La soledad: segunda parte

Cuando hablé de la soledad autista, me centré principalmente en la parte de estar sola por necesidad, o por elección forzada. Para poder regular tanto un meltdown como un shutdown sin que nadie me vea. Y para poder hacer todas las estereotipias que necesite.
Porque siempre las he hecho sola, a escondidas, y de momento no me siento preparada para hacerlas en público.   

Espero que más adelante sea capaz, y no esté mal visto, de hacerlas delante de quien sea y donde sea. Y esto debería ser extensivo tanto a niños como a adultos que se encuentren dentro del espectro autista. 

Hoy quiero hablar sobre la soledad que realmente quiero y disfruto. Se trata de cuando quiero estar sola para dedicarme a alguno de mis intereses restringidos, para que nadie me pueda interrumpir. Estos momentos son sagrados y no me gusta nada compartirlos. 

Son momentos que disfruto mucho, que me concentro, que me evado, que saco mi creatividad y que logro focalizar mi atención en algo. 

Es cierto que puedo ser obsesiva y quizás debería flexibilizar un poco estos momentos, o no, no lo sé, porque ésta es mi manera de vivir las cosas: intensamente.

El único motivo para controlar estos momentos creo que sería para que no se me olvide comer, dormir… Cosa que me suele pasar. 
Y, digo yo que, mientras me siente bien, tan bueno o malo será querer estar sola como querer estar acompañada con otras personas, ¿no?
Está claro que vivimos en sociedad y como bien indica su nombre se espera que seamos sociales, pero en ningún caso se indica que debamos sentir y expresar las cosas de la misma manera que el resto de personas que conforman nuestra sociedad.
Cuando se habla de sociedad, la RAE habla de “conjunto de personas, pueblos o naciones que conviven bajo normas comunes” y yo como autista os puedo garantizar que una de las cosas que mejor se me da es el cumplimiento de las normas (siempre y cuando no vulneren los derechos de nada ni de nadie).