logro bajarlo. Depende del día con música, andando, con respiraciones, con algún objeto antiestrés, con silencio… es ir probando. Lo de la autoexigencia es un tema a tener en cuenta también. Creo que nos exigimos muchísimo. ¡Ánimos!

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